Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 4 El Círculo Dorado y la teoría de la gravedad.

La física nos enseña que la gravedad es la fuerza que atrae a dos cuerpos con masa. Pero en el ecosistema salvaje del bachillerato, la gravedad funciona de otra manera: atrae a los inadaptados, a los soñadores y a los rotos para que formen constelaciones propias en medio del vacío.

Gabriel había sido mi primera ancla, y Julián mi primer vuelo, pero me faltaba tierra firme. Me faltaba esa complicidad que solo existe entre mujeres, esa red de seguridad tejida con secretos compartidos en el baño y miradas que lo dicen todo sin pronunciar una palabra.

Todo ocurrió un martes, poco después de oficializar mi noviazgo con Julián. La noticia había corrido por los pasillos con la velocidad del chisme en pueblo pequeño. "La rara de la Sección B está con el chico problema".

Estaba en la cantina, intentando comprar una empanada antes de que se acabaran. El calor era sofocante y la fila era un caos de codos y mochilas.

—Miren quién está aquí —escuché la voz chillona de Vanesa a mis espaldas—. La novia del año.

Me tensé, pero intenté ignorarla. Gabriel estaba en clase de recuperación de Matemáticas y Julián no había ido ese día, así que estaba sola. Vulnerable.

—En serio, no sé qué le vio Julián —continuó Vanesa, asegurándose de que su voz se escuchara—. Debe ser que le da lástima. O quizás es la única que se aguanta sus dramas. Porque bonita... no es.

Sentí las lágrimas picar en mis ojos. El TEPT, siempre listo para la fiesta, aceleró mi pulso. Quería desaparecer. Quería fundirme con el suelo de granito sucio.

—Oye, tú. La del tinte barato.

La voz no era mía. Venía de mi derecha.

Me giré. Una chica de la Sección A estaba parada allí, con las manos en la cintura y una postura que irradiaba autoridad. Tenía el cabello perfectamente arreglado y una mirada que podría cortar vidrio. Era Camila.

Vanesa parpadeó, sorprendida.

—¿Me hablas a mí?

—Sí, a ti. —Camila dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal de Vanesa—. ¿Tu opinión venía con factura? Porque si no la pedimos, no nos interesa. Y para tu información, si Julián está con ella es porque tiene cerebro, algo que a ti te falta retocar con el maquillaje.

El silencio que se hizo en la cantina fue sepulcral. Vanesa abrió la boca para replicar, pero no salió nada. Se puso roja, murmuró un insulto ininteligible y se retiró con su grupo.

Camila se giró hacia mí, y su expresión feroz se suavizó instantáneamente.

—¿Estás bien? No les hagas caso. Son aire. Solo hacen ruido.

—Gracias —murmuré, todavía temblando—. Soy Elara.

—Lo sé. Eres la que escribe. Yo soy Camila. Y ella —señaló a una chica que estaba detrás de ella, con las manos manchadas de pintura de colores— es Valeria.

Valeria era un contraste total con la fuerza militar de Camila. Tenía una sonrisa soñadora, el uniforme lleno de manchas de acrílico y un lápiz clavado en su moño desordenado.

—Hola —dijo Valeria, con una voz suave y melodiosa—. Me gusta tu cabello. Parece una nube de tormenta. Es muy artístico.

Antes de que pudiera responder, apareció una tercera chica, corriendo y agitando una revista adolescente en el aire como si fuera una bandera de paz.

—¡Chicas! ¡No van a creer esto! —gritó, frenando justo frente a nosotras—. ¡Confirmaron el tour! ¡Confirmaron el tour!

Era Sofía. La chica de la Sección D que siempre tenía audífonos puestos. Llevaba varios pines de una boyband británica en su bolso.

—Respira, Sofi —dijo Camila, rodando los ojos con cariño—. ¿De quién hablas?

—¡De One Direction! —chilló Sofía, y luego me miró a mí, como si acabara de notar mi presencia—. ¡Hola! Tú eres Elara, ¿verdad? La que le prestó el libro de Narnia al chico de la guitarra. Yo amo ese libro. Y amo esa banda. ¿Te gusta Niall Horan? Dime que sí, por favor. Necesito aliados, pero no mires a mi hombre.

No pude evitarlo. Me reí. La tensión del momento con Vanesa se disolvió ante la energía caótica y brillante de estas tres desconocidas.

—Me gusta su música —admití—. Y sí, me gusta Niall, pero el de los rulos canta bien.

Sofía soltó un grito ahogado y me agarró del brazo como si fuéramos amigas de toda la vida.

—¡Contratada! Eres de las nuestras.

Ese almuerzo no lo pasé sola. Nos sentamos en una mesa de concreto bajo la sombra. Gabriel se unió después, mirando al grupo con una ceja levantada, pero Camila lo aprobó rápidamente ("Tiene buen gusto musical, se queda"), y así, sin ceremonia oficial, nació nuestro círculo.

Las llamé, en mi mente de escritora, "Las Reales".

La dinámica se estableció rápido.

Camila era la líder, la protectora. Tenía un sueño claro: quería ser grande.

—Este país se me queda pequeño —decía, mordiendo una arepa—. Yo voy a ser alguien. Voy a ser influencer, o activista. Voy a enseñar a la gente a ser libre. A amar a quien quieran. Aquí todos son muy cerrados, muy grises. Yo quiero color.




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