Lo amargo de nuestro café

Capitulo 13: La gota que cayó en el mismo lugar

Mis dedos se quedaron congelados sobre el teclado táctil, suspendidos en un aire que de repente se había vuelto irrespirable. La luz blanca del celular me hería los ojos, pero no podía dejar de mirar esas tres líneas. “Me falta alguien que me entienda”. Era la carnada perfecta; la frase exacta que Adela sabía que me desarmaría porque apelaba a lo único que yo creía haber hecho bien antes de destruirlo todo: escucharla.

​El llavero del búho, que hacía cinco minutos era un trofeo de guerra contra mi propia tristeza, ahora pesaba en mi bolsillo como si estuviera hecho de plomo. Me sentí un impostor, un traidor de doble cara. ¿Quién era yo para estar sonriendo en una esquina, con el sabor del helado todavía en los labios, mientras la mujer a la que rompí pasaba una noche en vela por mi culpa? El olor a vainilla de Sara, que antes me resultaba eléctrico, ahora me producía una náusea moral.

​Caminé una cuadra hacia la avenida, tratando de escapar de la notificación, pero el mensaje me seguía como una sombra. Me detuve frente a una vidriera cerrada y me miré en el reflejo. Ahí estaba otra vez: el Adán de los hombros caídos, el de la mirada oculta tras el cabello negro, el que no sabía decir que no si el pasado le silbaba desde la oscuridad.

"No lo hagas", me decía una parte de mi mente que todavía olía a la libertad del bar de neones. "Ella solo tiene frío y vos sos la manta que ya tiró a la basura". Pero la otra parte, la que vivía de la culpa y el café amargo, gritaba más fuerte. Esa parte me recordaba que yo le debía cada hora de su insomnio.

​Escribí una respuesta: "Deberías dormir, Adela. No me hagas esto". La borré.

Escribí otra: "Estoy con alguien, no puedo hablar". La borré con más fuerza, sintiendo que la mención de Sara era un insulto para ambas.

​El semáforo cambió a verde y un auto pasó rápido, salpicando el agua acumulada en el cordón. El sonido me sacó del trance, pero solo para empujarme más hondo. Saqué el celular por tercera vez. El alivio que sentía al ver que ella me buscaba era una droga tóxica, una mezcla de egoísmo y redención mal entendida. Pensé en Sara, en su risa limpia y en cómo me había dicho que la perfección era un embole. Ella quería a un Adán que supiera jugar al tiro al blanco y fallar; Adela, en cambio, necesitaba al Adán que cargaba con sus tormentas.

​—Soy un idiota —susurré, y mi voz se perdió en el viento frío de la madrugada.

​Finalmente, el pulso me ganó. La nostalgia es un imán que no entiende de razones. Con los dedos temblando por una mezcla de adrenalina y cobardía, tecleé lo que mi instinto más bajo me dictaba.

Adán (01:02): "Estoy despierto. Siempre estoy despierto cuando se trata de vos."

​Envié el mensaje y, en el segundo exacto en que apareció el "entregado", sentí que el mundo de neones y risas de Sara se apagaba definitivamente. El hechizo se había roto. Había tirado a la basura las tres horas de conexión y la seguridad que Sara me había prestado. Había decidido volver a casa, aunque esa casa fuera un edificio en ruinas.

​Guardé el teléfono y me subí el cuello del abrigo, ocultándome de nadie en la calle desierta. El frío de la noche volvió a colarse por mis costados, pero esta vez no intenté abrigarme. Ya estaba acostumbrado a tiritar. Lo que realmente me dolía no era la temperatura, sino la certeza de que, mientras caminaba hacia mi departamento vacío, ya estaba empezando a ensayar la mentira que le diría a Meredith el lunes.

​Porque cuando Adela llamaba, el resto del mundo se quedaba sin señal, y yo volvía a ser el barista que solo sabía preparar tazas llenas de sombras.




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