Donde el silencio aprende a defenderse.
La decisión no llega como una idea clara.
No es un momento de revelación ni una frase contundente frente al espejo. Llega como llegan casi todas las cosas importantes ahora: de a poco, sin aviso, instalándose en el cuerpo antes que en la cabeza. Me despierto con ella ya ahí, sentada en el pecho, respirando conmigo.
No puedo seguir fingiendo que esto es solo mío.
Me quedo acostado mirando la pared, siguiendo con la vista una grieta que nunca había notado antes. La recorro una y otra vez con los ojos, como si pudiera memorizarla. Me pregunto cuántas grietas así habrá dejado mamá sin que yo las viera.
Me levanto tarde. El día ya está avanzado, pero la casa sigue en ese estado suspendido, como si el tiempo aquí se hubiera cansado de avanzar. Camino descalzo hasta la cocina. Abro la ventana. El aire frío entra y me eriza la piel. Lo dejo pasar. Necesito sentir algo que no sea este nudo constante.
Preparo café, aunque ya no me gusta. Lo tomo igual. Todo lo que hago últimamente es igual. No porque quiera, sino porque no sé hacer otra cosa.
Mientras bebo, pienso en nombres.
Los repaso mentalmente, uno por uno, como si fueran piezas de un rompecabezas que no encajan. Personas que rodeaban a mamá. Personas que aparecían en sus historias sin demasiado detalle. Personas que ella mencionaba con cuidado.
Hay uno que vuelve más que los demás.
El vecino.
No porque me caiga mal. No porque tenga pruebas. Sino porque siempre estuvo demasiado cerca. Demasiado atento. Demasiado dispuesto a ayudar. Mamá decía que era amable. Yo nunca pensé mucho en él.
Hasta ahora.
Termino el café y me visto sin apuro. Antes de salir, reviso la mochila. El cuaderno sigue ahí. Los papeles también. Todo en su lugar. Esa rutina se ha vuelto una especie de ritual de protección.
Salgo a la calle con la sensación de estar haciendo algo mal, aunque no sepa exactamente qué. Camino varias cuadras sin música, escuchando solo mis pasos y el ruido distante de la ciudad. Cada sonido parece amplificado.
El edificio del vecino se ve igual que siempre. Gris. Común. Me detengo frente a la puerta durante unos segundos que se sienten ridículamente largos. Podría darme la vuelta. Decir que fue una mala idea. Que estoy forzando cosas.
Pero no lo hago.
Toco el timbre.
El sonido me atraviesa como una descarga. Espero. Nada. Vuelvo a tocar. Esta vez, escucho pasos. Lentos. Arrastrados.
La puerta se abre apenas.
—¿Sí? —dice.
Me observa con atención, como si intentara recordar de dónde me conoce. Luego sus ojos cambian. Me reconoce. Lo veo en la forma en que se endereza.
—Ah... tú eres el hijo de —empieza.
—De Marta —lo interrumpo.
El nombre queda colgando entre nosotros. Él asiente despacio, como si pesara más de lo que debería.
—Pasa —dice finalmente, abriendo la puerta.
El departamento huele a encierro. A café viejo y a algo metálico. Me siento incómodo desde el primer paso. Me ofrece sentarme. Lo hago. Él se queda de pie, apoyado en la mesa, cruzando los brazos.
—¿En qué puedo ayudarte?
No sé por dónde empezar. Ninguna de las frases que ensayé en mi cabeza suena bien ahora. Trago saliva.
—Quería... hacerle unas preguntas —digo.
Su expresión cambia apenas. Es un movimiento mínimo, pero lo noto. Se tensa. Sonríe sin mostrar los dientes.
—¿Sobre qué?
—Sobre mi mamá.
El silencio cae pesado. Demasiado rápido. Él se aclara la garganta y se sienta frente a mí, manteniendo cierta distancia.
—Fue una tragedia —dice—. Lo siento mucho.
—Usted la veía seguido —respondo—. Más que otros vecinos.
No es una acusación directa. No todavía. Pero es suficiente para que sus manos se junten sobre la mesa.
—Nos cruzábamos —dice—. Nada más.
—Ella estaba preocupada —digo, sin pensar demasiado—. Últimamente.
Levanta la vista. Me mira fijo. Ya no sonríe.
—Todos estamos preocupados a veces —contesta.
Saco el cuaderno de la mochila, pero no lo abro. Solo lo dejo sobre la mesa. El gesto es intencional. Él lo mira. Luego vuelve a mirarme a mí.
—No es sano revolver estas cosas —dice—. Hay que dejar descansar a los muertos.
Algo se rompe dentro de mí al escucharlo.
—¿Y a los vivos? —pregunto—. ¿Quién nos deja descansar a nosotros?
No responde de inmediato. Se levanta y camina hasta la ventana. Mira hacia afuera como si buscara una salida que no existe.
—Tu mamá era... curiosa —dice al fin—. A veces demasiado.
—¿Curiosa con qué?
Vuelve a mirarme. Sus ojos ya no son amables.
—Con cosas que no le correspondían.
El pulso se me acelera.
—¿Como qué?
—No debería estar hablando de esto —dice—. Y tú tampoco deberías estar preguntando.
Me levanto. El aire se siente espeso.
—Alguien dejó mensajes en mi casa —digo—. Pidiéndome que deje de buscar.
Por primera vez, pierde el control de su expresión.
Solo por un segundo. Pero es suficiente.
—No sé de qué hablas —responde rápido.
—Claro que sabe.
El silencio que sigue no es incómodo. Es peligroso. Él se acerca un paso. Yo no retrocedo.
—Escúchame bien —dice en voz baja—. Hay cosas que no traen respuestas. Solo problemas.
Lo miro fijo, con una calma que no siento.
—Mi mamá murió —respondo—. Los problemas ya llegaron.
Me señala la puerta.
—Vete.
No discuto. No insisto. Salgo del departamento con las piernas temblándome, pero con una certeza nueva clavada en el pecho.
No estoy equivocado.
En la calle, el aire me golpea fuerte. Camino sin mirar atrás, con la sensación de haber cruzado una línea invisible. El miedo sigue ahí, pero ahora está acompañado por algo más sólido.
Confirmación.
Cuando llego a casa, cierro con llave y apoyo la espalda contra la puerta. Me deslizo hasta quedar sentado en el suelo. Respiro hondo. Las manos me tiemblan, pero no de duda.