Me desperté de golpe, con el corazón martilleando contra las costillas y la piel empapada en un sudor frío. Una pesadilla, otra vez. El rastro del sueño se desvaneció antes de que pudiera entenderlo, dejándome solo con una angustia residual en el pecho.
Me lavé la cara, intentando reconocer al hombre que me devolvía la mirada en el espejo, y preparé el desayuno mecánicamente. Mientras esperaba que el café hiciera efecto, cometí el error de revisar el celular. Era cuestión de tiempo: Adela les había contado a nuestros amigos lo que había pasado. El buzón estaba lleno de preguntas, de curiosidad disfrazada de preocupación. Dejé la taza de lado, incapaz de tragar, y salí al balcón buscando oxígeno.
Manoteé el paquete de cigarrillos a medio consumir de la estantería. No fumo seguido, pero en mañanas como esta, la nicotina es lo único que parece calmar las ansias. El humo se elevaba en espirales hacia el cielo grisáceo, mezclándose con el aire helado que me golpeaba el rostro. Me apoyé en la baranda, observando cómo la ciudad despertaba. Los autos rugían abajo y las persianas de los negocios subían con estrépito. Todo el mundo seguía su curso; yo era el único que parecía haberse quedado atascado en un punto muerto.
Di una calada larga, sintiendo cómo el humo me llenaba los pulmones. Observé la colilla consumiéndose entre mis dedos. Sabía que no podía esquivar las preguntas para siempre, pero por ahora, prefería enterrar mi culpa bajo el aroma del espresso y el estruendo de la máquina de café.
Caminé hacia el trabajo con los sentidos embotados. El sonido de mis pasos sobre el pavimento me parecía ensordecedor, como si cada zancada marcara un alejamiento definitivo de algo que ya no tenía remedio. Adela estaba en cada esquina, en cada rostro que se cruzaba conmigo. Su ausencia era una presencia constante.
Llegué al local más rápido de lo que esperaba. Meredith ya estaba allí, una ráfaga de energía roja tras el mostrador.
—¡Ey, Adán! —me saludó con esa vitalidad que siempre me descoloca—. Hoy te toca hacer magia otra vez, ¿no?
Forcé una sonrisa. Al menos aquí, entre el vapor y el ruido de los platos, el caos de mi mente se apaciguaba un poco. Preparar café era lo único que sentía que aún podía controlar. Me puse el delantal y empecé el ritual: moler, tampar, extraer. Sin embargo, sentía la mirada de Meredith clavada en mí mientras me movía.
—No hace falta que lo escondas, Adán —dijo de pronto, sin mirarme, mientras limpiaba la barra.
Me quedé paralizado con una taza en la mano.
—¿Qué cosa? —respondí, intentando que mi voz sonara estable.
—Nada —sonrió de forma suave, aunque sus ojos estaban serios—. Solo que te noto distante. No es difícil de ver.
No supe qué decir. Me limité a seguir trabajando, pero me sentí vulnerable. No estaba acostumbrado a que alguien leyera mis silencios con tanta facilidad.
La tarde avanzó lenta y pesada. El local se llenó y cada interacción me costaba un poco más de energía de la que tenía. Cuando el último cliente se fue y el tintineo de la puerta marcó el fin de la jornada, el silencio que quedó fue denso, pero no incómodo.
—¿Te gustaría salir un rato ahora que cerramos? —preguntó Meredith con tono casual.
Me lo pensé. Salir, distraerme, huir de las paredes de mi departamento... era justo lo que necesitaba para no ahogarme en el limbo otra vez.
—¿Por qué no? —acepté.
Caminamos por las calles ya oscuras. Meredith, a pesar de lo que decía sobre su falta de habilidades sociales, era la que mantenía el ritmo de nuestra extraña amistad.
—Hoy estuviste más callado de lo normal —indicó ella de repente, rompiendo el mutismo—. Nos conocemos hace pocos días, pero como compañera, me preocupo.
—Solo es cansancio —mentí, intentando una broma que salió sin gracia—. La magia cuesta energía. Vamos a esa heladería, yo invito.
—¿Helado gratis? Imposible negarse.
Entramos en un pequeño local de tonos pastel. Meredith examinaba el menú con una concentración casi solemne.
—¿Qué vas a elegir, gurú del café? —preguntó con una chispa de ironía.
—El dulce de leche nunca falla, pero si estás en modo aventurera, prueba el de tiramisú. Tiene un toque de café que te gustará.
Nos sentamos junto a la ventana. Meredith parecía más relajada, disfrutando de su helado sin prisa.
—Sabes, cuando me mudé aquí, no estaba segura de encontrar a alguien con quien pudiera tener una charla decente —confesó, mirándome fijamente—. Gracias por ser un buen compañero, Adán.
—Vaya, eso no me lo esperaba —admití, sorprendido por su honestidad—. Si soy sincero, no quería hablar con nadie cuando empecé este trabajo. Así que... gracias a ti por hacérmelo fácil.
Nos quedamos en silencio, pero esta vez fue un silencio reparador. Por primera vez en mucho tiempo, estaba en un lugar, con una persona, sin sentir que el pasado me tiraba de la ropa para hacerme caer. Adela y mis errores seguían ahí, pero la carga se sentía un poco más ligera.
Mi celular, sobre la mesa, vibró. La pantalla se iluminó con una notificación: "¿Mañana ya estás libre?". El mensaje de la responsable de mis ojeras.
Suspiré por lo bajo. Miré a Meredith, que seguía concentrada en su tiramisú, y tomé una decisión. Apagué la pantalla y dejé el teléfono boca abajo. No iba a dejar que me arruinara la noche. No esta vez.
Cuando terminamos, caminamos hacia el cruce donde nuestros caminos se separaban.
—Nos vemos mañana, Adi —se despidió con un gesto despreocupado antes de girar la esquina.
—Hasta mañana, Mer.
Me quedé solo en la calle, con el aire frío golpeándome el rostro. Todavía tenía un largo camino para arreglar mis asuntos, pero mientras caminaba hacia casa, el trayecto ya no se sentía tan solitario.