Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 1. La Sección B y el ruido estático.

Dicen que la memoria es un mecanismo de defensa, un arquitecto piadoso que levanta muros de contención para que el agua sucia del pasado no te inunde los pulmones. Durante mi niñez, viví bajo la protección de esos muros, en una especie de neblina autoprotectora, un frasco negro mental donde mi cerebro guardó monstruos que no tenían nombre, eventos que dolían demasiado como para ser tocados por la luz del sol. Vivía en automático, siendo una niña funcional, tranquila, quizás demasiado callada para el gusto de los adultos, pero normal.

Sin embargo, los frascos negros tienen una fecha de caducidad. Y el mío decidió abrirse justo cuando crucé el umbral oxidado del Liceo Nacional “Los Próceres” en San Marcos.

Tenía catorce años. Era el año donde todo supuestamente debía comenzar, pero para mí, se sintió como si el suelo se estuviera abriendo. San Marcos es una ciudad calurosa, de ese calor húmedo que se te pega a la ropa y al humor, ubicada en el corazón de un país, Valeriana, que ya empezaba a mostrar los síntomas de una enfermedad económica terminal, aunque nosotros, en nuestra inocencia, todavía no sabíamos ponerle nombre.

El Liceo Los Próceres era un monstruo de concreto gris, con pasillos largos que olían permanentemente a desinfectante barato mezclado con el sudor rancio de quinientos adolescentes. Era una estructura imponente que había visto días mejores, con pintura descascarada que caía como piel muerta y ventanas de romanilla a las que les faltaban la mitad de los vidrios.

El sistema educativo público tiene una forma muy sutil de decirte quién eres antes de que tú mismo lo sepas. Nos clasificaban como ganado: De la A a la E.

La Sección A era la élite, los cerebritos, los que se sentaban en primera fila y tenían los uniformes impecables. La Sección E eran los casos perdidos, los repetidores, los chicos que ya tenían barba y mirada de haber visto demasiadas cosas en la calle. Y ahí, en el limbo mediocre del medio, estaba yo: Sección B.

La Sección B era la tierra de nadie. No éramos lo suficientemente brillantes para ser la esperanza del liceo, ni lo suficientemente problemáticos para ser temidos. Éramos el ruido de fondo.

Recuerdo mi primer día en el salón 14 como si lo estuviera viendo en una película granulada. Las paredes estaban tatuadas con corrector blanco y marcadores permanentes, contando historias de amores y odios de generaciones pasadas: “María y José x 100pre”, “El de matemática es un tirano”. Había treinta y cinco pupitres para cuarenta alumnos, lo que significaba que la supervivencia empezaba por conseguir dónde sentarse.

Yo elegí un pupitre cerca de la pared, en la tercera fila. Era mi trinchera. Desde ahí podía observar sin ser el centro de atención. O al menos, eso creía.

—Oye, tú. La del cabello de bruja.

La voz cortó el aire denso del salón. Levanté la vista, sintiendo cómo mi estómago daba un vuelco violento.

Eran tres chicas. Estaban de pie junto a la puerta, con esa postura de dueñas del mundo que solo tienen las adolescentes que saben que son bonitas y crueles. La que habló, una chica de cabello alisado y falda subida más allá de lo permitido por el reglamento, me miraba con una mezcla de curiosidad y asco.

Mi cabello siempre había sido un tema. Era indomable, una maraña rizada que cobraba vida propia con la humedad de San Marcos. Yo intentaba aplacarlo con coletas bajas, pero siempre se escapaban mechones rebeldes.

—¿Te comieron la lengua los ratones? —insistió la chica, provocando risitas en su séquito.

Sentí el calor subir a mis mejillas, no de vergüenza, sino de algo más primitivo: miedo. Pero no era miedo a ellas. Era miedo a lo que estaba pasando dentro de mí.

En ese momento, el ruido estático comenzó.

No sé cómo explicarle la ansiedad a alguien que nunca la ha sentido. No es solo nerviosismo. Es un zumbido eléctrico, como si tuvieras un panal de abejas debajo de la piel. Es la certeza absoluta e irracional de que algo terrible está a punto de pasar y es tu culpa. Mis manos empezaron a sudar frío. El aire del salón, pesado y caliente, se sentía insuficiente. Mi corazón, que hasta hace un segundo latía a un ritmo normal, empezó a golpear contra mis costillas como un pájaro atrapado.

Era el TEPT despertando. Los monstruos de la niñez estaban arañando la tapa de la caja.

—No me llamo bruja —logré susurrar. Mi voz salió estrangulada, patética.

—¿Qué dijo? No se le oye nada —se burló otra de las chicas.

—Déjala, Vanesa. No vale la pena. Es una muergana —dijo la líder, perdiendo el interés tan rápido como lo había ganado. Se dieron la vuelta y siguieron hablando de una fiesta de fin de semana, ignorándome como si fuera un mueble viejo.

Me quedé allí, petrificada, mirando mi cuaderno nuevo de una línea. Muergana. En Valeriana, esa palabra significa alguien sin gracia, sin vida, una nulidad. Así me veían. Y lo peor es que, en ese momento, con el zumbido ensordecedor en mis oídos, yo también me sentía así.

El resto de la mañana fue un borrón. Los profesores entraban y salían, dictaban lecciones de Castellano y Biología que yo copiaba mecánicamente. Mi mente no estaba en la célula eucariota; mi mente estaba tratando de controlar mi respiración. Uno, dos, tres. Inhala. Uno, dos, tres. Exhala.




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