Lo amargo de nuestro café

Capitulo 10: Un paso para atrás

Le acerqué el encendedor. La pequeña llama bailó entre nosotros, una chispa frágil que iluminó sus facciones por un segundo antes de que ella se inclinara para encender el cigarrillo. La vi aspirar con una naturalidad que me resultó ajena, casi inquietante; era un gesto que no encajaba en los recuerdos que yo guardaba bajo llave.

​—¿Desde cuándo fumás? —pregunté, rompiendo el hielo mientras guardaba el encendedor—. Eso no es algo muy tuyo.

​Adela soltó el humo lentamente, dejando que se dispersara en el aire frío del patio como un fantasma. Me miró de reojo, con una calma que me obligó a bajar la guardia de inmediato.

​—Supongo que los dos teníamos cosas que ocultar —respondió con voz suave, casi arrastrada—. Tampoco sabía que lo hacías.

​Me quedé callado, observando cómo la brasa de mi propio cigarrillo se consumía. Tenía razón. Estábamos ahí, a menos de un metro, descubriendo que la imagen que construimos del otro durante años se había fragmentado en mil pedazos. Me pregunté qué más habría crecido en su vida mientras yo estaba distraído, mirando hacia otro lado. Adela se apoyó contra la pared de ladrillos y suspiró, dejando que su cabeza reposara contra la superficie fría.

​—No creo que haga falta que nos ignoremos —continuó, sin buscar mi contacto visual—. Sé que no me alejé del todo, pero fue para pensar un poco las cosas.

​Bajé la mirada hacia mis zapatos, sintiendo el peso de sus palabras. No había reproche en mi pecho, solo un cansancio profundo que me impedía cualquier intento de pelea.

​—Pensar —repetí en un susurro—. El tiempo se siente muy distinto cuando solo te dedicás a eso.

​—Te vi adentro —siguió ella, ignorando mi comentario—. Me quedé observándote porque me sorprendió verte con Marcos y Julián. Parecía que habías recuperado algo. Me costaba reconocer al hombre que se reía sin mirar la puerta cada cinco minutos, como si estuvieras esperando que alguien llegara para salvarte.

​—No es que me haya recuperado —confesé, finalmente encontrando su mirada—. Es que aprendí a moverme en el vacío. La cafetería ayuda, la rutina te vuelve un poco más sólido.

​Adela dio un paso corto hacia mí, acortando esa distancia de seguridad que yo había intentado mantener desde que salí al patio.

​—No sabía qué iba a sentir al volver a verte. Por eso no podía dejar de mirarte. Estaba tratando de entender qué vamos a hacer con esto, qué va a pasar ahora que estamos en el mismo lugar. Me alejé para ver si podía estar sola, pero estar acá afuera... se siente más real que todo lo que pensé en estos dos meses.

​Me enderecé, ganando una falsa sensación de control para no dejarme llevar por la calidez de su cercanía.

​—Deberíamos volver adentro —dije, con la voz más firme que pude encontrar—. No los vi, pero seguro que están todos los chicos aparte de Marcos y Julián. Me gustaría estar junto al grupo otra vez.

​Entramos en silencio, dejando que el murmullo de la fiesta nos envolviera como una manta pesada. Al fondo, cerca de la barra, divisé a Meredith; estaba de espaldas, riendo con alguien. Ella representaba el aire limpio de mis mañanas, pero en ese momento mis pulmones seguían llenos del humo del patio.

​Nos acercamos al living, donde el grupo había improvisado una ronda de sillas. Me ubiqué al lado de Julián, dejando el espacio a mi derecha libre con la esperanza de que Marcos se sentara ahí al volver con las bebidas. Pero fue Adela quien ocupó el lugar, acomodándose con una naturalidad pasmosa, como si ese espacio siempre le hubiera pertenecido por derecho.

​La noche, contra todo pronóstico, pasó de forma increíble. Las risas, los tragos y las anécdotas viejas que creíamos enterradas fluyeron sin esfuerzo. Me sentía seguro, rodeado de esas caras familiares que no me juzgaban. Sin embargo, algo en el pecho me atajaba; una mezcla espesa de culpa y miedo que me impedía estar cómodo del todo. Sentía la necesidad punzante de resolver los restos del naufragio, de aclarar los "por qué" que todavía me quemaban.

​Cuando la fiesta empezó a languidecer, Adela miró su celular.

​—Me tengo que ir —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo yo la escuchara—. Mañana entro temprano.

​Se despidió del grupo con su calidez de siempre y, cuando llegó a mí, solo me dedicó una mirada cargada de significados mudos.

​—Gracias por el cigarrillo —dijo antes de enfilar hacia la salida.

​Me levanté casi por instinto, sintiendo que si la dejaba irse así, algo se rompería para siempre.

​—Chicos, tengo que ir afuera a ver por mi amiga, con la que vine —le dije al grupo—. Ya vuelvo.

​Pero no busqué a Meredith. Salí tras ella y la alcancé justo antes de que llegara a la esquina.

​—Te acompaño hasta tu casa —le dije, recuperando el aliento—. Es tarde y uno nunca sabe.

​Caminamos en un silencio incómodo por las calles vacías, con el eco de nuestros pasos rebotando en las paredes. Adela fue la primera en hablar.

​—¿Entonces vas a decir algo o realmente me acompañaste porque estabas preocupado?

​—Estoy acomodando cómo quiero decir las cosas —admití, metiendo las manos en los bolsillos—. Pero supongo que podría empezar con un "Perdón".

​—Sabés qué es lo que quiero escuchar realmente —respondió ella, deteniéndose un segundo—. ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿No te fui suficiente o me olvidé de algo?

​Me dolió el tono de su voz. Era una vulnerabilidad que no esperaba.

​—No quiero que pienses eso. Fuiste mi mitad durante todo este tiempo y no hay nada que reprocharte. Fuiste excelente en todo. El único problema fui yo.

​—Bueno, gracias por decirlo. Pero supongo que tenemos que avanzar, ¿no? Seguramente vas a encontrar a alguien más.

​—¿Yo? Claro que no —solté con una sonrisa amarga—. Si no me hubieras dado la oportunidad, seguiría tan soltero como el día que me conociste.

​La charla empezó a fluir de nuevo. Los reclamos aparecían y se contestaban con chistes o con una seriedad cruda, según el peso de la pregunta. Estábamos desarmando la bomba que nos había explotado en la cara meses atrás. Finalmente, llegamos a tres casas de la suya.




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