Lo amargo de nuestro café

Capitulo 14: Filtro tapado

El vapor de la cafetera me golpeaba la cara, pero no lograba despertarme. Tenía los ojos pesados, como si alguien hubiera reemplazado mis párpados por láminas de plomo. Cada vez que cerraba los ojos para parpadear, la pantalla del celular brillando en la oscuridad de mi cuarto volvía a aparecer detrás de mis retinas. El mensaje enviado. El vacío de después.

​Esa mañana, mis manos no tenían la precisión de siempre. Golpeé el portafiltros contra el borde de la bacha más fuerte de lo necesario y el sonido resonó en todo el local como un disparo.

​—¡Cuidado, socio! Que esa máquina vale más que nuestros sueldos —bromeó Carlos desde la oficina, pero yo ni siquiera tuve fuerzas para sonreír.

​Preparé un Latte para un cliente habitual. La leche no quedó sedosa; quedó con burbujas grandes, toscas. El dibujo del corazón salió deformado, una mancha blanca sin sentido en medio del color ocre. Me sentí un fraude. Si no podía controlar ni siquiera la caída de la leche, ¿cómo pretendía controlar mi vida?

​Sentí una presencia a mi lado. Meredith estaba apoyada en la caja, observándome con los ojos entrecerrados. No decía nada, pero su silencio era inquisitivo.

​—Te falta el "punch" hoy, Adán —soltó finalmente, mientras yo limpiaba la lanza de vapor con un trapo—. Estás acá físicamente, pero tu mente está en otro código postal. ¿Dormiste algo?

​—Poco —mentí a medias, evitando su mirada—. El café de anoche me pegó tarde.

​Meredith soltó una risa seca, de esas que dicen "no te creo nada", pero no insistió. Me alcanzó un vaso de agua fría y me dio un golpecito en el hombro.

​—Espabilá. Que hoy es sábado y la gente viene con hambre de perfección. No les des espuma quemada.

​El turno se me hizo eterno. Cada pedido era una batalla contra mi propia torpeza. Pero, de alguna manera, el reloj avanzó. La transición hacia la tarde ocurrió casi sin que me diera cuenta; el sol empezó a caer, tiñendo las calles de ese naranja suave que suele calmar a la ciudad, y el peso del cansancio matutino se transformó en una adrenalina nerviosa cuando vi la hora de salida.

​Al cruzar la puerta de la cafetería, el aire fresco me pegó de frente. Y ahí estaba ella.

​Sara estaba sentada en un banco de madera a pocos metros, leyendo un libro con una concentración que la hacía parecer sacada de una película antigua. Llevaba una chaqueta de jean y el pelo recogido en una trenza desprolija que, de alguna manera, le quedaba perfecta. Cuando me vio, cerró el libro de golpe y su cara se iluminó con esa sonrisa que me hacía sentir que el mundo, por un rato, era un lugar seguro.

​—¡Sobreviviste! —dijo, levantándose y acercándose a mí—. Por tu cara, parece que la máquina de café intentó asesinarte hoy.

​—Casi lo logra —me reí, y fue una risa genuina, de esas que me nacían solo cuando estaba cerca de ella—. Creo que hoy el café ganó la batalla, pero yo gané la salida con vos, así que estamos a mano.

​Caminamos sin rumbo fijo hacia la zona del puerto. Nos detuvimos frente a un puesto de churros y compramos una docena. Nos sentamos en el muelle, con las piernas colgando hacia el agua.

​—Adán —dijo ella de repente, mirándome de reojo mientras se limpiaba un poco de azúcar de la comisura de los labios—. Sos un tipo raro. Tenés esa mirada de que cargás con el mundo, pero cuando te reís, parece que te olvidás de todo. Me gusta ese contraste.

​Me quedé callado un segundo. La sinceridad de Sara era desarmante. Era demasiado buena, demasiado transparente. Me miraba con una curiosidad tan sana que me hacía sentir pequeño. Me daban ganas de contarle todo, de decirle que anoche fui un cobarde, pero su presencia era como un analgésico que me impedía tocar la herida.

​—Es que con vos es fácil olvidarse —le confesé, mirándola a los ojos—. Sos como... como ese primer café de la mañana que te sale perfecto sin intentarlo.

​Sara soltó una carcajada y me dio un empujoncito con el hombro.

​—¡Qué poeta me salió el barista! —se burló, pero se acercó un poco más a mí—. Solo tratá de que no se te enfríe, ¿dale?

​Pasamos la tarde hablando de música, de lo mucho que ella odiaba la gente que no saludaba al entrar a los lugares y de sus ganas de aprender a tocar el bajo. Yo me sentía ligero. Por unas horas, el mensaje de Adela fue solo un eco lejano, una interferencia en una frecuencia de radio que ahora sonaba nítida y hermosa. El sonido del oleaje golpeando suavemente los pilotes era lo único que llenaba los silencios entre nosotros. Sara balanceaba las piernas, con la mirada perdida en el horizonte. De repente, su expresión cambió; esa chispa eléctrica de diversión se suavizó, dejando paso a una calma más profunda.

​—¿Sabés? —dijo de pronto, sin mirarme—. Mi viejo no solo me enseñó lo de la música. También me enseñó a no guardarme nada. Cuando era chica, vivíamos en una casa con un jardín enorme. Yo tenía un perro, un rescatado que encontré en la calle, se llamaba "Eco". Era mi sombra. Un día, por un descuido mío, dejé la reja abierta y Eco salió a la avenida. No sobrevivió.

​Sentí un nudo en el estómago. La voz de Sara no tenía rastro de drama, solo una honestidad cruda.

​—Me pasé semanas sin hablar, cargando con una culpa que me quemaba por dentro. Hasta que mi papá me sentó y me dijo que el dolor es como el humo: si lo encerrás, te asfixia; si abrís la ventana, tarde o temprano se dispersa. Desde ese día me prometí que nunca más iba a esconder lo que siento. Prefiero que me duela la verdad a vivir cómoda en una mentira. Por eso soy así, Adán. Tan... directa. Porque aprendí por las malas que el silencio rompe más cosas que las palabras.

​Ella apretó mi mano un poco más fuerte, y su mirada se volvió afilada.

​—Meredith me dijo que eras un poco reservado, y eso me gusta. Pero hay una diferencia entre ser callado y tener paredes. Yo puedo lidiar con el dolor, con el pasado, incluso con los errores más feos... pero no puedo lidiar con la niebla. Prefiero que alguien me diga que me odia a la cara, antes que me regale una sonrisa que no le pertenece. Si alguna vez sentís que no podés decirme la verdad, mejor no me digas nada, Barista. Pero no me inventes un personaje.




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