El primer paso no tiene regreso.
No salgo de casa de inmediato.
Me quedo sentado en la cama, vestido, con la mochila apoyada contra la pared, mirando la puerta como si fuera a moverse sola. El mensaje sigue ahí, fijo en la pantalla del celular. No lo borro. No lo respondo. Tampoco lo apago.
Sabemos que encontraste el libro.
No dicen cómo. No dicen cuándo. Solo afirman.
Eso es lo que más pesa.
Me levanto y empiezo a preparar las cosas con una calma que no reconozco como mía. No es valentía. Es algo más plano. Más frío. Meto el cuaderno, el libro, la agenda de mamá, una botella de agua. Dudo un segundo antes de guardar el celular. Lo dejo. Si quieren localizarme, ya saben hacerlo.
Antes de salir, recorro la casa despacio. No como despedida, sino como inventario. Necesito recordar cada detalle tal como es ahora, por si no vuelve a serlo. Paso la mano por la mesa, por el respaldo de la silla, por el marco de la puerta de mi cuarto. Me detengo frente a la foto de mamá en la sala.
—Voy a volver —le digo en voz baja.
No prometo cuándo.
Cierro la puerta y camino sin mirar atrás.
La dirección del papel no está lejos, pero el trayecto se siente distinto. Cada cuadra pesa más que la anterior. Camino atento a los reflejos en los vidrios, a los pasos que se repiten detrás de mí, a los autos que reducen la velocidad sin motivo. No veo a nadie que parezca seguirme.
Eso no me tranquiliza.
Llego a un barrio que no conozco bien. Casas viejas, fachadas descascaradas, árboles torcidos que crecieron sin orden. No hay niños jugando. No hay música. El silencio aquí es espeso, como si se hubiera acumulado durante años.
El edificio es bajo, gris, sin ventanas a la calle. La placa metálica junto a la entrada está tan gastada que apenas se distinguen las letras. No hay timbre.
Golpeo la puerta.
Nada.
Vuelvo a golpear, esta vez más fuerte. Escucho pasos del otro lado, lentos, arrastrados. La puerta se abre apenas unos centímetros.
Un hombre me observa. No parece sorprendido.
—Llegaste —dice.
No pregunta quién soy.
—Busco información sobre mi madre —respondo.
Me estudia durante unos segundos que se alargan demasiado. Luego abre la puerta del todo y se hace a un lado.
—Pasa.
El lugar huele a humedad y a papel viejo. Hay cajas apiladas, archivadores oxidados, carpetas abiertas sobre una mesa grande. No parece una oficina. Tampoco una casa. Es más bien un espacio suspendido, como si no perteneciera del todo a este tiempo.
—Ella venía aquí —dice mientras camina hacia el fondo—. No muchas veces. Las suficientes.
—¿Quién es usted?
—Alguien que eligió no olvidar —responde—. Igual que ella.
Se sienta frente a mí y saca una carpeta gastada. Antes de abrirla, me mira con atención.
—Si te muestro esto —dice—, ya no hay marcha atrás.
No respondo. No porque no tenga miedo, sino porque ya crucé ese punto hace rato.
Abre la carpeta.
—Tu madre no murió por lo que encontró —dice—. Murió porque decidió guardar copias.
El aire se me queda atrapado en la garganta.
—¿Copias de qué?
—De decisiones —responde—. De nombres. De firmas que nunca debieron coincidir.
Desliza algunos papeles hacia mí. No los toco de inmediato. Leo títulos incompletos, fechas que se repiten, sellos oficiales que no deberían estar juntos. No entiendo todo, pero entiendo lo suficiente.
—Esto es ilegal —murmuro.
—Eso nunca los detuvo —dice—. Solo los volvió más cuidadosos.
Me doy cuenta entonces de algo que me sacude por dentro: mamá no tropezó con un secreto. Caminó directo hacia él. Sabía lo que hacía. Sabía el riesgo.
—¿Y ahora qué? —pregunto.
El hombre se recuesta en la silla.
—Ahora empieza lo difícil —dice—. Porque buscar respuestas es una cosa. Sostenerlas es otra.
—Si me voy —pregunto—, ¿me dejan en paz?
Sonríe apenas.
—Tal vez —responde—. Por un tiempo.
Eso es suficiente para mí.
Cierro la carpeta.
—Quiero ver todo —digo—. Pero despacio.
Asiente.
—Ese era su ritmo —dice—. Nunca se apresuró. Por eso llegó tan lejos.
Me levanto. Antes de irme, el hombre me entrega una hoja doblada.
—No vengas seguido —advierte—. Y no confíes en nadie que quiera correr.
Guardo el papel sin abrirlo.
Cuando salgo, el aire de la calle me golpea con fuerza. Camino varias cuadras antes de atreverme a respirar hondo. No siento alivio. Siento peso.
El primer movimiento ya está hecho.
No fue ruidoso. No fue heroico.
Pero es irreversible.
Y mientras regreso a casa, con la sensación de que el mundo se volvió apenas más estrecho, entiendo algo con claridad:
esto recién empieza.
Y va a ir tan lento como sea necesario.
El hombre no vuelve a hablar de inmediato.
Se levanta, camina hacia uno de los estantes del fondo y empieza a mover carpetas como si buscara algo específico, aunque tengo la sensación de que solo está dándome tiempo. Tiempo para asimilar. Para decidir si voy a echarme para atrás.
No lo hago.
Me quedo de pie, observando el lugar con más atención. Las paredes están manchadas de humedad, pero no descuidadas. Cada cosa parece estar donde debe. Hay orden dentro del caos, y eso me resulta inquietantemente familiar. Así era mamá con sus papeles: montones que solo ella entendía, pero donde nada estaba por accidente.
—Ella confiaba poco —dice de pronto, sin mirarme—. Incluso de mí.
—Hacía bien —respondo.
Asiente, como si lo esperara.
Regresa con otra carpeta, más delgada. La coloca frente a mí, pero no la abre.
—Esto lo guardó aparte —explica—. Dijo que solo debía entregarse si algo le pasaba.
Siento un nudo en el pecho.
—¿Sabía que iba a morir?
El hombre duda.
—Sabía que se estaba acercando demasiado.
Desliza la carpeta hacia mí. Esta vez sí la tomo. Mis manos tiemblan apenas, pero no la suelto. La abro despacio.