Lo que se mueve en las sombras.
El día empieza sin permiso.
No hay transición, no hay aviso. Abro los ojos y ya estoy despierto del todo, como si alguien hubiera sacudido el mundo mientras dormía y ahora todo estuviera levemente fuera de lugar. Tardo unos segundos en recordar dónde estoy. En quién soy ahora.
La casa sigue en silencio, pero no es el mismo silencio de antes. Ya no es vacío: es vigilancia.
Me levanto despacio y recorro cada habitación con la costumbre recién aprendida de quien ya no da nada por sentado. Todo parece igual. Demasiado igual. Los objetos están donde deben estar, pero la sensación de orden me incomoda. Como si alguien hubiera querido demostrar que puede entrar sin dejar huellas.
En la cocina encuentro una taza limpia en el escurridor. No recuerdo haberla lavado.
La observo largo rato.
No la toco.
El mensaje no es la taza. Es la intención.
Salgo de casa antes de que el miedo decida por mí. Camino con las manos en los bolsillos y la mirada al frente, ensayando una normalidad que ya no me pertenece. El aire de la mañana es frío, pero me ayuda a pensar. A ordenar.
Repaso mentalmente todo lo que tengo:
— La agenda de mamá.
— Las coincidencias en los artículos viejos.
— Los mensajes.
— El miedo ajeno cuando hago demasiadas preguntas.
No es mucho. Pero es algo.
Llego al edificio donde trabajaba mamá sin planearlo del todo. Me quedo frente a la entrada unos minutos, observando. No entro. Todavía no. Veo salir y entrar personas con carpetas, con prisa, con caras que no miran a nadie. Me pregunto cuántas de ellas sabían algo. Cuántas eligieron no saber.
Un guardia me observa desde lejos.
Decido irme.
No hoy.
Camino hasta una parada de autobús y me subo sin pensar demasiado. Necesito moverme. Cambiar de escenario. El trayecto se me hace largo. Miro por la ventana cómo la ciudad sigue funcionando con una indiferencia que me resulta casi ofensiva.
En el fondo del autobús, alguien habla por teléfono en voz baja. No escucho palabras claras, solo el tono. Me pone nervioso. Me bajo dos paradas antes de lo previsto.
Entro a un lugar pequeño, casi escondido entre dos edificios. Un local viejo, con vidrios opacos y olor a papel húmedo. Una librería de segunda mano.
No sé por qué entro.
Tal vez porque nadie presta atención aquí.
Reviso estantes sin buscar nada en particular. Libros usados, subrayados por otras vidas. Historias que sobrevivieron a alguien. Me siento extrañamente acompañado.
—Tu madre venía seguido —dice una voz detrás del mostrador.
Me giro de golpe.
Es un hombre mayor, de barba canosa y mirada tranquila. No parece sorprendido de verme.
—¿Cómo...?
—Ella preguntaba mucho —continúa—. Y escuchaba mejor.
El pulso se me acelera.
—¿Sobre qué?
El hombre me observa unos segundos más de lo necesario.
—Sobre cosas que la gente no quiere que se recuerden.
El silencio vuelve a instalarse entre nosotros, pesado pero distinto. No amenazante. Cargado de significado.
—¿Le pasó algo aquí? —pregunto.
Niega con la cabeza.
—No aquí —dice—. Pero empezó aquí.
No me da más detalles. Tampoco los pido. Entiendo que este tipo de verdades no se entregan completas. Se ganan.
Compro un libro cualquiera solo para no irme con las manos vacías. Cuando me lo entrega, el hombre desliza un papel entre las páginas.
—Por si algún día lo necesitas.
Salgo sin mirar atrás.
Camino varias cuadras antes de atreverme a abrir el libro. Dentro hay un nombre. Una dirección. Nada más.
No sé si es una trampa.
No sé si es ayuda.
Pero ya aprendí algo importante: no hacer nada también es una decisión.
Guardo el papel.
Regreso a casa cuando empieza a oscurecer. La puerta está cerrada. La taza sigue ahí. Todo en calma.
Demasiada.
Me encierro en mi cuarto y escribo durante horas. No para encontrar respuestas inmediatas, sino para no perderme. Para dejar constancia de cada paso, cada gesto, cada coincidencia.
Antes de dormir, miro el papel una vez más.
Mañana decidiré.
Por ahora, dejo que la noche caiga.
Y aunque el miedo sigue conmigo, ya no me paraliza.
Se mueve.
Como algo vivo.
Como algo que sabe que pronto tendrá que mostrarse.
La noche avanza lenta.
No me acuesto de inmediato. Me quedo sentado en el borde de la cama, con el libro cerrado entre las manos, como si pudiera pesar más de lo que realmente pesa. El papel con el nombre y la dirección quema en el bolsillo, aunque sé que es solo mi imaginación. O no.
Pienso en la librería. En el hombre. En la forma en que habló de mamá, como si todavía estuviera presente en algún rincón invisible de la ciudad. Me pregunto cuántos lugares guardan fragmentos de ella sin que yo lo sepa. Cuántas versiones de su historia siguen vivas en otras bocas.
Abro el libro al azar.
Las páginas están subrayadas. No por mí. Por alguien más. Frases marcadas con lápiz, comentarios al margen, fechas anotadas con letra pequeña. No es casualidad. Reconozco la escritura al instante.
Es de ella.
El estómago se me contrae.
Paso las páginas con cuidado, como si fueran frágiles, como si pudieran deshacerse si las miro demasiado fuerte. No hay confesiones directas. No hay nombres completos. Solo ideas, preguntas, signos de interrogación repetidos.
¿Quién decide qué se archiva y qué se entierra?
¿Por qué siempre los mismos silencios?
Cierro el libro de golpe.
El aire se me queda atrapado en el pecho unos segundos antes de salir. Esto no es solo memoria. Es rastro. Mamá dejó huellas donde nadie mira.
Me levanto y reviso el celular. Ningún mensaje nuevo. Eso debería tranquilizarme. No lo hace. Aprendí que el silencio también comunica.
Me acerco a la ventana. Afuera, la calle está casi vacía. Un farol parpadea. Todo parece normal. Y esa normalidad me resulta ajena, como si yo estuviera mirando desde otro plano.