Llévame contigo

CAPITULO 4

Lo que queda después.

No duermo esa noche.

Me quedo sentado en la cama, con la carta doblada entre los dedos, leyéndola una y otra vez aunque ya me la sé de memoria. Cada palabra pesa distinto según la hora. A veces suena a advertencia. Otras, a despedida. Ninguna me da paz.

La casa está demasiado callada. Me levanto y camino por el pasillo sin rumbo, descalzo, sintiendo el frío del suelo subir por las piernas. Todo cruje más de lo normal, o tal vez soy yo el que está demasiado atento.

En la cocina, dejo la carta sobre la mesa y me sirvo agua. Bebo despacio. Me observo reflejado en el vidrio de la ventana. Parezco más chico. Más frágil. Mamá decía que la tristeza te encoge. Empiezo a creerle.

Me siento y apoyo los codos en la mesa. Miro el reloj. Las agujas avanzan sin compasión. Pienso en ella despierta a estas horas, sentada exactamente donde estoy yo ahora, escribiendo esa carta. Me pregunto si dudó. Si pensó en romperla. Si se arrepintió.

Si tuvo miedo.

Al amanecer, el cuerpo me pesa más que nunca. Aun así, me levanto. Me ducho con agua fría, sin ajustar la temperatura. Necesito mantenerme alerta. El calor me haría bajar la guardia.

Salgo de casa con la carta guardada en el bolsillo interno de la chaqueta. No debería llevarla conmigo, lo sé, pero dejarla atrás se siente peor. Como si la abandonara.

En la calle, todo sigue igual. La gente camina apurada, habla por teléfono, se queja de cosas pequeñas. Me resulta irreal. Camino entre ellos como un fantasma, sin tocar a nadie.

En la escuela, nadie me habla. Nadie menciona nada. Es un alivio extraño. Me siento en mi asiento de siempre y saco el cuaderno. Escribo frases sueltas que no terminan en nada. Palabras que no sirven. Borrones.

Durante la clase de historia, el profesor habla sobre versiones oficiales, sobre cómo los hechos cambian según quién los cuente. No levanto la vista, pero cada palabra se me mete debajo de la piel.

No confíes en la primera versión.

La voz de mamá vuelve sin pedir permiso.

Cuando suena la campana, me levanto sin despedirme de nadie y salgo del edificio. No voy a casa. Camino sin rumbo fijo, dejando que los pies decidan por mí.

Termino frente al edificio donde mamá trabajaba.

No entro. Me quedo del otro lado de la calle, observando. La puerta se abre y se cierra. Personas salen, personas entran. Para ellos, hoy es un día normal. Para mí, este lugar es una pregunta gigante.

Aprieto el puño dentro del bolsillo, tocando la carta.

No estoy listo para cruzar esa puerta.

Todavía no.

Regreso a casa cuando empieza a oscurecer. El cansancio es distinto ahora. No es solo tristeza. Es tensión. Como si algo estuviera a punto de romperse.

En el buzón encuentro un papel doblado. No tiene sobre. No tiene remitente. Mi nombre está escrito con letra que no reconozco.

El corazón me da un salto brusco.

Entro a la casa sin abrirlo. Cierro la puerta con llave. Me apoyo contra ella unos segundos, respirando con dificultad. La cabeza me zumba.

Me siento en el sofá y abro el papel.

Deja de buscar.

Solo eso.

Nada más.

Las manos me tiemblan. Miro alrededor, como si alguien pudiera estar observándome desde algún rincón. La casa vuelve a sentirse insegura. Más que antes.

Doblo el papel con cuidado y lo guardo junto a la carta de mamá.

Ahora ya no es solo una sospecha.

Ya no es solo intuición.

Alguien sabe que estoy preguntando.

Y eso significa una sola cosa:

Voy por el camino correcto.

El papel se siente más pesado de lo que debería.

Deja de buscar.

Tres palabras.

Ni una más.

Ni una explicación.

Lo releo varias veces, esperando que aparezca algo distinto, algún detalle escondido, una amenaza más clara. No hay nada. Y eso es lo que más me inquieta. La falta de ruido. La seguridad con la que alguien decidió escribir solo eso.

No dicen por favor.

No dicen o si no.

Solo una orden.

Me quedo sentado, con el papel entre los dedos, escuchando mi propia respiración. Cada sonido de la casa se amplifica. El tic del reloj. El zumbido lejano de un auto pasando. El crujido leve de la madera cuando me muevo.

Por primera vez desde que mamá murió, siento miedo de verdad.

No el miedo difuso de perderla.

No el miedo silencioso de quedarme solo.

Este es distinto.

Este tiene bordes.

Me levanto y reviso las ventanas. Todas cerradas. Las cortinas bien corridas. Camino por la casa, revisando cada habitación, cada rincón absurdo donde sé que no puede haber nadie. Aun así, lo hago. Necesito hacerlo.

Cuando vuelvo a la sala, el papel sigue sobre la mesa, mirándome.

Me siento otra vez. Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Me paso las manos por el pelo, respirando hondo. Pienso en la carta de mamá. En sus palabras. Hay silencios que se compran.

Trago saliva.

—No estás loco —me digo en voz baja—. No lo estás.

Reviso el papel con más cuidado. La tinta es oscura. La letra firme. No parece escrita con prisa. Eso significa que quien lo dejó no estaba nervioso. No tenía miedo. Sabía lo que hacía.

Doblo el papel lentamente y lo guardo en el bolsillo, junto a la carta de mamá. No quiero dejarlo a la vista. No quiero que este mensaje ocupe más espacio del necesario.

Esa noche, la casa no me deja descansar.

Cada ruido me sobresalta. Cada sombra parece moverse cuando no la miro directamente. Me acuesto vestido, con las luces apagadas, mirando el techo que apenas distingo en la oscuridad.

Cierro los ojos.

Los vuelvo a abrir.

Mi mente no se calla.

Pienso en quién pudo haber dejado el mensaje. En cuándo. En cómo supo que estaba buscando. Nadie me ve hablar con nadie. Nadie me escucha pensar. Y aun así, alguien lo sabe.

El corazón me late rápido. Demasiado.



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En el texto hay: misterio, suspenso

Editado: 10.01.2026

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