El zumbido del tránsito de la avenida me trajo de vuelta a la realidad. Tenía la pantalla del celular encendida en la palma de la mano, mostrando los dos caminos posibles: la dirección de Adela, rígida y cargada de demandas, o el mensaje de Sara con el dibujo del barista y el gato en el hombro.
Elegí bien qué vas a romper hoy, Adán. Las palabras de Meredith seguían flotando en el aire, ácidas y certeras.
Cerré los ojos un segundo. Sabía que si iba a lo de Adela, iba a entrar en ese departamento a pedir disculpas por cosas que ya no tenían arreglo, a arrastrar una culpa que me estaba consumiendo vivo. Y si iba con Sara arrastrando esa sombra, le estaría mintiendo con el silencio.
Guardé el teléfono. Crucé la calle esquivando un auto que frenó de golpe y caminé directo hacia la parada del colectivo 60. El que me llevaba a Palermo. El que me llevaba a Adela.
No iba porque quisiera volver con ella. Iba porque necesitaba apagar el incendio antes de que quemara lo nuevo que estaba naciendo. Necesitaba mirar a Adela a los ojos a la luz del día, fuera de la complicidad de las fiestas y del alcohol, y terminar de hundir el barco. O al menos eso me decía a mí mismo para no sentirme un traidor.
El edificio de Adela seguía oliendo igual: a cera para pisos y a encierro. Subí los tres pisos por escalera porque el ascensor, como de costumbre, estaba roto. Cada escalón me pesaba en las piernas como si estuviera subiendo una montaña.
Cuando toqué el timbre, el corazón me dio un vuelco.
La puerta se abrió y Adela apareció con el pelo recogido, unos jeans gastados y una remera enorme que solía ser mía. No tenía una gota de maquillaje y sus ojos denotaban el mismo cansancio que los míos. Al verme, una mezcla de alivio y tensión cruzó su cara.
—Viniste —dijo, haciéndose a un lado para dejarme pasar.
—Hola, Ade —atiné a decir.
El departamento estaba extrañamente ordenado, pero se sentía vacío. Faltaban los cuadros que habíamos elegido juntos, las plantas que ella cuidaba en el balcón. Solo quedaba la estructura de lo que alguna vez fue nuestro hogar.
—¿Querés algo de tomar? Hay agua, o puedo armar unos mates —ofreció, caminando hacia la cocina americana.
—No, gracias. Estoy bien. —Me quedé de pie cerca de la mesa del comedor, sin animarme a sentarme. Sentía que si me ponía cómodo, me iba a quedar atrapado ahí para siempre.
Adela se dio la vuelta, apoyándose contra la mesada, y se cruzó de brazos. Su mirada me recorrió entero, deteniéndose en mis ojeras.
—Estás flaco, Adán. ¿Estás comiendo bien en ese laburo?
—Sí, Carlos me cuida. Y el café me mantiene despierto —intenté bromear, pero el chiste cayó al suelo sin fuerza.
Hubo un silencio espeso, de esos que duelen. Adela suspiró, rompiendo la distancia, y caminó hacia mí hasta quedar a menos de un metro. Su perfume, ese olor a jazmines que conocía de memoria, me golpeó el pecho.
—No me desvíes el tema —dijo con la voz un poco quebrada—. El otro día en la fiesta... el beso no fue un error, Adán. Yo sé que la cagué al principio, sé que te lastimé con mis inseguridades y vos me lastimaste a mí. Pero cuando nos besamos, sentí que todavía quedaba algo de nosotros. Algo que vale la pena salvar. ¿De verdad necesitás tanto tiempo para saber si querés estar conmigo?
La miré. Vi su vulnerabilidad, vi el dolor de la chica con la que había compartido años de mi vida. Una parte de mí, la parte cobarde y culposa, quería abrazarla, decirle que sí, que volviéramos a intentarlo y que todo iba a ser como antes. Sería tan fácil volver a lo conocido.
Pero entonces, la imagen de Sara sonriendo en la mesa de luz de su taller, hablándome de la "niebla", apareció en mi mente con una niñez abrumadora. Si le decía que sí a Adela, estaría construyendo una relación sobre los escombros de la culpa, y le estaría cerrando la puerta a la única persona que me había hecho reír de verdad en meses.
—Ade... —empecé, y la voz me tembló—. Yo te quiero. Siempre te voy a querer por todo lo que fuimos. Pero el beso de la otra noche no fue el principio de algo. Fue la despedida que no pudimos tener.
La cara de Adela se transformó. La tristeza se convirtió rápidamente en una mueca de incredulidad y enojo.
—¿Una despedida? ¿Me estás cargando, Adán? Me tuviste dos meses esperando, dando vueltas, respondiéndome los mensajes a la madrugada... ¡Me dijiste que siempre estabas despierto para mí! —levantó la voz, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. No me podés hacer esto. No podés ser tan egoísta.
—Tenés razón en lo de los mensajes, y te pido perdón por eso —dije, sintiendo cómo el estómago se me hacía un nudo—. Te respondía por culpa, Ade. Porque me sentía una basura por cómo terminaron las cosas. Pero no es sano para ninguno de los dos. Nos estamos desgastando.
—Hay alguien más, ¿no? —soltó de golpe, dándose la vuelta para ocultar sus lágrimas, pero clavando sus palabras como un puñal.
El aire en el departamento se volvió irreversible. Me quedé helado. Mentir en ese momento habría sido el camino fácil, el analgésico para amortiguar el golpe. Pero si algo había aprendido con los sermones de Meredith y los silencios de Sara, era que las mentiras piadosas solo estiran la agonía.
—Sí, Ade. Estoy conociendo a alguien —dije en voz baja, sosteniéndole la mirada aunque me doliera el alma.
Adela largó una risa amarga, ahogada en un sollozo. Se tapó la boca con una mano y negó con la cabeza, mirando al piso.
—Qué idiota fui. Y yo acá, armando escenarios en mi cabeza... —Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta de entrada, abriéndola de par en par—. Andate, Adán. Por favor, andate ya. No me escribas nunca más a la madrugada. No me busques. Hacé tu vida.
No intenté defenderme. Sabía que no tenía derecho. Caminé hacia la salida sintiendo el peso de su mirada herida sobre mis hombros. Al pasar por su lado, quise decirle algo, lo que fuera, pero la dureza en sus ojos me congeló las palabras. Salí al pasillo y escuché el portazo seco a mis espaldas. El eco resonó en toda la escalera.