Llévame contigo

CAPITULO 10

Cuando el miedo deja de esperar.

No respondo el mensaje.

No porque no quiera, sino porque no sé cómo. Me quedo mirando el celular apagado sobre la cama, como si pudiera vibrar solo, como si la respuesta fuera a aparecer sin que yo la escriba. El silencio que sigue no es alivio. Es anticipación.

Devuélvelo y todo termina.

No dicen qué termina.

No dicen qué empieza si no obedezco.

Me acuesto sin cambiarme de ropa, con los ojos abiertos, esperando algo que no sé definir. El cansancio me tira del cuerpo hacia abajo, pero la cabeza sigue despierta, alerta, repasando cada detalle de los últimos días como si pudiera encontrar ahí la solución.

Se llevaron el cuaderno.

Saben que lo tenía.

Saben dónde vivo.

Saben cómo asustarme.

La pregunta ya no es quién.

Es hasta dónde.

Me quedo dormido de golpe, sin transición, como si alguien hubiera apagado un interruptor dentro de mí.

Sueño con mi madre, pero no como antes.

No está distante ni borrosa. Está frente a mí, sentada en la cocina, con las manos apoyadas sobre la mesa. Me mira con una seriedad que nunca usaba conmigo. Quiere decirme algo, lo sé, pero cada vez que abre la boca, no sale sonido.

—Habla —le digo—. Por favor.

Ella niega con la cabeza.

Y entonces despierto.

La habitación está oscura. El corazón me late tan fuerte que me duele el pecho. Tardo unos segundos en entender dónde estoy. El reloj marca las cuatro y dieciocho de la madrugada.

Me incorporo lentamente.

Hay un olor distinto en el aire.

No es fuerte. Es sutil. Metálico. Tardo un segundo en reconocerlo.

Perfume.

No es mío.

No es de mamá.

Me levanto despacio, con el cuerpo tenso, y abro la puerta del cuarto. El pasillo está en sombras. Camino sin hacer ruido, escuchando. Cada paso parece demasiado fuerte.

La puerta principal está cerrada.

Pero no como la dejé.

La cerradura está limpia. Demasiado limpia. Como si alguien la hubiera tocado con cuidado. Me acerco, conteniendo la respiración. No hay señales de forzamiento. Ninguna marca nueva.

Y entonces lo veo.

Un sobre blanco, apoyado en el suelo, justo contra la puerta. Mi nombre está escrito con la misma letra de los mensajes. Prolija. Segura. Sin apuro.

Lo tomo con manos rígidas y lo abro ahí mismo.

Dentro hay una hoja doblada...

y una fotocopia.

La hoja dice:

Te dimos tiempo.

La fotocopia es de una foto vieja. La reconozco de inmediato.

Soy yo.

Más chico.

Con mi mamá.

Estamos saliendo de la escuela. Ella me pasa un brazo por los hombros. Yo sonrío sin saber nada. La imagen está marcada con un círculo rojo alrededor de nosotros.

El mensaje es claro.

Esto no es solo sobre ella.

Nunca lo fue.

Las piernas me fallan y me apoyo contra la pared. El miedo se instala distinto ahora. Ya no es abstracto, ya no es nocturno. Es directo. Personal. Preciso.

Quieren que entienda que pueden tocar cualquier cosa.

Regreso al cuarto y cierro con llave. Me siento en la cama, con la foto temblándome entre los dedos. No lloro. No grito. Algo dentro de mí se endurece. Se enfría.

Pienso en la mujer del trabajo de mamá.

En el vecino.

En todos los silencios que encontré.

No puedo ir a la policía. No todavía. No con esto. No sin pruebas claras. Ellos lo saben. Juegan con eso. Con mis límites. Con mi edad.

Pero también cometen un error.

Creen que estoy solo.

A la mañana siguiente no voy a la escuela.

Salgo temprano, antes de que el barrio despierte del todo. Camino rápido, sin música, sin mirar el celular. Sé adónde voy incluso antes de admitirlo.

Vuelvo al edificio donde trabajaba mamá.

Esta vez no pido permiso.

Espero.

Me quedo sentado en una banca frente a la entrada, observando quién entra y quién sale. No busco caras nuevas. Busco nervios. Gestos. Miradas que se detienen un segundo más de lo normal.

Después de casi una hora, la veo.

Es la mujer que habló conmigo el otro día. Sale con una carpeta bajo el brazo. Me acerco antes de que pueda evitarme.

—Necesito hablar con usted —le digo.

Ella se detiene. Me mira. Suspira.

—No es buena idea —responde.

—Se llevaron cosas de mi casa —digo—. Me están amenazando.

Eso cambia algo.

Mira alrededor. Baja la voz.

—Ven —dice—. No aquí.

Caminamos unas cuadras hasta un café pequeño. Nos sentamos al fondo. Ella no pide nada. Yo tampoco.

—Tu madre no murió por casualidad —dice finalmente—. Pero no fue solo por lo que descubrió.

—¿Entonces?

—Fue porque no quiso callarse.

La frase me golpea más fuerte de lo que esperaba.

—¿Quiénes? —pregunto.

Ella aprieta los labios.

—Gente que no deja rastros —dice—. Gente que no amenaza dos veces sin actuar.

Le muestro la foto. El mensaje.

Sus manos tiemblan.

—Ya te metieron dentro —murmura—. Igual que a ella.

El silencio entre nosotros es espeso. Irrespirable.

—¿Qué hago? —pregunto.

Me mira con algo que no es lástima.

Es urgencia.

—Decide rápido —dice—. O paras... o sigues hasta el final.

Salgo del café con el pecho apretado.

No tengo mucho tiempo.

Nunca lo tuve.

Y mientras camino de regreso a casa, con la ciudad moviéndose alrededor como si nada pasara, entiendo algo con una claridad que duele:

si sigo, puedo perderlo todo.

si paro, la pierdo a ella para siempre.

Y ya tomé esa decisión hace rato.

No vuelvo directo a casa.

Camino durante horas sin rumbo fijo, dejando que la ciudad me trague un poco, como si entre tanta gente pudiera volverme invisible. Paso por calles que no frecuento, por plazas donde nadie me conoce, por esquinas donde no tengo recuerdos. Necesito distancia. No de ellos. De mí mismo.



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En el texto hay: misterio, suspenso

Editado: 15.01.2026

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