El viernes llegó con una puntualidad que me resultaba aterradora. Durante toda la semana, la foto que Meredith me había enviado funcionó como un faro extraño en mi mesa de noche; cada vez que el recuerdo de la última charla con Adela me apretaba el pecho, miraba esa sonrisa de piel canela y trataba de convencerme de que el mundo no se terminaba en una banca de parque.
Sara no era una chica que esperaba. Cuando llegué al punto de encuentro —un bar de techos altos, paredes de ladrillo visto y luces de neón que vibraban al ritmo de un indie rock que yo apenas conocía— ella ya estaba ahí. Estaba apoyada contra una columna de hierro, moviendo un pie calzado en zapatillas blancas impecables.
—¡Barista! —exclamó al verme, y su voz tenía una nota de alegría tan genuina que me descolocó.
Se acercó y me dio un beso en la mejilla que olía a vainilla y a algo eléctrico, como el aire antes de una tormenta de verano. No hubo silencios incómodos ni esa tensión de "examen" que suelen tener las primeras citas. Sara desbordaba una seguridad que te obligaba a relajarte.
—Hola, Sara. Perdón si te hice esperar —atiné a decir, sintiéndome de repente muy consciente de que mi abrigo oscuro era demasiado solemne para este lugar.
—Ni lo menciones. Estaba apostando conmigo misma si vendrías con el delantal puesto o si te animarías a ser un civil —soltó una carcajada limpia, tomándome del brazo para entrar—. Vamos, Adán, que hoy no se habla de moliendas ni de ratios, hoy se habla de supervivencia urbana.
Nos instalamos en una barra alta. Sara pidió una cerveza artesanal roja y me convenció de probar una hamburguesa que, según ella, era "lo más cercano a una experiencia religiosa que podías comprar con diez dólares". Durante la siguiente hora, me olvidé de quién era yo fuera de ese bar. Sara tenía el don de la curiosidad: me preguntaba cosas que nadie me preguntaba.
—A ver, decime la verdad —dijo, ladeando la cabeza y dejando que un mechón de su pelo oscuro cayera sobre su hombro—. ¿Por qué el café? ¿Es por el arte de la figura en la leche o porque te gusta ver cómo la gente se despierta cuando les das su dosis?
—Creo que es por el control —le confesé, sorprendiéndome a mí mismo—. El mundo afuera es un caos, pero si controlás la temperatura del agua y el grosor del grano, el resultado siempre es el que esperás. Es... predecible.
—Qué aburrido —se rió ella, dándole un sorbo a su copa—. La gracia está en que se te queme la lengua de vez en cuando, ¿no? Si todo es predecible, ¿dónde está el chiste?
Su risa era contagiosa. Me descubrí contando historias de la cafetería que nunca le había contado a nadie, ni siquiera a Meredith. Verla reír con la cabeza hacia atrás, mostrando esa energía que irradiaba vitalidad, hizo que el "limbo" se sintiera como un lugar muy, muy lejano.
Cuando terminamos de comer, decidió que el bar era "demasiado estático". Me llevó de la mano hacia una feria de artesanos que se armaba en una plaza iluminada con guirnaldas de luces.
—Mirá esto —dijo, deteniéndose ante un puesto de instrumentos de madera—. Mi viejo decía que si no podés sentir la vibración de la música en los dedos, no la estás escuchando de verdad.
Se puso a charlar con el artesano como si fueran amigos de toda la vida. Sara no solo tenía "piel canela"; tenía una calidez que se le escapaba por los poros. Me desafiaba con la mirada, me hacía preguntas capciosas sobre mis gustos musicales y, de vez en cuando, me daba pequeños empujones en el hombro para asegurarse de que mi mente seguía ahí, con ella.
Me hizo jugar a un tiro al blanco en un puesto de kermés. Perdí estrepitosamente, fallando todos los dardos, y ella, en lugar de burlarse, me compró un llavero de madera con forma de búho.
—Para que te acuerdes de que la perfección es un embole, Adán. Los búhos ven en la oscuridad, capaz te sirve para cuando te perdés en tus pensamientos —me guiñó un ojo.
Caminamos por la avenida principal, compartiendo un helado que se derretía por el calor residual de la noche. Hablamos de cine, de los viajes que ella quería hacer a la montaña y de cómo odiaba los domingos por la tarde. Por un momento, mientras caminábamos hombro con hombro, sentí que podía ser ese Adán. El Adán que sale un viernes, que se ríe de sus fracasos en la puntería y que no tiene una maleta llena de culpas arrastrándose detrás.
Llegamos a la puerta de su edificio. El silencio que se formó no fue pesado, sino expectante.
—Sos más interesante de lo que Meredith me dijo —susurró ella, acercándose un poco más. El aroma a vainilla volvió a inundarme—. Ella decía que eras un alma en pena, pero yo solo veo a alguien que necesita que lo saquen a pasear más seguido.
Se puso de puntillas y me dio un beso cerca de la comisura de los labios. Fue un roce suave, pero cargado de una promesa de "continuará".
—Me la pasé increíble, Barista. No te me pierdas, ¿dale? —dijo antes de entrar y desaparecer tras la puerta de vidrio.
Me quedé solo en la vereda. El mundo se sentía brillante. El llavero de madera en mi mano pesaba de una forma agradable, como un ancla al presente. Durante tres horas, el nombre de Adela no había cruzado mi mente. No había sentido frío. No había sentido el vacío. Estaba convencido de que, por fin, la marea estaba bajando.
Caminé hacia la esquina con una sonrisa boba, sintiendo que el aire de la noche era, por primera vez, renovador. Pero al llegar al semáforo, el hábito —ese maldito reflejo condicionado— me hizo meter la mano en el bolsillo. Saqué el teléfono, solo para ver la hora.
El brillo de la pantalla me golpeó como un bofetón.
Había una notificación. Un mensaje enviado hacía apenas quince minutos. Tres líneas de texto que borraron el sabor del helado, la risa de Sara y el olor a vainilla en un milisegundo.
Adela (00:45): "Perdón por lo del otro día. Estuve pensando mucho... ¿Estás despierto? No puedo dormir, me falta alguien que me entienda sin que yo tenga que explicar nada."