Las preguntas no duermen.
La mañana empieza antes de que yo esté listo.
Abro los ojos con esa sensación extraña de haber soñado algo importante y haberlo olvidado justo al despertar. El cuerpo está pesado, como si hubiera dormido con piedras encima. Me quedo un rato mirando el techo, escuchando la casa respirar conmigo.
El cuaderno sigue en la mochila. Lo sé sin mirarlo. Es una certeza incómoda, como un objeto punzante guardado demasiado cerca del corazón.
Me levanto despacio. Cada movimiento parece exigir más energía de la que tengo. En la cocina preparo café, repitiendo gestos mecánicos. El olor me resulta fuerte, casi molesto. Aun así, me sirvo una taza. Necesito estar despierto. Necesito pensar.
Me siento a la mesa y dejo la taza frente a la silla vacía.
—¿Qué estabas escondiendo? —pregunto en voz baja.
La pregunta se pierde en el aire.
Salgo de casa sin revisar dos veces si cerré la puerta. Antes eso me habría inquietado. Ahora no. Hay cosas más grandes ocupando espacio en mi cabeza.
Camino hacia la escuela con los audífonos puestos, aunque no escucho la música. Es solo una barrera. Un muro pequeño entre el mundo y yo. Los pasos se me hacen largos, pesados, como si avanzara contra algo invisible.
En el aula, todo parece demasiado normal. Las risas, los murmullos, el sonido de las hojas al pasar. Me siento en mi asiento y saco el cuaderno común, no el de mamá. No estoy listo para mezclar esos mundos todavía.
Durante la clase, el profesor habla sobre memoria y verdad histórica. Dice que recordar también es una forma de elegir. La frase se me queda clavada. Me pregunto cuántas verdades se eligen olvidar.
En el recreo, alguien se sienta frente a mí.
Levanto la vista, sorprendido.
Es Daniel.
No somos amigos, pero tampoco desconocidos. Antes de todo esto hablábamos de vez en cuando. Ahora, su presencia se siente rara, como si rompiera una burbuja que yo no sabía que había creado.
—Hace días que no vienes —dice, sin reproche.
Asiento.
—¿Estás bien?
La pregunta queda flotando entre nosotros. Podría mentir. Podría decir que sí. Estoy cansado de explicar cosas que nadie entiende.
—No —respondo al final.
Daniel no insiste. No pregunta más. Solo asiente, como si eso fuera suficiente por ahora. Agradezco ese silencio más de lo que puedo decir.
Cuando vuelve a sonar la campana, siento un alivio extraño. No porque la clase haya terminado, sino porque la conversación también.
El resto del día pasa lento. Cada hora se estira más que la anterior. Cuando finalmente salgo del edificio, el aire frío me golpea la cara. Respiro hondo, intentando ordenar la cabeza.
No voy directo a casa.
Cambio el camino y termino frente a un lugar que no visitaba desde hace tiempo: la biblioteca del barrio. Mamá me traía cuando yo era chico. Decía que los libros guardaban respuestas para quienes sabían hacer las preguntas correctas.
Entro.
El silencio del lugar me envuelve. Me siento menos expuesto ahí. Camino entre los estantes sin un objetivo claro, pasando los dedos por los lomos de los libros. Me detengo en la sección de periódicos antiguos.
No sé bien qué busco. Tal vez nada. Tal vez todo.
Pido los ejemplares de las últimas semanas. Los reviso uno por uno, con paciencia. Encuentro la noticia de su muerte. Es breve. Fría. Llena de palabras que no dicen nada.
Accidente doméstico.
Sin signos de violencia.
Investigación cerrada.
Las leo varias veces. Me pregunto quién decidió esas frases. Quién las escribió. Quién firmó el cierre.
Copio nombres. Fechas. Detalles mínimos. Cada dato es una pequeña grieta en el muro que levantaron alrededor de su muerte.
Cuando salgo de la biblioteca, el cielo está gris. Empieza a lloviznar. Camino bajo la lluvia sin apurarme. El agua me empapa el pelo, la ropa, pero no me importa. Me siento acorde al día.
Al llegar a casa, noto algo distinto.
La puerta está cerrada. Bien cerrada. Pero la sensación vuelve. Esa presión en el pecho. Esa certeza sin pruebas.
Entro con cuidado.
Todo parece igual. Demasiado igual. Camino por las habitaciones despacio, atento a cualquier cambio mínimo. No encuentro nada fuera de lugar, y aun así no me relajo.
En mi cuarto, la mochila está donde la dejé. La abro de inmediato.
El cuaderno sigue ahí.
Respiro aliviado, pero el alivio dura poco. Porque junto a la mochila, sobre la cama, hay algo que no estaba antes.
Un papel doblado.
No tiene nombre.
No tiene firma.
Lo tomo con manos temblorosas y lo abro.
No sigas buscando.
El mismo mensaje.
La misma letra desconocida.
Me dejo caer en la cama, con el papel entre los dedos.
Ya no es una advertencia lejana.
Ya no es una casualidad.
Alguien sabe dónde vivo.
Alguien sabe lo que estoy haciendo.
Y, por primera vez desde que todo empezó, siento miedo de verdad.
Pero junto al miedo aparece algo más.
Rabia.
Y esa mezcla es peligrosa.
Porque ahora no solo quiero saber la verdad.
Ahora necesito encontrarla.
Me quedo sentado un largo rato, con el papel entre los dedos, leyendo la misma frase una y otra vez como si pudiera cambiar.
No sigas buscando.
No hay signos de apuro en la letra. No parece escrita con miedo. Es firme, casi tranquila. Eso es lo que más me inquieta. Quien la escribió no dudó. No necesitó pensar demasiado.
Doblo el papel con cuidado y lo dejo sobre el escritorio. No lo rompo. No lo tiro. Guardarlo se siente como una forma de resistencia. Como decir te veo sin pronunciarlo.
Me levanto y cierro la puerta del cuarto con llave, aunque sé que es un gesto inútil. Si alguien quiso entrar, ya lo hizo. La seguridad es una idea frágil, algo que se rompe apenas uno empieza a mirarla de cerca.
Me siento en la cama y apoyo los codos sobre las rodillas. Las manos me tiemblan ahora, sin que pueda controlarlo. Respiro hondo, intentando calmar el cuerpo antes de que la cabeza se descontrole.