Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 6. Banderas rojas pintadas de blanco.

El amor adolescente tiene un defecto de fábrica: carece de visión periférica. Cuando estás en el centro del huracán, solo ves los ojos de la persona que tienes enfrente; no ves los escombros que vuelan a tu alrededor, ni los árboles que se arrancan de raíz. Y si alguien desde afuera intenta advertirte, gritas que no entienden, que tu huracán es diferente, que tu huracán es especial.

Después de la cena en casa de Julián, asumí mi misión con la devoción de una fanática religiosa. Yo no era solo su novia; era su refugio, su saco de boxeo emocional y su terapeuta no titulada.

El cambio no ocurrió de la noche a la mañana. Fue un goteo lento, como una llave mal cerrada que termina inundando la casa sin que te des cuenta.

Empezó con los celos.

Julián siempre había sabido de mi amistad con Gabriel. Al principio, le parecía “cool” que yo tuviera un amigo músico. Pero a medida que pasaban los meses y su propia inseguridad crecía alimentada por el ambiente tóxico de su casa, Gabriel dejó de ser el chico de la guitarra y se convirtió en una amenaza.

—¿Otra vez vas a ensayar con él? —me preguntó una tarde por WhatsApp. Yo estaba en casa de Gabriel, escribiendo la letra para una melodía nueva que él había compuesto.

—Sí, amor. Te dije ayer. Estamos terminando la canción del astronauta.

—Ah, ok. Diviértete con tu novio entonces.

Me quedé mirando la pantalla, confundida.

—Julián, es Gabriel. Sabes que es como mi hermano.

—Sí, claro. Un hermano que te mira mucho. Pero tranquila, yo soy el loco. Siempre soy el loco.

Esa era su carta maestra: el victimismo. Si yo me defendía, él se ponía en el papel del incomprendido, el chico roto al que nadie le tenía paciencia. Y yo, aterrorizada de ser como su madre, cedía. Dejaba de ir a casa de Gabriel. Acortaba los ensayos. Empezaba a poner excusas para no ver a mi mejor amigo, solo para evitar que Julián se sintiera inseguro.

Gabriel, que era muchas cosas menos tonto, lo notó.

—Ya no vienes tanto a la escalera —me dijo un día, mientras afinaba una cuerda que sonaba metálica.

—Es que tengo mucha tarea, Gabo. Ya sabes, cuarto año es difícil. La Física me está matando.

Gabriel me miró con esos ojos oscuros que parecían leer el alma.

—La Física no te prohíbe hablar con tus amigos, Elara. Pero si tú dices que es la tarea, te creo. Solo… no dejes que te apaguen la música, ¿vale?

Me sentí una basura. Pero me dije a mí misma que era un sacrificio necesario. Julián me necesita, pensaba. Él no tiene a nadie más.

Pero el aislamiento fue solo la primera bandera roja que decidí ignorar. La segunda fue mucho más dolorosa y tuvo nombre y apellido: Mariana.

Mariana no era parte de Las Reales, pero era una amiga muy cercana del salón. Era rubia, risueña y tenía una personalidad burbujeante que atraía a todo el mundo. Yo la adoraba. Confiaba en ella.

Un viernes, organizamos una salida al cine en el centro comercial La Cascada. Éramos un grupo grande: Julián, yo, Mariana, y un par de chicos más.

Julián estaba de buen humor ese día, lo cual era raro. Estaba encantador. Pero noté algo extraño. Durante la película, se sentó entre Mariana y yo. Y aunque me tomaba de la mano, pasaba gran parte del tiempo susurrándole comentarios a Mariana al oído, haciéndola reír.

Al salir, fuimos a comer helados.

—Oye, Mariana, te queda bien ese color —le dijo Julián de la nada, señalando su blusa—. Deberías usarlo más. A Elara no le quedan bien los colores pasteles, ella es más de… colores tristes.

Lo dijo riéndose, como si fuera una broma inocente. Mariana se rio, incómoda.

—Julián, no seas malo. A Elara todo le queda bien.

—Es jugando, es jugando —dijo él, pasándome el brazo por los hombros y dándome un beso en la sien—. Mi negrita sabe que la amo. ¿Verdad?

Asentí, forzando una sonrisa. Pero el comentario se me quedó clavado como una espina. Colores tristes.

Días después, vi mensajes en el teléfono de Julián. No es que yo revisara su teléfono, pero él lo dejó desbloqueado sobre la mesa mientras iba al baño. Vi el nombre de Mariana en la pantalla. Había muchos emojis. Demasiados emojis de fuego y caritas guiñando el ojo.

Cuando regresó, me armé de valor.

—Julián… ¿por qué hablas tanto con Mariana?

Su cara cambió instantáneamente. La tormenta estalló en sus ojos.

—¿Me estás revisando el teléfono?

—No, estaba ahí. Vi las notificaciones.

—Eres increíble, Elara. Eres una tóxica. Mariana es tu amiga. Solo le estaba preguntando por una tarea y bromeando un poco. ¿Ahora no puedo tener amigas? ¿Tengo que pedirte permiso para respirar?

—No es eso, es que… los mensajes se veían raros.

—Estás loca. En serio, estás paranoica. Seguro es tu ansiedad esa inventando cosas. —Se pasó las manos por el cabello, frustrado—. No puedo con esto. En mi casa me joden, y llego aquí buscando paz y tú me jodes con celos estúpidos.




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