Aprender a no temblar.
Amanezco sin darme cuenta de cuándo dejé de dormir.
No es un despertar normal. No hay esa transición suave entre el sueño y la realidad. Abro los ojos y ya estoy alerta, como si nunca hubiera bajado la guardia. La luz entra por la ventana de manera tímida, grisácea, como si el día tampoco estuviera convencido de empezar.
Lo primero que hago es escuchar.
Silencio.
Demasiado limpio.
Me quedo quieto unos segundos más, respirando despacio, esperando que algo ocurra. Nada. El auto ya no está. No oigo pasos, ni voces, ni motores lejanos. Solo el sonido apagado de la casa, ese murmullo casi imperceptible que ahora conozco demasiado bien.
Me levanto con cuidado.
Camino por el pasillo descalzo, sintiendo el frío del piso. Reviso la puerta principal. Sigue cerrada. La cerradura intacta. No hay sobres, ni notas, ni señales nuevas. Parte de mí se siente aliviada. Otra parte, más honesta, sabe que eso no significa nada.
Ellos no necesitan estar presentes para estar cerca.
Voy a la cocina y preparo algo de comer por inercia. No tengo hambre, pero necesito hacer algo normal, aunque sea fingido. Mastico sin prestar atención al sabor. Todo me sabe igual desde hace días. Tal vez desde antes.
Mientras lavo el plato, me observo en el reflejo de la ventana. No me reconozco del todo. Tengo ojeras profundas, la expresión tensa, los hombros rígidos. Parezco mayor. No más sabio. Solo más cansado.
Diecisiete años.
La gente dice esa edad como si fuera liviana. Como si no pudiera cargar cosas pesadas.
Regreso a mi cuarto y saco el cuaderno donde he estado escribiendo mis propias notas. No el de mamá. El mío. Me siento en la cama y lo abro. Paso las páginas lentamente, leyendo lo que escribí la noche anterior. Frases incompletas. Ideas sueltas. Nombres que todavía no sé cómo unir.
Pero hay algo nuevo.
No es información.
Es intención.
Ya no escribo solo para entender. Escribo para no olvidar. Para que, si algo me pasa, quede constancia de que yo también vi las grietas. De que no acepté la versión fácil.
Me detengo en una página en blanco.
Escribo una sola pregunta, grande, en el centro:
¿Quién se beneficia con su muerte?
La miro durante un largo rato.
Las respuestas empiezan a aparecer solas, aunque no quiera.
Personas que ascendieron.
Decisiones que se cerraron.
Papeles que desaparecieron.
Y el silencio. Siempre el silencio.
Salgo de casa cerca del mediodía. No le aviso a nadie. Camino sin prisa, con una calma que no siento por dentro. Me obligo a respirar normal, a no mirar a todos como si fueran sospechosos. Aprendo, poco a poco, a fingir.
Llego a la biblioteca pública.
No porque espere encontrar respuestas ahí, sino porque es un lugar donde nadie pregunta demasiado. Me siento frente a una computadora y empiezo a buscar noticias viejas. Artículos pequeños. Notas que pasaron desapercibidas. Casos similares al de mamá.
No busco coincidencias obvias. Busco patrones.
Después de un rato, algo se repite.
Mismas palabras.
Mismas conclusiones rápidas.
Mismos cierres apresurados.
Accidente.
Falla humana.
Caso resuelto.
Cierro los ojos un momento.
No es una prueba. No todavía. Pero es una grieta más en el discurso oficial. Y las grietas, si se presionan bien, se rompen.
Siento una presencia a mi lado antes de verla.
—Sabía que vendrías aquí.
Levanto la mirada.
Es Daniel.
Está de pie, con una mochila colgada de un hombro, mirándome como si hubiera estado buscándome desde hace rato. No parece sorprendido. Tampoco preocupado. Eso me inquieta más que cualquier otra cosa.
—¿Cómo supiste? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—Tu mamá venía mucho —dice—. Pensé que tal vez tú también.
Asiento despacio.
Se sienta frente a mí sin pedir permiso. Guarda silencio unos segundos. No pregunta nada. Me deja decidir.
—Me están presionando —digo al final—. Para que deje esto.
Daniel no cambia de expresión.
—Entonces vas por buen camino.
Lo miro.
—¿Por qué no intentas detenerme?
—Porque si lo hiciera —responde—, sería igual que ellos.
Sus palabras no suenan heroicas. Suenan cansadas. Como si supiera exactamente el precio de seguir.
—Esto no termina bien —añade—. Para nadie.
—¿Terminó bien para mi mamá si se callaba? —pregunto.
Daniel no responde.
Y ese silencio es suficiente.
Salimos de la biblioteca juntos. Caminamos un par de cuadras sin hablar. Me doy cuenta de algo mientras avanzamos: ya no me siento completamente solo. No acompañado... pero sí menos aislado.
Y eso cambia el riesgo.
—Van a volver —dice de pronto—. Cuando vean que no paras.
—Lo sé.
—¿Y qué vas a hacer cuando lo hagan?
Pienso en la pregunta más de lo que debería.
—No temblar —respondo.
Daniel me mira, evaluándome.
—Eso se aprende —dice—. Pero cuesta.
Nos despedimos sin promesas.
Regreso a casa con una sensación nueva, incómoda. No es esperanza. No es valentía. Es determinación. Algo más frío. Más peligroso.
Esa noche, antes de dormir, escribo otra frase en mi cuaderno:
Si el miedo no se va, aprenderé a caminar con él.
Y por primera vez desde que mamá murió, no me duele escribir su nombre.
Me duele lo que viene.
Esa noche no ceno.
No porque no haya comida, sino porque el cuerpo no me lo pide. Me preparo un vaso de agua y me siento en la mesa de la cocina, exactamente en la silla donde mamá solía sentarse cuando hablábamos tarde. Apoyo los codos y miro el vaso como si pudiera decirme algo.
La casa vuelve a sentirse cargada.
No hostil.
Expectante.
Pienso en Daniel. En lo poco que dijo y en todo lo que dejó flotando en el aire. No confío en él del todo, pero tampoco siento que mienta. Hay personas que no necesitan explicarse demasiado porque ya perdieron algo importante. Él es una de esas personas.