Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 2. Crónicas de Narnia y acordes desafinados.

La amistad, descubrí pronto, tiene un ritmo. Al principio es vacilante, como un niño aprendiendo a caminar, lleno de tropiezos y silencios incómodos donde no sabes si mirar al otro a los ojos o fingir interés en una mancha de la pared. Pero con Gabriel, el ritmo se saltó la etapa de gateo y empezó a correr casi de inmediato. Quizás porque ambos, en nuestra soledad de Sección B y Sección C, estábamos desesperados por encontrar a alguien que hablara nuestro mismo idioma en medio de tanto ruido ininteligible.

Al día siguiente de nuestro encuentro en las escaleras, busqué a Gabriel en el recreo. No tuve que esforzarme mucho; su estuche de guitarra era como un faro negro en medio del mar de camisas azules y beige. Estaba sentado en el mismo lugar, como si hubiera acampado allí toda la noche, con la mirada perdida en las canchas deportivas donde los chicos de 5to año jugaban un partido de fútbol que parecía más una batalla campal.

—Traje el pasaporte —dije, extendiéndole mi copia de El Sobrino del Mago.

Gabriel se iluminó. Esa era la palabra. No sonrió simplemente; se encendió. Agarró el libro con una reverencia casi cómica, acariciando la portada gastada con sus dedos largos y delgados.

—Excelente. —Lo abrió y olió las páginas, un gesto que solo los verdaderos adictos a la lectura entienden y perdonan—. Huele a historia vieja. Me encanta.

—Cuídalo, por favor. Es de la biblioteca pública y la bibliotecaria, la señora Gertrudis, tiene ojos de halcón. Si le ve una oreja doblada, me vetará de por vida.

—Tranquila, Elara. Lo trataré como si fuera la Declaración de Independencia de Valeriana. —Guardó el libro en su mochila con sumo cuidado y luego palmeó el espacio de concreto a su lado—. Siéntate. Hoy no hay lectura, hoy hay concierto privado.

Me senté, alisando mi falda gris, sintiendo esa mezcla de nervios y emoción. Gabriel abrió el estuche de la guitarra. El instrumento no era nuevo; tenía arañazos en la madera barnizada y una calcomanía medio despegada de una banda de rock nacional que ya no existía. Las cuerdas se veían un poco oxidadas, un testimonio mudo de lo costoso que era mantener un hobby en un país donde un paquete de cuerdas valía lo mismo que la comida de una semana.

—Advertencia legal: todavía no soy cerati —dijo, afinando la sexta cuerda con el ceño fruncido—. Mi voz tiende a desafinar en los agudos y mis dedos a veces se enredan. Si te sangran los oídos, la salida de emergencia está a tu izquierda.

—Asumo el riesgo —respondí, cruzando los brazos sobre mis rodillas.

Gabriel respiró hondo, cerró los ojos por un segundo y empezó a rasguear.

No tocó nada virtuoso. Eran acordes sencillos, una progresión básica de Sol, Re y Do. Pero lo que le faltaba en técnica, le sobraba en intención. Tocaba con fuerza, atacando las cuerdas como si quisiera sacarles no solo sonido, sino rabia, o pena, o esperanza.

Empezó a cantar. Era una canción lenta, algo sobre ciudades grises y gente que camina dormida. Su voz era ronca, imperfecta, quebrándose un poco en las notas finales de cada frase. No, no era un cantante de ópera. Pero tenía algo magnético. Cantaba como si creyera en cada palabra que salía de su boca.

Yo lo miraba fascinada. En mi casa, la música era algo que salía de la radio, algo pulido y lejano. Ver a alguien crearla frente a mis ojos, ver cómo sus dedos callosos presionaban el metal contra la madera para generar una melodía, me pareció el acto de magia más real que había presenciado fuera de mis libros.

Cuando terminó, dejó vibrar la última nota hasta que se apagó, absorbida por el bullicio lejano del recreo. Abrió los ojos y me miró, esperando el veredicto con una vulnerabilidad que me enterneció.

—No me sangraron los oídos —dije suavemente.

Él soltó una risa de alivio.

—Ese es el mejor halago que he recibido esta semana. Mi mamá suele decir: “Gabriel, por Dios, que estoy viendo la novela”.

—Tienes… sentimiento —añadí, buscando la palabra correcta—. No sé de música, pero se siente real. Como si estuvieras contando algo importante.

Gabriel asintió, pasando la mano por el mástil de la guitarra.

—Es que la música es la única forma que tengo de gritar sin que me manden a la dirección. Aquí —señaló el liceo con la cabeza—, tienes que callarte, copiar, obedecer. En la casa, tienes que ser el buen hijo. Pero con esto… con esto puedo decir que estoy harto, o triste, o feliz, y nadie me juzga. Solo escuchan.

—Te entiendo —murmuré.

Gabriel me miró de soslayo, con esa agudeza que ya empezaba a caracterizarlo.

—Ayer dijiste que escribías.

Sentí que el estómago se me encogía. El TEPT, mi sombra fiel, levantó la cabeza. Peligro, vulnerabilidad detectada.

—Dije que escribía tonterías.

—Yo acabo de tocarte una canción con tres acordes y la voz de un gato resfriado. Creo que estamos a mano. —Gabriel dejó la guitarra en el estuche, pero no lo cerró. Se giró hacia mí completamente—. Elara, muéstrame.

—No es bueno —me defendí, abrazando mi bolso.

—No tiene que ser bueno. Tiene que ser tuyo. Vamos. Intercambio cultural. Yo te di música, tú dame letras.




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