Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 7. La teoría del caos y un chiste malo.

Hay personas que entran a tu vida de puntillas, pidiendo permiso, y se ganan su lugar poco a poco, como Gabriel. Hay otras que entran como un huracán, desordenando todo a su paso, como Julián. Y luego están las personas que entran como si siempre hubieran tenido una copia de la llave de tu casa, se sientan en tu sofá y te hacen sentir que el vacío que tenías en la sala era porque ellos no estaban ahí.

Ese fue Andrés.

Llegamos a quinto año. El último nivel. El año de la Promoción. El ambiente en el Liceo Los Próceres había cambiado; ya no éramos los niños asustados de primero ni los invisibles de tercero. Éramos los reyes del patio. Las camisas azules se sustituyeron por las beige, un símbolo de estatus que nos daba una falsa sensación de madurez.

Mi relación con Julián seguía en su ciclo de romper y volver, drenándome la energía. Gabriel seguía siendo mi refugio artístico, y Las Reales mi ejército. Pero el destino, sabiendo que el futuro venía cargado de plomo, decidió enviarme un refuerzo de última hora.

Conocí a Andrés en una clase de Instrucción Premilitar, esa materia extraña donde nos hacían marchar bajo el sol de mediodía y aprender rangos militares que nunca usaríamos.

Nos reorganizaron las secciones para esa materia. Me tocó lejos de Gabriel y de las chicas. Me senté en el suelo de la cancha, abrazando mis rodillas, con esa ansiedad social familiar picándome la nuca.

—¿Este puesto está ocupado o lo estás guardando para tu amigo imaginario?

Levanté la vista. Un chico alto, de hombros anchos y una sonrisa que ocupaba la mitad de su cara, me miraba desde arriba. Tenía el cabello corto, estilo militar, probablemente para complacer al instructor, y unos ojos vivaces que brillaban con picardía.

—Está libre —murmuré.

Se dejó caer a mi lado con la gracia de un elefante en una cristalería, soltando un suspiro exagerado.

—Gracias a Dios. Si seguía parado me iba a derretir. Soy Andrés. Andrés con acento en la E, de Éxito. O de Estúpido, depende de a quién le preguntes.

Solté una risa involuntaria. Fue automático. Andrés tenía esa cualidad: su energía era contagiosa. No te pedía permiso para hacerte reír, simplemente te hackeaba el sistema.

—Soy Elara.

—Elara. Suena a nombre de elfa del Señor de los Anillos. Me gusta. —Sacó un paquete de chicles de su bolsillo y me ofreció uno—. ¿Quieres? Son de menta. Ideales para disimular que no nos hemos cepillado los dientes después de la empanada del recreo.

Acepté el chicle. Y así, con esa simplicidad absurda, nació una de las amistades más importantes de mi vida.

Andrés no era un artista torturado como Gabriel, ni un chico malo como Julián. Andrés era… normal. Pero una normalidad brillante. Le gustaba el fútbol, hacía chistes malos compulsivamente y tenía una obsesión con las películas de superhéroes. Parecía no tener filtros, ni oscuridades.

Pero, como descubrí pronto, ser humano implica cometer errores.

Nuestra amistad avanzó rápido. Él se integró al grupo de Las Reales con una facilidad pasmosa, a Camila le encantaba que él no se dejara intimidar por ella, y a Sofía le gustaba que él se aprendiera los nombres de los integrantes de One Direction solo para molestarla.

Sin embargo, a las dos semanas de conocernos, tuvimos nuestro primer y único conflicto real.

Yo estaba en uno de mis días bajos. Julián me había dejado en visto por veinte horas después de una discusión absurda sobre por qué yo no quería enviarle fotos más atrevidas. Mi ansiedad estaba disparada. Estaba sentada en la grada, con los ojos llorosos, sintiéndome pequeña y usada.

Andrés llegó, se sentó a mi lado y, al verme así, intentó usar su herramienta favorita: el humor.

—Oye, Elara, ¿otra vez llorando por el principito oscuro? —dijo, dándome un codazo suave—. En serio, chama, búscate otro. Hay muchos peces en el mar. O mejor, búscate un gato. Los gatos no joden tanto.

Lo dijo con buena intención. Lo dijo para hacerme reír. Pero en ese momento, su comentario se sintió como si minimizara mi dolor, como si lo que yo sentía fuera una tontería fácil de resolver.

Exploté.

—¡Tú no entiendes nada, Andrés! —le grité, poniéndome de pie. La gente alrededor se giró a mirar—. ¡No es tan fácil! ¡No es un chiste! Deja de creer que todo en la vida se soluciona con una broma estúpida. ¡Eres un inmaduro!

Agarré mi bolso y me fui corriendo, dejándolo ahí, con la boca abierta y la sonrisa borrada de un plumazo.

Pasé el resto del día evitándolo. Me sentía mal por haberle gritado, pero también sentía que él había cruzado una línea. Julián siempre me decía que yo era una intensa, y escuchar a Andrés banalizar mi sufrimiento solo confirmaba esa inseguridad.

Al día siguiente, llegué al liceo preparada para la incomodidad. Esperaba que Andrés me ignorara, o que se pusiera a la defensiva, o que hiciera un chiste sarcástico sobre mi berrinche. Eso es lo que hacía Julián: voltear la tortilla y hacerme sentir culpable.

Pero Andrés no era Julián.

Cuando llegué a mi pupitre, encontré una nota doblada y un chocolate Savoy, un lujo en plena crisis económica.




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