Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 5. Cena fría en casa de los suegros.

Hay casas que tienen alma. Entras y huelen a café recién hecho, a suavizante de ropa, a vida. Las paredes parecen abrazarte. La casa de Julián no era así. La casa de Julián era una maqueta perfecta de lo que una familia debería ser, pero se sentía como un quirófano: limpia, fría y aterradoramente silenciosa.

Llevábamos tres meses de novios cuando me invitó a cenar por primera vez. Para una adolescente de catorce años, conocer a los padres es el equivalente social a una audiencia con el Papa. Me pasé dos horas frente al espejo intentando domar mi cabello con cantidades industriales de crema de peinar y elegí mi blusa menos artística y más niña de bien, esperando encajar.

Julián me esperó en la puerta. Estaba tenso. No tenía esa sonrisa de medio lado que me derretía; tenía la mandíbula apretada y los hombros rígidos.

—Pórtate bien —me susurró antes de abrir, medio en broma, medio en súplica.

—Siempre me porto bien —respondí, intentando aligerar el ambiente.

Él no se rio.

Al entrar, lo primero que noté fue el silencio. No había televisor encendido, ni música, ni gente hablando. Solo el zumbido del aire acondicionado que mantenía la casa a una temperatura polar, un contraste violento con el calor de San Marcos.

—Mamá, ella es Elara —anunció Julián hacia la sala.

Una mujer estaba sentada en un sofá beige inmaculado, revisando algo en su teléfono. Levantó la vista lentamente. Era hermosa, de una manera intimidante. Tenía el mismo cabello oscuro de Julián, pero sus ojos no eran de tormenta; eran de hielo.

—Buenas noches, señora —dije, sintiendo que mi voz temblaba un poco.

Ella me escaneó de arriba abajo. Se detuvo en mis zapatos (converse desgastados), subió a mi blusa y terminó en mi cabello rebelde. Su expresión no cambió, pero sentí la desaprobación como un golpe físico.

—Elara —repitió mi nombre como si fuera una palabra en un idioma que no le gustaba—. Julián me ha dicho que escribes. Espero que eso no te distraiga de los estudios. Aquí valoramos mucho el rendimiento académico.

—Sí, señora. Soy buena estudiante —me defendí instintivamente.

—Ya veremos. —Volvió a su teléfono—. La cena está servida. Llamen a sus hermanos.

Julián es el mayor de tres hombres. Esa noche entendí la jerarquía de esa manada disfuncional.

Nos sentamos a la mesa. El padre de Julián no estaba; trabajando, dijo alguien, aunque el tono sugería que trabajando era un eufemismo para evitando estar aquí.

Entonces bajaron los hermanos.

El menor, Sebastián, tenía doce años y la actitud de un príncipe heredero aburrido. Entró con audífonos, se sentó, ignoró mi saludo y empezó a comer como si el resto de nosotros fuéramos hologramas.

Pero luego entró el del medio. Marcos.

Marcos tenía catorce, casi la misma edad que nosotros, pero una energía totalmente opuesta a la de Julián. Donde Julián era oscuridad y tensión, Marcos era luz y picardía. Tenía la camisa del uniforme manchada de salsa de tomate y una sonrisa que sí llegaba a los ojos.

—¡Epa! Así que tú eres la famosa Elara —dijo Marcos, sentándose frente a mí y rompiendo el protocolo fúnebre de la mesa—. Julián no se calla la boca hablando de ti. “Elara dijo esto”, “Elara lee aquello”. Ya me tenías mareado, chama.

Julián se puso rojo hasta las orejas y le dio una patada a Marcos por debajo de la mesa.

—Cállate, imbécil.

—¡Julián! Ese vocabulario —reprendió la madre, sin levantar la vista de su plato.

—Un gusto, Marcos —dije, sonriendo de verdad por primera vez en la noche.

—El gusto es mío. Oye, ¿es verdad que le prestaste un libro de magia al raro de la guitarra? —preguntó Marcos, sirviéndose agua.

—Se llama Gabriel, y no es raro. Y sí.

—Brutal. A ver si le prestas uno a este —señaló a Julián con el tenedor— para ver si se le quita la cara de amargado que carga siempre.

Marcos fue mi salvavidas. Durante la cena, él fue el único que me hizo preguntas reales, que bromeó, que intentó incluirme. Noté la dinámica enseguida: la madre ignoraba a Julián o lo criticaba (“Corta bien la carne”, “Siéntate derecho”), mimaba al menor con silencio permisivo, y toleraba a Marcos porque Marcos era impermeable a su frialdad.

Julián, mi novio carismático y rebelde, se hacía pequeño en esa casa. Se encogía. Cada crítica de su madre era un latigazo que él recibía con la cabeza gacha. No se defendía. Solo acumulaba rabia.

Hubo un momento, mientras recogíamos los platos, en que me quedé sola con Marcos en la cocina.

—Gracias por ser amable —le susurré.

Marcos dejó de sonreír por un segundo y me miró con una seriedad repentina que me recordó a su hermano.

—Tenle paciencia a Julián, ¿vale? —me dijo en voz baja—. Aquí… el aire es pesado. Él se lleva la peor parte porque es el mayor. Mi mamá espera que sea perfecto, y mi papá nunca está. Él absorbe todo el veneno para que no nos caiga a Sebastián y a mí.

Esa frase me golpeó el pecho. Absorbe todo el veneno.




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