Llévame contigo

CAPITULO 9

El miedo aprende mi nombre.

No abro la puerta.

Me quedo inmóvil, con la espalda apoyada contra la pared del pasillo, respirando tan despacio como puedo. El silencio que quedó después del golpe no es tranquilidad; es vigilancia. Siento como si alguien estuviera esperando del otro lado, contando mis respiraciones, midiendo mi reacción.

El corazón me late en los oídos.

Doy un paso atrás. Luego otro. Camino de puntillas hasta mi cuarto y cierro la puerta con cuidado. Me apoyo contra ella y deslizo el cuerpo hasta quedar sentado en el suelo. Me paso las manos por la cara, intentando convencerme de que no estoy a punto de desarmarme.

No fue mi imaginación.

El golpe fue real.

El susurro también.

Me quedo así un buen rato, hasta que el temblor de las manos disminuye. Cuando siento que puedo moverme sin hacer ruido, me levanto y me siento en la cama. Miro alrededor, buscando algo, cualquier cosa que me haga sentir menos expuesto.

Tomo el cuaderno de mamá y lo abro sin mirar dónde cae. Las páginas se mueven solas, como si supieran adónde llevarme. Leo frases sueltas, pensamientos incompletos. Todo suena distinto ahora, como si el miedo les hubiera dado otro tono.

Encuentro una anotación corta, escrita con letra más pequeña que el resto:

Cuando dejan señales, es porque creen que todavía pueden controlarte.

Trago saliva.

—No pueden —susurro, aunque no estoy seguro.

Me quedo despierto toda la noche. No intento dormir. El sueño se volvió un lujo peligroso. Me limito a escuchar, a contar sonidos, a anticipar pasos que no llegan. Cuando el cielo empieza a aclarar, el cansancio me pesa como una losa.

Con la primera luz del día, me levanto.

No hay marcas en la puerta. No hay señales de que alguien haya estado ahí. Todo luce exactamente igual, y eso me inquieta más que encontrar pruebas. La ausencia también puede ser una forma de amenaza.

Desayuno poco. Apenas puedo tragar. El estómago está cerrado, tenso. Me preparo para salir con movimientos rápidos, nerviosos. Reviso la mochila tres veces. El cuaderno, los papeles, el celular. Todo conmigo.

Antes de salir, miro la casa por última vez.

No sé cuándo voy a volver a sentirla segura otra vez.

Camino por la calle con los sentidos en alerta. Cada persona que se cruza conmigo me parece sospechosa por un segundo. Cada auto que reduce la velocidad me pone tenso. Me odio un poco por eso, pero no puedo evitarlo.

Llego a la escuela, pero no entro de inmediato. Me quedo afuera, apoyado contra la pared, respirando el aire frío. Necesito pensar. Necesito decidir qué hacer con lo que pasó anoche.

Daniel me ve antes de que yo lo vea a él.

—Ey —dice, acercándose—. ¿Estás bien?

Lo miro y, por primera vez, pienso en contarle algo. No todo. Nunca todo. Pero algo.

—¿Puedo preguntarte algo raro? —le digo.

—Claro.

—Si alguien te dijera que dejes de buscar algo... ¿qué harías?

Frunce el ceño.

—Depende —responde—. ¿Qué estás buscando?

Bajo la mirada.

—La verdad.

No se ríe. No minimiza la pregunta. Se queda pensativo unos segundos.

—Entonces no dejaría de buscar —dice al fin—. Pero no lo haría solo.

La frase se me queda dando vueltas en la cabeza durante toda la mañana.

En clase, no escribo nada. Solo observo. Me doy cuenta de cuántas cosas pasan desapercibidas cuando uno no presta atención. Miradas que duran un segundo más de lo normal. Puertas que se cierran demasiado rápido. Silencios que parecen ensayados.

Tal vez siempre estuvieron ahí. Tal vez recién ahora aprendí a verlas.

Al salir de la escuela, tomo una decisión pequeña, pero importante.

No vuelvo directo a casa.

Cambio de ruta. Camino hacia el edificio donde mamá trabajaba. Esta vez no me quedo del otro lado de la calle. Entro.

El lugar huele a desinfectante y papeles viejos. Me acerco al mostrador y pido hablar con alguien que haya trabajado con ella. Doy su nombre. La persona que me atiende duda.

—¿Tiene cita? —pregunta.

—No —respondo—. Pero soy su hijo.

Eso parece abrir una puerta invisible. Me hacen esperar.

Mientras espero, observo el movimiento del lugar. Gente entrando y saliendo, conversaciones bajas, teléfonos sonando. Todo demasiado organizado. Demasiado correcto.

Finalmente, una mujer sale a buscarme. Dice mi nombre con cuidado.

—Ven —me dice.

Caminamos por un pasillo largo. Me hace pasar a una oficina pequeña. Se sienta frente a mí, cruzando las manos sobre el escritorio.

—Lamento mucho lo de tu madre —dice—. Era una buena trabajadora.

—¿Estaba preocupada por algo? —pregunto—. Últimamente.

La mujer duda. Baja la mirada. Ese gesto ya me dice mucho.

—No debería hablar de eso —dice—. Pero... sí. Estaba inquieta.

El corazón me da un salto.

—¿Por qué?

—Hacía preguntas —responde—. Demasiadas.

Me inclino hacia adelante.

—¿Sobre qué?

La mujer suspira.

—Sobre cosas que no eran parte de su trabajo.

No dice más. No necesita hacerlo.

Cuando salgo del edificio, el sol ya está bajo. Camino sin rumbo por varias cuadras, con la cabeza llena de ruido. Todo encaja de a poco, formando una imagen que no quiero terminar de ver.

Esa noche, cuando llego a casa, noto algo distinto de inmediato.

La puerta está cerrada.

Pero la cerradura está rayada.

El aire se me queda atrapado en la garganta.

Entro despacio. Camino por la casa con cuidado. Todo parece en su lugar, pero algo falta. Voy directo a mi cuarto.

La mochila está sobre la cama.

Abierta.

El cuaderno de mamá ya no está.

Me quedo de pie, sin moverme, sintiendo cómo el miedo cambia otra vez de forma.

Ahora no es advertencia.

No es amenaza.

Es respuesta.

No grito.

No corro.

No hago nada de lo que uno debería hacer cuando algo así pasa. Me quedo parado frente a la cama, mirando la mochila abierta, como si el cuaderno pudiera reaparecer si lo observo el tiempo suficiente. El cuarto se siente distinto, más ajeno, como si hubiera dejado de pertenecerme.



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En el texto hay: misterio, suspenso

Editado: 15.01.2026

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