Lo amargo de nuestro café

Capitulo 7: Lo que nunca fuimos

Escribí el mensaje con los dedos entumecidos, dudando un siglo antes de pulsar el botón de enviar. Al final, lo hice. El eco del "clic" me pareció una sentencia.

10:39 a. m. Adán: Hoy estoy libre, si quieres pasar por aquí. ¿Para qué querías que nos viéramos?

​Me quedé mirando la pantalla como si fuera un oráculo capaz de predecir mi ruina. Seis minutos después, el teléfono vibró.

10:45 a. m. Adela: Tengo que pasar a buscar mis cosas. ¿A qué hora puedo ir?

​Sentí un nudo seco en el pecho. ¿Eso era todo? Por un segundo, la posibilidad de verla me había inyectado una esperanza estúpida, pero ahora la cita se reducía a una simple transacción de objetos olvidados.

“Ven a las seis”.

​Pasé las horas previas ordenando el lugar. Reuní sus pertenencias con una parsimonia masoquista: un par de anillos, pulseras, ropa que todavía exhalaba su perfume y pequeños detalles que el tiempo había escondido en los cajones. El apartamento estaba sombrío; la luz anaranjada del atardecer se filtraba por las cortinas, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire. Cada objeto que tocaba era una puerta abierta a un recuerdo que ya no me pertenecía.

​Cuando sonó el timbre, el sonido retumbó en las paredes vacías y casi me paralizó. Caminé hacia la puerta y la abrí. Allí estaba ella. Adela. Tenía el cabello recogido y todavía llevaba el anillo que le regalé por nuestro primer aniversario. Su rostro estaba serio, pero conservaba esa belleza intacta que siempre me desarmaba.

​—Hola —susurró, casi como si no quisiera perturbar el silencio sepulcral de la casa.

​—Hola —respondí, dándole paso.

​El aire se volvió denso mientras ella caminaba hacia el sofá. Se sentó y yo me quedé de pie, sintiéndome un extraño en mi propia sala, sin saber si acercarme o mantener la distancia de seguridad.

​—¿Café? —pregunté por inercia.

​Ella asintió. Fui a la cocina y preparé las tazas con movimientos mecánicos. El rugido de la cafetera llenó el vacío, dándome unos segundos para intentar recomponer mi fachada. Cuando volví, la luz del ocaso bañaba su rostro; por un instante, el tiempo pareció retroceder.

​—¿Cómo has estado? —rompí el hielo, aunque sentía que caminaba sobre él.

​Adela tomó un sorbo antes de responder.

—Avanzando, supongo —hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Estoy buscando trabajo y retomé algunos cursos online. Siempre quise hacerlo, pero nunca encontraba el momento.

​Hablaba con una mezcla de determinación y melancolía, como si se estuviera obligando a caminar a pesar de las heridas.

​—Eso está bien —dije, intentando una sonrisa que probablemente pareció una mueca.

​Adela me miró fijamente. Sus ojos cargaban algo que no lograba descifrar.

—Sí… pero no es fácil. Hago todo lo posible por mantenerme ocupada, pero a veces no dejo de sentir que algo me falta. Que alguien me falta.

​Sus palabras me golpearon el estómago, pero me obligué a no bajar la guardia.

—Lo siento, Adela. De verdad.

​Ella negó con la cabeza y me interrumpió con suavidad.

—No quiero que te disculpes otra vez, Adán. No estoy aquí para eso. Intento seguir adelante, pero a veces… simplemente no puedo.

​El silencio volvió a instalarse, pesado y lleno de verdades no dichas. Finalmente, ella lo rompió.

—Pero tú pareces estar bien. Me alegra que lo lleves mejor que yo.

​Su tono no era de reproche, pero me hizo sentir como el peor de los hombres.

—Bueno… conseguí un trabajo hace poco —solté, intentando sonar casual, aunque para mí fuera un salvavidas.

​—Lo sé —respondió ella. Su mirada me dejó desconcertado.

​—¿Cómo lo sabes?

​—Pasé por delante del local hace poco —trató de tragar saliva, nerviosa—. Pero no tuve el valor de entrar.

​Empezó a juguetear con sus dedos, un tic que siempre tenía cuando los nervios la superaban.

​—¿Y cómo estás tú? —preguntó finalmente.

​—Estoy bien —mentí. La palabra salió disparada, un reflejo automático para protegerme—. No es fácil, pero creo que lo estoy manejando.

​Ella me sostuvo la mirada y sentí que podía ver a través de mi piel, directo a la mentira que acababa de decir.

—Si tú lo dices… —murmuró con un tono de duda que me obligó a desviar la vista.

​El momento quedó suspendido en el aire, frágil como el cristal. Finalmente, Adela se levantó y supe que el hechizo se había roto.

—¿Dónde están mis cosas?

​Señalé la mesa. Había colocado todo allí, ordenado con una precisión casi quirúrgica. Ella se acercó y comenzó a recoger los objetos uno por uno. Cada pulsera, cada prenda, parecía cargar un peso invisible que nos separaba un poco más.

​Cuando terminó, me miró por última vez.

—Espero que el trabajo te ayude, Adán. Espero que encuentres lo que sea que estés buscando.

​No supe qué responder. Solo asentí mientras ella se dirigía a la puerta. Antes de salir, se detuvo. Sin girarse, lanzó la última frase:

​—A veces pienso que lo más difícil no fue lo que hiciste. Fue darme cuenta de que nunca fuimos lo que yo creía.

​Sus palabras me dejaron helado, incapaz de articular un solo sonido. La puerta se cerró detrás de ella y el eco resonó como un disparo en la habitación vacía. Me quedé allí, de pie, con el café frío entre las manos y un agujero en el pecho que ninguna mentira podía tapar.

​La soledad del apartamento me envolvió de nuevo. Por primera vez, entendí la magnitud de lo que había perdido. Mentirle a ella había sido fácil; el problema era que ya no podía seguir mintiéndome a mí mismo.




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