El despertador rompió el silencio de la madrugada, pero yo ya llevaba un rato con los ojos abiertos, estudiando las grietas del techo. Hoy no era un día cualquiera; era el día de la entrevista y, sobre todo, el día del cambio. Me levanté con una determinación extraña y me encerré en el baño.
Decidí que mi antigua versión no encajaba en esta nueva ciudad, así que me teñí el cabello de un rojo vibrante. Mientras el color se asentaba, me miré al espejo: no soy buena con el maquillaje, nunca lo he sido, así que me limité a un poco de rubor y un delineado fino, lo suficiente para esconder que no había dormido bien. Cuando por fin solté mi melena, el rojo cayó sobre mis hombros con una fuerza que me hizo sentir, por primera vez en meses, que tenía el control.
Me vestí de forma sencilla, casi monocromática: camisa negra y jeans oscuros, dejando que el cabello fuera el protagonista. Al salir a la calle, el aire fresco me recordó por qué estaba aquí. Necesitaba que este trabajo funcionara; necesitaba raíces en este suelo frío para no tener que volver nunca atrás.
El local estaba cerrado al público, tal como advertía el correo, así que rodeé el edificio hacia la entrada trasera. Allí me encontré con un hombre que parecía haber sido esculpido en piedra: era enorme, con una musculatura que ponía a prueba las costuras de su camisa blanca.
—Hola… —empecé, ajustando mi tono para no sonar intimidada—. Vengo por la entrevista.
—Debes ser Meredith. Pasa, el café aún está despertando —respondió con una sonrisa inesperada que suavizó sus facciones de gigante.
Me llevó a un pequeño despacho inundado de papeles. Para mi sorpresa, él no era el seguridad, sino el dueño: Carlos Sousa. La entrevista fue más una charla entre conocidos que un interrogatorio formal. Carlos consultaba sus notas con una timidez que delataba que no estaba acostumbrado a contratar gente, pero algo en mi seguridad —o quizás en mi desesperación disfrazada— lo convenció.
—El puesto es tuyo, Meredith. Empiezas a la 1:15 p. m. —dijo, dándome la mano—. Por cierto, tendrás un compañero en el turno; creo que él espera estar solo, así que dale un poco de espacio al principio.
Salí de allí flotando. Tenía tiempo de sobra, así que me dejé llevar por la inercia de las calles hasta que desemboqué en un parque que parecía el corazón de la ciudad. Era un lugar sombrío pero hermoso, dominado por una fuente central cuyo murmullo lo envolvía todo.
Me senté bajo un árbol a leer, o al menos a intentarlo. El silencio del parque me traicionó, dejando que los pensamientos sobre mi madre y las peleas que dejé atrás se filtraran. Siempre me pasa: en cuanto me quedo quieta, el pasado me alcanza. Me he vuelto experta en cerrarme, en lidiar con mis crisis en soledad para no cargar a los demás, pero aquí, en esta ciudad extraña, el peso se sentía distinto.
Decidí caminar para sacudirme la melancolía. Fue entonces cuando, tras dar un par de vueltas, mi mirada se quedó estancada en alguien.
Había un chico frente a la fuente. No solo estaba allí sentado; parecía parte del paisaje, como si el agua y él compartieran el mismo ritmo pausado. Vestía formal, pero su ropa se veía un poco pesada bajo el sol de la mañana, y sus ojos cargaban con unas ojeras que contaban una historia de insomnio. Parecía nostálgico, roto de una manera que me resultó familiar.
Normalmente, yo evitaría el contacto visual a toda costa. Socializar nunca ha sido mi fuerte; me trabo, me pongo nerviosa, prefiero el anonimato. Pero el rojo de mi cabello me dio una valentía prestada. Quería ser la chica que se atreve.
Me acerqué, sintiendo que mis pasos hacían demasiado ruido sobre la grava.
—Hola —solté, y mi voz sonó un poco más aguda de lo que pretendía—. Disculpa la molestia, pero me pareces alguien interesante. Soy Meredith.
Él se sobresaltó ligeramente, rompiendo su trance con el agua. Me miró con una mezcla de desconcierto y una pizca de diversión.
—Eh… ¿Hola? Esto es un poco raro —admitió, soltando una risa corta que pareció costarle esfuerzo—. Pero hola, Meredith. Soy Adán. Un gusto.