Lo amargo de nuestro café

Capitulo 11: El arte de no decir nada

​El domingo se arrastró con esa pesadez típica de los días que nacen torcidos. Me desperté con un martilleo rítmico tras las sienes y la boca seca, pero lo que más me pesaba no era la resaca del alcohol, sino el eco del beso con Adela bajo la luz naranja de la calle. Me quedé un rato largo mirando el techo de mi habitación, donde las sombras de las ramas se proyectaban como grietas, tratando de decidir si ese contacto había sido un salvavidas o simplemente el último clavo de un ataúd que me negaba a cerrar.

​Sin embargo, ella no me dio tiempo a hundirme en mis propios juicios. Cerca del mediodía, el celular vibró sobre la mesa de luz.

“¿Sobreviviste a la fiesta? Marcos dice que terminaron bastante tarde”, decía el mensaje.

​Pasamos el resto del día hablando por memsajes. Fue una charla extraña, fluida y casi nostálgica, como si hubiéramos logrado retroceder el tiempo a la época en que éramos simplemente dos personas que disfrutaban de la compañía del otro sin cicatrices de por medio. Hablamos de la música de la fiesta, de lo mucho que había crecido el perro de su vecina y de lo mal que cocinaba Julián. Pero, por una especie de pacto tácito y algo cobarde, ninguno de los dos tocó el tema del beso. Era un elefante invisible caminando entre nuestros globos de texto; sabíamos que estaba ahí, pero nos resultaba más cómodo ignorarlo y seguir fingiendo que "solo éramos amigos" de nuevo. Hablar con ella me daba una calma familiar, una droga conocida que me hacía olvidar, por momentos, el desastre que habíamos causado.

​El lunes llegó con el aroma reconfortante del café molido y el zumbido de la ciudad despertando fuera de la vidriera. Abrí el local a las siete, disfrutando de ese silencio sagrado antes de que el primer cliente cruzara la puerta. Mientras esperaba que la caldera de la cafetera alcanzara la presión adecuada, el celular volvió a iluminarse sobre la madera de la barra.

Adela (7:15): "Hola, Adán. Me gustaría que hablemos bien hoy, sin el ruido de la fiesta de por medio. ¿Podemos vernos cuando termines tu turno?"

​Sentí un vuelco en el estómago que me quitó las ganas de desayunar. La tregua del domingo se había terminado. Guardé el teléfono justo cuando la jornada empezaba a tomar ritmo. Pasadas las una de la tarde, el tintineo de la puerta anunció la llegada de mi socia de trinchera. Meredith entró con su energía habitual, dejando su mochila en el estante y sacudiéndose el frío de la mañana con un gesto exagerado.

​—¡Buen lunes, socio! —exclamó, acercándose a la barra con una sonrisa de oreja a oreja—. No me digas nada, tenés esa cara de que necesitás cafeína en vena para no desmayarte sobre el molino.

​—Más de la cuenta, Mer —respondí, intentando que mi voz sonara más firme de lo que me sentía mientras espumaba una jarra de leche.

​—Bueno, movete que tengo novedades de las grandes —dijo ella, apoyándose en el mostrador mientras yo le servía su espresso de rigor—. El sábado, antes de que te hicieras humo de la fiesta, estuve charlando con una amiga de la facultad. Se llama Sara. Es ilustradora, tiene un humor ácido que te va a encantar y, lo más importante, tiene una energía que te hace falta para salir de ese pozo. Le hablé de vos y aceptó una cita doble para este viernes. Ella, vos, yo y un chico que estoy conociendo. No acepto un "no", Adán.

​Miré a Meredith. Su pragmatismo era el contrapeso perfecto a mi enredo mental. Ella no juzgaba mi pasado, simplemente quería empujarme hacia un futuro donde yo no fuera un fantasma. Adela no era una villana para ella, era simplemente un capítulo que ya debería haber terminado.

​—Está bien, Mer. Contá conmigo. El viernes salimos —dije, y por primera vez en el día, sentí que una pequeña parte de mi pecho se liberaba.

​La tarde transcurrió con una normalidad casi terapéutica. El flujo de clientes y las bromas constantes de Meredith me mantuvieron anclado al presente. Ella me contaba anécdotas de la facultad mientras yo dibujaba cisnes en los capuchinos, y por un momento, la idea de la cita con Sara se sintió como una puerta abierta a una habitación con aire limpio. Pero cuando dieron las nueve y Meredith se despidió con un choque de puños, el silencio del local vacío volvió a ser denso. Aseguré la puerta con llave y, con el pulso acelerado, llamé a Adela.

​—Ya salí —le dije cuando atendió—. Te veo en la fuente en diez minutos.

​El parque estaba casi desierto, sumido en esa penumbra azulada de las noches de semana. El sonido del agua cayendo en la fuente me trajo un "déjà vu" doloroso de la noche en que todo se rompió. Adela ya estaba allí, sentada en la misma banca de madera, balanceando un pie con nerviosismo.

​Para romper el hielo, empezamos hablando de cosas mundanas. Le conté sobre un cliente difícil y ella me habló de un proyecto pesado en su trabajo. Era una conversación de seguridad, un puente hecho de palabras cotidianas para evitar mirar el abismo que nos separaba. Hasta que ella dejó de mirar la fuente y clavó sus ojos en los míos.

​—Adán... —hizo una pausa—. Estuve pensando mucho en lo del sábado. Y quiero saber si... ¿querés volver a ser pareja?

​Me quedé helado. El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí que el aire me faltaba.

—¿Qué? —fue lo único que alcancé a articular, completamente descolocado.

​—No puedo simplemente dejar de amarte, Adán —continuó ella con voz temblorosa—. Sé que es difícil, que reconstruir la confianza va a doler... pero creo que podríamos superar esa infidelidad. Podríamos volver a intentarlo, si vos querés.

​Me quedé en silencio, mirando cómo el agua se deshacía en ondas infinitas. Sus palabras me ofrecían la redención, el camino de vuelta a "casa". Pero algo en mi interior me gritaba que no podíamos construir nada sobre cimientos rotos tan rápido.

​—Adela... te agradezco que me digas esto. De verdad. Pero necesito pensarlo —dije, viendo cómo su expresión cambiaba a una de sorpresa—. Creo que deberíamos seguir hablando así antes de dar un paso tan grande. Más que nada para que vos estés segura. No quiero que tomemos una decisión hoy por la nostalgia y que mañana te despiertes sintiendo el mismo dolor que el primer día.




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