Lo amargo de nuestro café

Capítulo 1: El pozo de los sedimentos

Estábamos sentados en una banca frente a la fuente del parque. El sonido del agua llenaba el silencio entre nosotros, casi como si intentara suavizar la tensión que flotaba en el aire. La noche caía lentamente y las luces de las farolas se reflejaban en el estanque como manchas que temblaban con cada ondulación.
Adela secó sus lágrimas con el dorso de la mano. Sus ojos, tan rojos como el rubor que teñía sus mejillas, me miraron con una intensidad que me hacía querer desaparecer.
—No lo niegues más. Dime la verdad. ¿Lo hiciste? ¿Me engañaste? —Su voz se quebró al final, pero el tono era firme, desesperado.
Sentí cómo el aire frío de la noche se colaba bajo mi abrigo, pero no era nada comparado con el vacío que empezaba a formarse en mi pecho. Bajé la mirada, dejando que mi cabello cayera sobre mi rostro, intentando esconderme.
—La verdad es que… sí, lo hice —las palabras me salieron con dificultad, cargadas de vergüenza.
Adela se levantó de la banca de golpe. El crujido de las hojas secas bajo sus botas rompió la calma artificial del parque. Dio unos pasos hacia el estanque y, por un momento, pensé que iba a arrojar algo al agua.
—¿Hace cuánto tiempo? —preguntó, sin voltear a verme.
Me removí incómodo, sintiendo que el frío de la noche era ahora un castigo.
—No estoy seguro; tampoco es fácil para mí explicar esto —me puse de pie e intenté acercarme, pero mi propio peso parecía más abrumador de lo normal.
Ella se inclinó hacia el agua, metiendo una mano en la superficie helada. Las ondas que provocaba se expandían lentamente, como si el estanque también compartiera su rabia contenida.
—No trates de victimizarte también, Adán. Ya no más.
—No estoy tratando de hacer eso, Adela, pero no sé… —seguí avanzando, aunque cada paso parecía inútil.
—¿Qué pasó? ¿Cómo pasó? ¿Por qué, Adán? —Su voz se rompía con cada pregunta, desgarrándome más de lo que quería admitir.
Intenté responder, pero las palabras parecían atascadas en mi garganta.
—Yo… no lo sé, Adela.
Ella se giró de repente. Sus ojos brillaban con lágrimas que no terminaban de caer. Su mirada era fría, tan distinta de la calidez que alguna vez me había mostrado.
—Ya no me digas así.
—Adela, por favor…
—No, Adán. Terminamos. Está claro.
Dio un paso hacia atrás, y luego otro, como si el aire entre nosotros se hubiera convertido en una barrera invisible.
—Estoy tan decepcionada. Pensé que éramos algo más.
Quise extender la mano, pero ella me detuvo con un gesto. Antes de darme la espalda, se quitó la cadena con mi inicial y la dejó caer en mi mano abierta.
—No me digas nada más, Adán. No esperaba nada de ti y, aun así, lograste decepcionarme.
Me quedé ahí, congelado. La soledad del momento me golpeó, pesada como una losa. Miré la fuente, el movimiento constante del agua, tan libre y a la vez tan atrapado en el estanque. No sabía qué hacer con el hueco que sentía en el pecho. Y, por alguna razón que ni yo entendía, me salió una sonrisa amarga.
—Al menos ya terminó. Tampoco es que duela tanto como dicen… —murmuré para mis adentros, aunque ni yo me creía esas palabras.
Cuando finalmente me puse en marcha hacia mi casa, la noche ya había caído por completo. Las calles estaban casi desiertas y las pocas luces de los postes se mezclaban con las sombras. El frío cortaba, pero lo prefería; sentía que lo merecía.
No dejaba de pensar en ella. No en los momentos buenos ni en los malos, sino en todo lo que nunca supe valorar. Lo poco que la merecía, las inseguridades absurdas que tenía, los celos ridículos que habían envenenado tantas conversaciones. Me invadían preguntas sin sentido: ¿Cómo combino la ropa ahora? ¿Cuáles calles me llevan a un lugar seguro? ¿Qué corte de cabello debería intentar? ¿Cómo se vuelve a amar así de profundo?
Siempre pensé que nuestra relación sería algo pasajero, algo que no iba a durar más de unos pocos años. No quería admitir que ella significaba más para mí de lo que estaba dispuesto a aceptar. ¿Por qué, entonces, me sentía tan roto ahora?
Cuando llegué a la puerta del departamento que alquilaba, no pude más. Las paredes oscuras parecían cerrarse sobre mí y las lágrimas me invadieron sin control. Me derrumbé por completo. Lloré como nunca antes había llorado, dejando que el dolor me envolviera.




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