Lo amargo de nuestro café

Capítulo 5: Rituales de distracción

​—Un descafeinado y un Latte, Ad —anunció Meredith mientras me ayudaba a lavar algunas tazas.

​La tarde transcurría entre el vapor de la máquina y una charla que fluía con una naturalidad asombrosa. Era como si ambos estuviéramos esperando encontrar a alguien que simplemente supiera escuchar.

​—¿Así que te mudaste sola? —le pregunté, ajustando el portafiltros—. ¿Cómo lo tomó tu familia?

​—Digamos que no pedí permiso ni avisé —respondió ella, secándose las manos—. Simplemente me fui de un día para otro. ¿Y tú?

​—Yo fui más previsible. A los veinte le comenté a mis padres que quería independizarme, y a los veintiuno recién cumplidos, me lancé.

​Meredith me miró con curiosidad, apoyando un codo en el mostrador.

​—Espera, ¿entonces cuántos años tienes?

​—Veinticuatro. ¿Y tú?

​—Veinticinco, niño —dijo con un tono de superioridad fingida.

​—Ay, por Dios… Disculpe usted, madame —ambos soltamos una carcajada que rompió por un momento la seriedad del local.

​En ese instante, supe que conseguir este trabajo había sido la mejor decisión de mi vida. Con o sin Meredith, estar aquí era mi refugio. Desde que descubrí el arte de preparar café, cada taza se había convertido en un ritual. Mientras molía los granos, el aroma envolvente me transportaba; me encantaba medir el agua con precisión y observar la danza de la extracción, creando esa crema suave y llena de matices. No era solo una tarea; era compartir algo especial. Ver la sonrisa de alguien al probar lo que mis manos habían creado me llenaba de una satisfacción que poco tiene que ver con el dinero.

​Ya fuera un Macchiato, un Latte o un Affogato; cada pedido era un mundo distinto.

​—Te ves realmente concentrado, Adi. Vuelve a la realidad, que tenemos clientes —me pinchó ella, sacándome de mi trance.

​—Sí, perdón. Aquí tienes los pedidos.

​El local ya había cerrado sus puertas para nuevos clientes, aunque los que estaban dentro aún tenían una hora para disfrutar. Observé a Meredith trabajar. Era eficiente, experimentada; se movía entre las mesas con una elegancia sencilla. Su cabello rojo y su delineado impecable captaban la atención de cualquiera, pero era su forma de caminar, segura y ligera, lo que realmente llenaba el espacio.

​—Bueno, Adán —dijo, recostándose en la barra a mi lado cuando el flujo de gente bajó—. Ahora, a esperar.

​—Se me pasó volando la tarde. Para haber abierto hoy, vinieron bastantes personas.

​—Sí, y eso que no hubo publicidad. A mí también se me pasó rápido… sobre todo viéndote preparar el café. ¿Quién te enseñó?

​—Hice varios cursos, saqué mi licencia de manipulación de alimentos… pero, en realidad, fue mi ex-pareja la que me trajo a este mundo.

​—¿Tu ex?

​—Sí… ella vio que tenía talento. En su momento, solo hacía café para ella cada mañana.

​—Suena a que eran una buena pareja —comentó con suavidad—. ¿Se puede preguntar por qué terminaron?

​—Digamos que… hubo problemas en la relación.

​Sentí que el pecho se me contraía. Un nudo se instaló en mi garganta; no estaba listo para admitir mis culpas ante alguien que acababa de conocer. No era una mentira, pero el peso de lo que no decía me aplastaba.

​—Si te hace sentir mejor —añadió ella, notando mi cambio de humor—, yo también terminé con mi novio hace poco. Parece que ambos estamos en el mismo lugar, ¿no crees?

​Solté una carcajada amarga.

—Claro. Mucho mejor.

​Meredith trajo el último cargamento de vajilla y yo me puse a lavarla mientras ella terminaba de cerrar el salón. Me percaté de que llevaba horas sin pensar en Adela. No era tan difícil después de todo; solo necesitaba salir de mi cueva y cambiar de aire. "Si sigo así, terminaré por olvidarla", me mentí. Pero entonces recordé la forma en que le hablé por teléfono y la culpa volvió a morder. Tendría que disculparme la próxima vez que la viera. Por eso y por todo lo demás. "Basta, Adán. Si sigues por ahí, te vas a derrumbar aquí mismo".

​—Al fin terminó el día. Vamos a descansar, que mañana hay que darle de nuevo —dijo Meredith, colgándose la mochila y pasándome las llaves.

​—Adelántate. Voy a revisar que todo esté bien atrás y cierro yo.

​—Está bien. Gracias, Adi. Nos vemos mañana.

​En cuanto escuché el clic de la puerta y me quedé solo en el silencio del local, me puse en cuclillas detrás de la barra y dejé que las lágrimas salieran. Se había vuelto una rutina: fingir que todo estaba bien para luego desmoronarme en cuanto la última persona se marchaba.

​Salí del local minutos después. El frío de la calle me recibió como una bofetada. Busqué a Meredith con la mirada por las esquinas, pero ya no había rastro de ella. Me tocaba caminar solo.

​Esa pesada sensación de soledad era una vieja conocida. He pasado la mayor parte de mi vida en un vacío que yo llamo "el limbo": un punto donde mis preocupaciones y motivaciones colapsan y me quedo totalmente en blanco. Viviendo por vivir. Sin un motivo. Al no tener a nadie en quien confiar plenamente, siempre cargué con todo solo. En el limbo ni siquiera puedes llorar para desahogarte, porque no sientes nada. Estás lo suficientemente cansado para querer cambiar, pero demasiado deprimido para intentarlo. Es un cansancio que se alimenta de sí mismo.

​Entré en lo que llamaba hogar: un conjunto de habitaciones oscuras saturadas de fantasmas. El rastro de Adela seguía por todos lados; su ropa, sus maquillajes olvidados, la caja con sus cartas y aquel anillo sobre la mesita de noche.

​Me tumbé en la cama con el techo como único testigo. El silencio era ensordecedor, llenando cada rincón con las palabras que nunca dije. Cerré los ojos intentando escapar de mí mismo, pero fue inútil. Lo último que vi antes de que el sueño me alcanzara fue su risa. Y la certeza de que nunca volvería a escucharla.




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