Lo amargo de nuestro café

Capitulo 8: Eco en las paredes

​El silencio de un departamento vacío no es un silencio normal; es un ruido sordo que te golpea los oídos. Me desperté antes de que sonara la alarma, con la mirada fija en el espacio de la mesita de noche donde antes estaba el joyero de Adela. Ahora solo había una marca de polvo, un fantasma cuadrado que me recordaba lo que ya no estaba.

​Me levanté y, por primera vez en años, no tuve que esquivar nada para llegar al baño. No había zapatos en el pasillo, ni batas colgadas detrás de la puerta. Me sentía como un inquilino en mi propia casa. Desayuné de pie, mirando por la ventana del balcón, intentando no pensar en su última frase: “Nunca fuimos lo que yo creía”. Esa frase dolía más que cualquier insulto, porque no atacaba lo que hice, sino lo que era. Me hacía sentir un impostor de mi propia vida.

​Si no fuera por el trabajo, probablemente me habría quedado ahí, petrificado, esperando a que las paredes terminaran de devorarme. Pero tenía un turno a las ocho.

​Caminé hacia la cafetería con el paso más pesado que de costumbre. El aire de la mañana estaba cargado de esa humedad que se te mete en los huesos. Cuando llegué, Meredith ya estaba abriendo los cierres metálicos. Se veía pequeña bajo la gran estructura del local, pero su energía seguía siendo desproporcionada para la hora que era.

​—¡Buenos días, madrugador! —exclamó al verme, batallando con la cerradura—. Te gané por cinco minutos.

​—Buenos días —respondí con una voz que sonó más gastada de lo que pretendía.

​Meredith se detuvo. Me escaneó con la mirada, de esas que parece que te leen hasta el grupo sanguíneo. Entramos al local y el aroma a madera y granos de café me dio un pequeño respiro. Un refugio temporal.

​—Viniste con el fantasma a cuestas hoy, ¿verdad? —soltó ella mientras se anudaba el delantal. No lo dijo con lástima, sino con esa honestidad directa que empezaba a gustarme.

​Me quedé helado con la mano sobre la máquina de espresso.

—¿Tan evidente es?

​—Adán, tienes la cara de alguien que acaba de ver cómo se llevan los muebles de su vida. Literal o figuradamente.

​Solté un suspiro largo, dejando que la tensión de mis hombros cayera un poco.

—Literalmente. Ayer pasó a buscar sus cosas. El lugar se siente... demasiado grande ahora.

​Meredith guardó silencio un momento. No intentó decirme que "todo estaría bien" ni me dio un consejo barato de manual de autoayuda. Simplemente se acercó y puso una mano pequeña sobre mi hombro.

​—Bueno —dijo con un tono más suave—, al menos ahora tienes más espacio para cosas nuevas. Y hablando de cosas nuevas… hoy tenemos que probar esa molienda de Etiopía. Carlos dice que tiene notas de arándanos, pero yo solo huelo a café quemado. Necesito que tu magia me demuestre que tiene razón.

​Me puse en marcha. Calibré el molino, sintiendo la vibración de los granos rompiéndose; un sonido terapéutico. Preparé el método de filtrado con una precisión casi quirúrgica, observando cómo el café "florecía" al contacto con el agua.

​—A ver, aventurera —dije, sirviendo un poco en una taza de cata—. Prueba esto.

​Ella bebió un sorbo, entornando los ojos.

—Vale, tiene algo frutal... pero sigo pensando que Carlos es un exagerado. Por cierto —añadió, cambiando de tema para no dejarme volver a mis pensamientos—, he decidido que para sacarte de ese "limbo", hoy vamos a tener un debate serio. Necesito tu postura definitiva: ¿Alienígenas o fantasmas? ¿A qué le tienes más miedo?

​Solté una media sonrisa.

—Qué profundo, Mer. Supongo que a los fantasmas. Al menos los aliens vienen de otro planeta, tienen una lógica biológica. Los fantasmas son... restos de algo que no pudo irse.

​Meredith me miró con una ceja levantada, como si hubiera analizado mi respuesta más de lo necesario.

—Típico de ti. Yo prefiero mil veces un fantasma. Al menos sabes quién es. Con los aliens... no sabes si vienen a saludarte o a diseccionarte mientras estás consciente.

​—Eso es porque ves muchas películas de terror de bajo presupuesto —le rebatí, sintiendo que el nudo en mi pecho se aflojaba un poco mientras preparaba el primer pedido del día.

​—¡Oye! El terror psicológico es un arte —se defendió ella, dándole un golpe juguetón a mi brazo—. Pero está bien, te perdonaré tu falta de criterio solo porque este café de Etiopía realmente no sabe a carbón.

​El resto de la mañana transcurrió así, entre debates absurdos y el ritmo constante de los clientes. Por unos instantes, Meredith logró que el departamento vacío se sintiera como algo que le había pasado a otra persona.

​Sin embargo, cuando el local se quedaba en silencio, el vacío volvía a asomarse.

​—Oye —dijo Meredith de repente, mientras limpiaba la barra cerca de mí—, no tienes que fingir todo el tiempo que estás bien conmigo. Si necesitas estar callado o tener cara de pocos amigos, está bien. No soy tu psicóloga, soy tu compañera. No me asusta tu mal humor.

​La miré, sorprendido. Su mirada era seria ahora, despojada de la ironía de hace unos minutos.

​—Gracias, Mer —fue lo único que pude decir.

​Me di cuenta de que, aunque mi casa estuviera llena de ecos, la cafetería empezaba a sonar a algo diferente. Quizás Meredith tenía razón y el espacio vacío no era solo una pérdida, sino una oportunidad. Aunque, por ahora, solo fuera la oportunidad de no sentirme tan solo mientras el mundo seguía girando.




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