Hay un tipo de soledad que no se siente cuando estás solo, sino cuando estás rodeado de gente. Es una soledad ruidosa, sofocante, que te grita al oído que no perteneces, que eres una pieza de rompecabezas de borde recto intentando encajar en un agujero circular en medio del cuadro.
Esa fue la sensación exacta que tuve al cruzar la puerta de la casa de Andrea, una compañera de la Sección A que había decidido celebrar sus quince años con una fiesta de traje (traje mi bebida, traje mi comida, traje mis ganas de destruir la casa).
Nunca fui de fiestas. Mi ansiedad social y el reguetón a todo volumen no eran una combinación ganadora. Pero la presión social en el bachillerato es una fuerza gravitacional difícil de resistir.
—Vamos, Elara. Va a ir todo el mundo —me había insistido Gabriel esa mañana—. Si nos aburrimos, nos sentamos en la acera a criticar a la gente y a hablar de qué canción de rock encajaría mejor con el desastre. Será un estudio antropológico.
Gabriel, mi fiel escudero, estaba a mi lado ahora, con una Coca-Cola en la mano y cara de estar analizando la acústica terrible del lugar. La sala de la casa estaba a oscuras, iluminada solo por luces estroboscópicas que mareaban y hacían que el movimiento de la gente pareciera cortado, irreal. El calor era denso, una mezcla de sudor, perfumes dulces y humedad tropical.
—Creo que mis tímpanos acaban de presentar su renuncia formal —me gritó Gabriel al oído por encima de una canción de Daddy Yankee.
—¡Vámonos al patio! —le respondí gritando.
Nos abrimos paso entre cuerpos que bailaban pegados, esquivando codos y vasos de plástico con mezclas dudosas de refresco y licor barato. El patio trasero era un alivio. El aire corría un poco más libre y el volumen de la música bajaba a niveles tolerables. Había grupos dispersos: los populares fumando a escondidas cerca del muro, las parejas besándose en las esquinas oscuras.
Y entonces, lo vi.
Estaba sentado solo en un banco de cemento, lejos del bullicio, con una pierna estirada y la otra flexionada, sosteniendo un vaso rojo con desgana. No estaba mirando su teléfono como el resto de los antisociales de la fiesta; estaba mirando el cielo, o quizás la nada.
Julián.
Lo conocía de vista, claro. San Marcos es pequeño y el Liceo Los Próceres aún más. Sabía que era de mi mismo año, pero de otra sección. Sabía que tenía fama de ser un poco problemático, aunque nadie especificaba nunca por qué. Pero jamás lo había mirado realmente.
Hasta esa noche.
Tenía el cabello oscuro, un poco largo, cayéndole sobre la frente de esa forma descuidada que te hace querer estirar la mano y apartarlo. Llevaba una camisa negra remangada hasta los codos. Pero fueron sus ojos los que me clavaron en el sitio. Incluso a la distancia, y bajo la luz tenue del patio, se veían intensos. No eran ojos tristes, exactamente; eran ojos de tormenta. Parecía que dentro de su cabeza estaba lloviendo mientras el resto del mundo disfrutaba del verano.
—¿Quién es ese? —le pregunté a Gabriel, aunque ya sabía la respuesta. Solo quería confirmarlo.
Gabriel siguió mi mirada.
—Julián. Creo que es de la D o la E. Dicen que ha repetido un par de materias. —Gabriel se encogió de hombros—. ¿Por qué? ¿Te gusta?
—No —mentí rápido. Demasiado rápido—. Solo me parece curioso que esté tan solo.
—Los lobos solitarios siempre llaman la atención de las escritoras, Elara. Es un cliché literario. Ten cuidado.
Pero el consejo de Gabriel rebotó en mi cerebro. Sentí un tirón invisible, una curiosidad magnética que superaba mi timidez habitual.
En ese momento, Julián bajó la mirada del cielo y sus ojos chocaron con los míos. El tiempo hizo esa cosa extraña que hace en las películas: se ralentizó. El ruido de la fiesta desapareció. Mi ansiedad, que había estado zumbando toda la noche, de repente cambió de frecuencia. Ya no era miedo; era adrenalina.
Él no apartó la mirada. Me sostuvo el contacto visual con una intensidad que me hizo sentir desnuda y vista al mismo tiempo. Luego, hizo algo que me desarmó por completo: sonrió. Una sonrisa ladeada, casi imperceptible, como si compartiéramos un secreto, como si ambos supiéramos que estar en esa fiesta era ridículo.
Se levantó y caminó hacia nosotros.
Mi corazón empezó a golpear contra mis costillas, no con el ritmo errático del pánico, sino con el tamborileo fuerte de la anticipación.
—Hola —dijo al llegar. Su voz era más profunda de lo que imaginaba, suave, pero con peso. Ignoró a Gabriel por un segundo y se enfocó solo en mí—. Tú eres la chica que siempre está leyendo en la escalera, ¿verdad?
Me quedé helada. ¿Me había visto? Yo pensaba que era invisible en mi rincón.
—Sí —logré decir. Mi voz salió más firme de lo que esperaba—. Soy Elara.
—Julián —se presentó, extendiendo la mano. Su palma estaba caliente y seca. Al tocarla, sentí una corriente eléctrica real, no metafórica, subir por mi brazo.
—Yo soy Gabriel —intervino mi amigo, marcando territorio sutilmente—. El de la guitarra.
Julián lo miró y asintió, relajado.