Lo amargo de nuestro café

Capitulo 4: Entre el hielo y el vapor.

9:03 a. m. Adela: Ey, Ad, ¿estás? ¿Puedo pasar por tu casa?

9:51 a. m. Adán: No estoy en casa.

9:51 a. m. Adela: ¿Y por la tarde?

10:00 a. m. Adán: No voy a estar en toda la semana.

​Guardé el celular con la mano temblando. Sentí un escalofrío que me recorrió la columna y, por un momento, el aire me faltó en los pulmones. ¿Por qué me ponía tan nervioso una conversación tan mundana?

10:01 a. m. Adela: ¿Ahora me ignoras?

​¿Qué estaba pasando? Pensé que ella no quería saber nada más de mí. Necesitaba un respiro; todo esto estaba ocurriendo demasiado rápido.

10:02 a. m. Adela: Avísame cuando estés libre. ¿Ok?

10:02 a. m. Adán: Ok.

​La voy a alejar. La mantendré fuera el máximo tiempo posible, hasta que me termine olvidando o hasta que su odio por mí crezca tanto que me sirva de barrera. Estaría mejor sin mí en su vida; de eso estaba seguro. Guardé el teléfono definitivamente. Todavía me quedaba tiempo, así que decidí caminar por las calles cercanas.

​Tal vez debí preguntarle qué quería. Ahora cargaría con la duda toda la semana. ¿Debería volver a escribirle? No, sería injusto después de lo cortante que fui. El sábado por la tarde la dejaría pasar, no antes.

​Levanté la mirada del suelo para asegurarme de no haberme perdido. Sabía exactamente dónde estaba: acababa de llegar al parque donde todo terminó. El lugar se sentía diferente, como si los recuerdos se hubieran desteñido. Todo se veía más gris. No entendía qué hacía allí; debería haber vuelto a casa a descansar.

​Unas gotas finas me salpicaron la mejilla. El viento arrastraba el agua de la fuente y la dispersaba en el aire como una neblina fría. Incluso la fuente se veía distinta: el fondo tenía envoltorios de caramelos y moho en las piedras. ¿Tanta diferencia había entre ver el mundo con ella y verlo solo?

​Apoyé la mano sobre el agua. Estaba fría, pero no tan helada como la noche anterior. Me quedé en silencio, pensando en el rumbo de mi vida. Al salir de la secundaria no tenía nada decidido. Irme a vivir solo fue una decisión espontánea, casi desesperada, sustentada por mis ahorros y la ayuda temporal de mis padres.

​¿Qué pensaría mi madre de todo esto? ¿O mis hermanos, con quienes nunca supe cómo llevarme? Nunca fui bueno ganándole la batalla a mis propios pensamientos, y menos cuando se trataba de las expectativas de mi familia. Sentía la presión de ser tan exitoso como ellos, aun cuando ni siquiera sabía para qué era bueno realmente.

​"Tengo que parar", me dije. Debía concentrarme en la tarde, en el trabajo y en administrar mis gastos. Había estado tan absorto que probablemente me veía como un loco parado frente a la fuente durante media hora.

​—Hola, disculpa por molestarte. Me llamo Meredith y me pareces alguien interesante, así que pensé en hablar.

​Esa voz interrumpió el ruido de mi cabeza. Me giré lentamente para encontrarme con ese cabello rojizo que estaba seguro de haber visto antes.

​—Eh… ¿Hola? Esto es raro —solté una pequeña risa confusa—. Hola, Meredith. Soy Adán, un gusto.

​—Ou, perdón, no quería que fuera incómodo.

​—Bueno… generalmente no se empiezan las conversaciones así —admití, dándome la vuelta por completo para extenderle la mano.

​—Entonces —dijo ella, correspondiendo al saludo—, ¿vienes seguido a esta plaza?

​En ese momento lo recordé: el cabello, la estatura… era la chica que entró justo después de mí a la entrevista.

​—Algo así. Tengo buenos recuerdos aquí. ¿Y tú?

​—Es mi primera vez —dijo, empezando a caminar hacia uno de los bancos. La seguí y me senté a su lado.

​—Ya veo. ¿Nueva en la ciudad?

​—Acertaste. ¿Tan obvio es?

​—Bueno… no todas las chicas son tan… ¿interesantes?

​—Está bien, puedes decirme "rara" —ambos nos reímos—. ¿Y qué hay de aquí? ¿Todos son tan sociables como tú?

​—Buena pregunta. Creo que si sabes buscar, encontrarás gente mucho más sociable e interesante que yo.

​La charla con ella resultó ser sorprendentemente cómoda. Era casual, ligera, y lo único que se sentía en el ambiente era la curiosidad mutua por seguir hablando. Charlamos sobre la ciudad y muy poco sobre nosotros. Dejé que ella llevara la voz cantante; mi vida tenía poco de interesante y la emoción que ella ponía en cada anécdota era incomparable. Me sentí pequeño a su lado, como si ella fuera demasiado buena para ser mi amiga.

​—Oye, me encantó la charla —dijo Meredith poniéndose de pie de golpe—, pero tengo que ir a trabajar.

​—Ahora que lo mencionas, yo también —saqué el celular y ella hizo lo mismo.

​—¿Me pasas tu número?

​—Estaba por decirte lo mismo.

​Intercambiamos contactos y nos despedimos. La vi alejarse, un poco perdida entre su celular y las esquinas. Pensé que debería esperar a mañana para escribirle, darle algo de espacio.

​Recorrí el camino a la cafetería en pocos minutos. Siempre he sido de caminar rápido, especialmente cuando el deber llama. Llegué a las 12:50 y Carlos ya me esperaba en la puerta. No parecía molesto; al contrario, se veía animado.

​—Ey, Adán, llegas perfecto de tiempo. Toma —me entregó un juego de llaves—. Son las del local. Todas tuyas.

​—Ya veo. Gracias. Supongo que tendré que coordinar con mi futuro colega.

​—Te leo la mente. Organícense entre ustedes para ver quién abre cada día. Y hablando de compañía…

​—Señor Carlos, creo que llegué a… —una voz femenina, que ya me resultaba familiar, se cortó a mis espaldas—. No te lo creo. ¡Adán!

​—¿Ya se conocían? —preguntó el jefe, pasando la mirada de uno a otro.

​—De esta misma mañana, de hecho —respondió Meredith por los dos.

​—Sí, una gran casualidad —añadí mientras abría las puertas—. ¿Les parece si hablamos adentro mientras organizamos todo?




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