Llévame contigo

CAPITULO 5

Aprender a respirar con miedo

El miedo no llega de golpe.

Eso es lo primero que entiendo esa mañana. No aparece como en las películas, no grita, no corre, no amenaza de frente. El miedo se instala despacio, como el polvo. Se mete en los rincones, en las grietas, en los hábitos más pequeños. Y cuando te das cuenta, ya forma parte del aire que respiras.

Despierto con el corazón acelerado, aunque no recuerdo haber tenido una pesadilla concreta. Solo una sensación vaga, persistente, como si algo hubiera estado observándome incluso mientras dormía. Me quedo quieto, escuchando.

Nada.

La casa sigue en silencio. Demasiado ordenada. Demasiado quieta.

Me incorporo lentamente. El cuerpo me pesa más que otros días, como si cargar con el miedo añadiera kilos invisibles a cada movimiento. Apoyo los pies en el suelo y me quedo ahí, sentado en la cama, respirando despacio, tratando de convencerme de que todo está bien.

No lo está.

Pero sigo.

Voy al baño sin encender la luz del pasillo. No sé por qué. Tal vez porque la oscuridad ya no me incomoda tanto. En el espejo, mi reflejo me devuelve una mirada alerta, tensa. Ya no me veo solo triste. Me veo cansado de estarlo.

Me lavo la cara. El agua fría me hace cerrar los ojos un segundo. Cuando los abro, sigo siendo el mismo. No hay transformación milagrosa. No la espero.

En la cocina, preparo algo de comer, aunque no tengo hambre. Mastico por obligación, contando los segundos entre un bocado y otro. Todo sabe insípido. Como si el miedo le hubiera quitado el gusto a las cosas.

Antes de salir, reviso la cerradura de la puerta. Una vez. Dos veces. Me digo que es absurdo, pero igual lo hago. Me guardo la carta de mamá en el bolsillo interno de la chaqueta. No la leo. Solo necesito sentirla ahí.

En la calle, camino atento a todo. A los pasos detrás de mí. A los reflejos en los vidrios. A los autos que reducen la velocidad demasiado cerca. Me siento ridículo por momentos, pero no bajo la guardia.

Llego a la escuela con los hombros tensos.

Las voces, las risas, los empujones en los pasillos me resultan invasivos. Me muevo entre la gente como si estuviera atravesando agua espesa. Todo cuesta más. Me siento en mi asiento habitual y saco el cuaderno, aunque no escribo nada.

Durante la clase, no escucho casi nada. Me concentro en observar. Quién entra. Quién sale. Quién me mira más de lo normal. Nadie parece distinto. Eso no me tranquiliza.

En algún momento, el profesor menciona algo sobre la memoria. Sobre cómo los recuerdos se deforman con el tiempo. Anoto esa frase sin pensar demasiado. Después la miro, escrita en mi cuaderno, y siento una punzada en el pecho.

¿Y si no recuerdo bien?

¿Y si estoy equivocado?

La duda me atraviesa como un cuchillo fino. Dura poco, pero duele. Aprieto el bolígrafo entre los dedos hasta que me duelen los nudillos. No. Mamá no mentía. Y si alguien lo hizo, no fue ella.

En el receso, no salgo al patio. Me quedo en el salón, mirando por la ventana. El cielo está cubierto. Me gusta pensar que el mundo se ve como me siento: apagado, contenido, a punto de romperse.

Cuando termina la jornada, no regreso directo a casa.

Camino sin rumbo durante un rato, dejándome llevar por calles que no frecuento. Necesito pensar sin el peso de las paredes, sin los recuerdos pegados a cada rincón. Me detengo en una plaza casi vacía y me siento en un banco frío.

Saco la carta de mamá.

La leo despacio, como si fuera la primera vez. Cada palabra sigue teniendo el mismo peso. Nada se ha aligerado. Nada se ha aclarado. Pero hay algo en su letra que me calma un poco. Como si, por un momento, no estuviera tan solo.

—Estoy intentando —susurro—. No sé si lo estoy haciendo bien.

Guardo la carta otra vez.

Al volver a casa, encuentro algo distinto. No algo grande. No algo obvio. Algo mínimo. La puerta está cerrada, como siempre... pero la sensación no es la misma. El aire se siente diferente. Más pesado.

Entro con cuidado.

No hay nada fuera de lugar. Todo está donde debería. Y eso me inquieta más. Recorro la casa en silencio, atento a cualquier detalle. En la sala, en la cocina, en el pasillo. Nada.

Cuando entro a mi cuarto, lo veo.

Mi cajón está apenas entreabierto.

Me quedo quieto. El corazón me late con fuerza. Lo recuerdo bien. Estoy seguro de haberlo cerrado. Me acerco despacio. Abro el cajón del todo.

La carpeta sigue ahí.

La carta sigue conmigo.

Nada falta.

Pero alguien tocó mis cosas.

Me siento en la cama, respirando con dificultad. Las manos me tiemblan. No sé si esto es una advertencia o un juego. No sé cuál de las dos opciones es peor.

Esa noche, no me acuesto de inmediato. Me quedo sentado, con la luz encendida, escuchando la casa. Cada sonido me pone en alerta. El miedo ya no es solo una idea. Es físico. Está en los músculos, en la respiración, en la forma en que aprieto la mandíbula.

Y aun así... no me arrepiento.

Si alguien entró, si alguien dejó ese mensaje, si alguien quiere que me detenga, significa que voy por el camino correcto. Aunque ese camino me esté costando la poca paz que me quedaba.

Antes de dormir, me hago una promesa silenciosa:

no voy a enfrentar esto a ciegas.

Voy a empezar a hablar.

A preguntar.

A escuchar.

Tal vez a la persona equivocada.

Tal vez demasiado tarde.

Pero no voy a seguir solo en silencio.

Apago la luz.

En la oscuridad, el miedo respira conmigo.

Y yo aprendo, poco a poco, a respirar con él.

No me duermo enseguida.

Me quedo mirando el techo, contando las respiraciones, escuchando cómo la casa se asienta durante la noche. Cada pequeño ruido se vuelve importante: el crujido de la madera, el zumbido lejano de un electrodoméstico, el viento empujando algo afuera. Todo parece un aviso de algo que no termina de suceder.



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En el texto hay: misterio, suspenso

Editado: 10.01.2026

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