La alarma sonó a las 5:30 a. m. Tenía que alistarme a tiempo para la entrevista de hoy que, aunque no era en un trabajo muy bueno, pagaba lo suficiente para mantener el alquiler y los gastos necesarios. Me senté en mi cama, todavía algo dormido, y revisé mi celular. Vacío.
Para mí, la soledad era algo muy común antes de conocer a Adela. Ella siempre estaba enviando mensajes a cada momento, me pedía para salir o simplemente venía a casa para pasar el rato. Ahora era diferente; ya no tenía a alguien que me buscara, alguien que hablara conmigo o a quien le interesara lo que hacía. En mi pasado, con Adela era suficiente. Ahora me sentía más solo que nunca.
Terminé de lavarme la cara y tomé un baño un tanto largo. Adela… Realmente era extraño; no estaba muy seguro de en qué momento se arruinó todo, en qué momento lo arruiné yo. Los celos, las peleas sin sentido que ocasionaba, esa costumbre de alejarme de ella cuando tenía un problema y no responderle en días… nunca fui un buen novio.
Necesitaba ponerme ropa formal, sin exagerar. Una camisa blanca bien planchada, unos pantalones negros de vestir y unos zapatos marrones; tal vez era un estilo muy de "señor", pero era lo que buscaba para este momento.
—¿Tal vez una corbata? —dije para mí mismo.
Podría buscar entre varias combinaciones, tal vez algo con tonos marrones para que hiciera juego con mis zapatos y el color de mis ojos. Una roja siempre queda bien con el blanco de la camisa, o incluso una negra, que nunca falla en los trajes formales.
También tenía que peinarme un poco. Nunca había sido el tipo de persona que lo hace, pero esta vez era necesario. Tenía que dar una buena imagen, así que decidí darle dirección al cabello simplemente con mi mano. No lo tengo largo, con suerte me llega hasta la nariz; es de un negro fuerte que lo hace parecer más abundante de lo que realmente es. Al final, no me decidí por ninguna corbata.
No hubo ni un minuto de camino a la entrevista en el que no hubiera pensado en ella. Después de una caminata larga, pero a paso tranquilo, llegué al lugar. Era el único ahí. Me recibió un señor, tal vez no mucho mayor que yo.
—¿Eres el joven que viene a la entrevista? —preguntó con una sonrisa cálida, de esas que solo dan aquellos con buenas intenciones.
—Sí, vengo por el puesto de barista.
—Sí, sí, excelente. Acompáñame adentro, por favor.
Su voz era suave, aunque no combinaba con su aspecto. El hombre era un gigante; apenas si podía pasar por la puerta y se notaba cómo su camisa blanca se tensaba en la espalda. Tenía el cabello oscuro, como el mío. Tal vez no sea el único que lo haga, pero me gusta apreciar el aspecto físico de la gente; sin comparar, solo por el gusto de observar.
Entramos a un cuarto con estilo de oficina. Adentro había dos asientos separados por una mesa con una computadora y papeles desordenados. El hombre tendió su mano con un movimiento gentil, invitándome a sentarme.
—Entonces, Adán, ¿qué te hizo tomar la decisión de venir a nuestra cafetería?
—Bueno… Es bastante accesible para mí, vivo relativamente cerca y me gusta trabajar preparando café.
—¿Cómo te ves en la atención al cliente? A ser cajero, me refiero.
—Tengo algo de experiencia en eso y, disculpe si ofende, pero vengo específicamente por el puesto de barista.
Él me miró, cambiando totalmente la expresión de su rostro por un segundo; un segundo que, para alguien observador como yo, fue suficiente para notar el cambio.
—Oh, tranquilo, te entiendo. No planeaba que cambiaras a ser un simple cajero; quiero que tomes los dos puestos.
No me sorprendió mucho. Es normal en estos cafés locales: a veces te hacen atender la caja y poco más. Pero realmente no soy muy bueno en eso, y mucho menos quiero tener problemas si los números no cierran al final del día.
—Ya veo. ¿Y sería así permanentemente?
—No, en realidad seguimos recibiendo currículums, pero ninguno me ha llamado la atención. Me gustaría que estuvieras en ese doble turno hasta que pueda contratar a alguien interesante para la caja.
—Entiendo. ¿Tiene una idea de cuánto va a tardar en encontrar a alguien "interesante"?
—No mucho, máximo un mes. Si no, me pondré yo a atender la caja y tú volverás a ser únicamente barista.
Todavía no estaba seguro. El trabajo me quedaba cómodo, pero no me sentía listo para la atención al cliente, además de que sería el doble de esfuerzo.
—Claramente, te pagaré el doble de tu salario durante ese mes.
—Acepto.
—Perfecto. Entonces, Adán, puedes llamarme Carlos.
Se levantó de su asiento y me tendió la mano para un apretón que correspondí de inmediato. Mi turno empezaría por la tarde. El uniforme era simple: camisa blanca, pantalón azul oscuro, zapatos a elección, una corbata marrón y una gorra del mismo color.
A la salida del local, vi pasar a una chica por el mismo lugar donde yo había entrado. Lo único que logré distinguir fue su cabello rojo y una estatura que no parecía alcanzar el metro sesenta. Era claro que no era el único entrevistado, pero yo ya me había quedado con el puesto. ¿Será que ahora buscaba un cajero y ya? No me gustaría tener que competir por mi lugar.
No había revisado mi celular en toda la mañana, pero resultó que tenía algún que otro mensaje. Entre ellos, el que más llamó mi atención; el que claramente quería leer y el que menos debía abrir.
Adela me había escrito. Mi corazón se detuvo un segundo y, antes de abrir el chat, sentí un vacío que no reconocía. ¿Qué quería decirme? ¿Y por qué justo ahora, cuando intentaba salir a flote?