Dicen que el tiempo cura las heridas, pero yo creo que simplemente las vuelve parte del paisaje. Pasaron dos meses casi sin que me diera cuenta, una sucesión de mañanas envueltas en vapor de leche y tardes de lluvia que golpeaban los ventanales de la cafetería.
El departamento ya no era un museo. Poco a poco, el rastro de Adela se había ido borrando, no por olvido, sino por desgaste. Guardé las últimas cajas en el fondo del armario y reemplacé su perfume por el olor neutro de los productos de limpieza y el aroma a café que traía pegado en la ropa. El "limbo" seguía ahí, pero ahora tenía un ritmo. Ya no era un pozo ciego; era una rutina mecanizada que me permitía respirar sin sentir que el aire me quemaba los pulmones.
Meredith se había convertido en la constante de mis días. Ya no necesitábamos debates existenciales para llenar el silencio; nos entendíamos con una mirada sobre la máquina de espresso o un gesto para indicar que el molino estaba fallando. Se había vuelto mi ancla, la única persona que lograba que el vacío de mi casa no se sintiera tan pesado al volver.
Esa noche, salí del local un poco más tarde de lo habitual. Caminaba hacia casa disfrutando del aire fresco de la noche cuando el celular vibró en mi bolsillo.
Meredith (21:15): Adi, ni se te ocurra decirme que no. El sábado hay una fiesta en casa de un amigo. Nada de lofts elegantes, solo una casa vieja, gente de la facultad y música para olvidar que existimos. Paso por ti a las diez.
Suspiré, mirando la pantalla. Antes de que pudiera empezar a teclear una excusa, llegó otro mensaje.
Meredith (21:16): Sé lo que estás pensando. "Meeer, hay mucha gente", "Meeer, prefiero ver documentales de hormigas". Ni lo intentes. Necesitas ver caras nuevas que no tengan aroma a café. Te va a servir para despejarte... y quién sabe, quizás para conocer a alguien que no sea yo.
Solté una pequeña risa amarga que se perdió en el aire. Meredith tenía esa insistencia natural que te hacía sentir que decirle que no era una traición personal. Miré el reflejo de mi rostro en el cristal de un escaparate; me veía más descansado que hace dos meses, pero mis ojos seguían teniendo esa sombra que no se iba con nada.
Adán (21:18): No sé si "conocer a alguien" esté en mis planes, Mer. Pero supongo que no puedo negarme a tu insistencia de relacionarme con humanos.
El sábado llegó con una extraña mezcla de anticipación y nerviosismo. Cuando Meredith pasó a buscarme, supe que no había marcha atrás. La fiesta era en una casa amplia de techos altos. El ambiente estaba saturado: el olor a cerveza, el humo de los cigarrillos y el bajo de la música retumbando en las paredes.
Meredith me arrastró entre la gente hasta que me quedé solo cerca de la barra improvisada. Estaba por servirme algo cuando dos caras familiares aparecieron entre la multitud.
—¿Adán? ¡No te lo puedo creer! —Marcos me dio un abrazo que casi me saca el aire, seguido por Julián.
Eran mis amigos de siempre. Los que compartí con Adela durante años y de los que me alejé cuando todo se rompió por pura vergüenza. Me sorprendió lo fácil que fue retomar la conversación. Hablamos de fútbol, de trabajos mediocres y de anécdotas viejas. Por primera vez en meses, me sentí "normal". Me sentí como el Adán de antes, el que no estaba roto. Estaba convencido de que Meredith tenía razón: esto era lo que necesitaba.
No podía culparlos por haber desaparecido o por no haberme contactado en todo este tiempo; siempre fui el tipo de persona que guardaba su vida privada bajo llave. Además, en este caso, no era yo quien merecía recibir algún tipo de consuelo. Aun así, ellos supieron qué decir en todo momento. Sorprendentemente, nunca me hicieron sentir como un extraño y mucho menos me recriminaron aquello que hice. Todo iba bien.
O eso quería creer. Porque, a pesar de la risa de Marcos y las historias de Julián, me resultaba imposible no notar sus ojos. Sentía su mirada clavada en mi nuca, vigilándome cada vez que me movía, escrutando cada una de mis carcajadas forzadas. No entendía por qué no dejaba de mirarme, pero su atención era como una quemadura silenciosa que atravesaba la habitación.
Finalmente, no pude más. Giré la cabeza casi por instinto y allí estaba.
Estaba al otro lado de la sala, iluminada por una luz tenue. Se reía de algo que decía una chica a su lado, pero sus ojos volvieron a buscar los míos en un segundo, confirmando que nunca me habían quitado la vista de encima. El vaso de plástico estuvo a punto de resbalarse de mis manos. Todo el progreso de los últimos dos meses, toda la "normalidad" que acababa de sentir, se desmoronó como un castillo de naipes. Mis amigos seguían hablando, pero sus voces se convirtieron en un ruido blanco, lejano.
—Chicos, necesito un cigarrillo. Ya vuelvo —interrumpí, necesitando escapar antes de que el aire se terminara de agotar en mis pulmones.
Salí al patio trasero casi tropezando con la gente. El aire nocturno me golpeó la cara, pero mi pecho seguía apretado. Me apoyé contra una pared de ladrillos, lejos de los focos de la fiesta, y encendí un cigarrillo con dedos temblorosos. Cerré los ojos, concentrándome solo en el calor de la nicotina y en el ritmo de mi corazón, que parecía querer escapar de mi cuerpo.
"Solo un cigarrillo más y me voy", me repetí mentalmente.
—Sabía que estarías aquí. Siempre buscabas los rincones oscuros en las fiestas.
Abrí los ojos de golpe. Estaba allí, a unos metros de mí, con los brazos cruzados y esa expresión que siempre me hacía sentir que podía leerme el pensamiento. El ruido de la música llegaba amortiguado desde el interior, convirtiendo el patio en una burbuja privada.
—Hola, Adela —dije, tratando de que mi voz no delatara el terremoto interno.
Ella se acercó un par de pasos, dejando que la penumbra bañara su rostro. Se veía hermosa, pero de una manera que me dolía físicamente.