El último día de clases de quinto año no se vive, se alucina. Es una histeria colectiva. Después de cinco años de quejas, exámenes de Física que parecían torturas medievales y madrugadas de estudio, de repente, el infierno del Liceo Los Próceres nos parecía el paraíso perdido.
Ese día, la tradición dictaba que las camisas beige del uniforme debían dejar de ser ropa para convertirse en lienzos. Todo el mundo cargaba un marcador permanente en la mano.
—Fírmame aquí, cerca del corazón —le dijo Sofía a Gabriel, dramática como siempre, señalando su bolsillo izquierdo.
Gabriel se rio y escribió una clave de sol torcida.
—Listo. Ahora vales millones.
Yo estaba en el medio del patio, sintiéndome extrañamente ligera. Mi camisa ya estaba llena de garabatos: “Nunca cambies”, “La escritora del salón”, “Nos vemos en el éxito”.
Andrés se acercó con un marcador rojo, destapándolo con los dientes.
—A ver, Elara. Date la vuelta.
Me giré. Sentí la punta del marcador haciéndome cosquillas en la espalda.
—¿Qué estás escribiendo? —pregunté—. Si pones algo obsceno, te mato.
—Estoy escribiendo una dedicatoria muy seria —respondió él—. Listo.
Me giré para intentar ver, pero era imposible.
—¿Qué dice?
Andrés sonrió con esa sonrisa de niño travieso.
—Dice: “Si te haces famosa y me niegas el saludo, publicaré tus fotos de la etapa de los frenillos”.
Me reí y le di un empujón.
—Idiota. —Le quité el marcador y escribí en su manga: “Al único hombre que me hace reír (y enojar) en menos de 5 segundos”.
Julián nos observaba desde una columna cercana. No se había unido a la euforia general. Estaba fumando un cigarrillo a escondidas, con el uniforme impecable, sin una sola firma. Cuando me acerqué, tiró la colilla y la pisó.
—¿No vas a dejar que te firmen? —le pregunté, intentando contagiarle mi alegría.
—Son estupideces, Elara. Es una camisa vieja. La voy a quemar cuando llegue a mi casa.
—Bueno… ¿me firmas la mía?
Julián me miró, luego miró a Andrés que estaba bromeando con Camila a lo lejos. Me quitó el marcador de la mano. No buscó un espacio pequeño. Escribió su nombre, JULIÁN, en letras gigantescas que ocupaban casi toda la parte baja de mi espalda, tachando un par de firmas de otras personas en el proceso.
—Listo —dijo, tapando el marcador con fuerza—. Para que sepan de quién eres.
En ese momento, lo tomé como un gesto de amor posesivo, casi romántico. Quiere que el mundo sepa que estamos juntos. No vi que me estaba marcando como a ganado, tachando a los demás para que solo él fuera visible.
La semana siguiente llegó la noticia que definiría mi futuro inmediato. O eso creía.
Estaba en la computadora de mi casa, refrescando la página del correo electrónico cada cinco segundos. Mis manos sudaban.
—Elara, vas a romper la tecla F5 —dijo mi mamá, pasando con una cesta de ropa sucia, pero se detuvo detrás de mí, igual de nerviosa.
Entonces, apareció.
Remitente: Universidad Privada del Este (UPE). Asunto: Carta de Admisión.
Hice clic.
“Estimada Elara: Nos complace informarle que ha sido seleccionada para formar parte de la Escuela de Diseño Gráfico…”
Grité. No fue un grito bonito, fue un chillido agudo que asustó al perro de los vecinos. Mi mamá soltó la cesta y me abrazó. Mi papá llegó corriendo de la cocina con el cucharón de la sopa en la mano.
—¡Entré! ¡Voy a ser diseñadora! —lloré, saltando en la silla.
Mis padres se miraron. Hubo un segundo de silencio, una mirada cargada de cálculo mental que en ese momento no supe interpretar. Era la mirada de dos personas que sabían cuánto costaba esa universidad y cuánto ganaban ellos en bolívares devaluados.
Pero mi papá sonrió, se acercó y me besó la frente.
—Estamos muy orgullosos, hija. No sé cómo, pero vamos a hacer el esfuerzo. Tú vas a tener el título que nosotros no tuvimos. Vas a estudiar en aire acondicionado, como la gente decente.
Esa noche, salí a celebrar con Las Reales. Fuimos a comer pizza. Todo era risas, planes de futuro. Camila iba a estudiar Comunicación Social, Valeria Artes Plásticas, Sofía Mercadeo. Todas íbamos a universidades privadas o autónomas de prestigio.
—¡Por nosotras! —brindó Camila con un vaso de Pepsi—. Porque Valeriana nos queda chiquita.
Luego, me encontré con Julián.
Su reacción fue… tibia.
Estábamos sentados en la plaza. Le mostré el correo en mi teléfono, esperando que me abrazara, que me dijera que era brillante.
—Ah, qué fino —dijo, sin mucho entusiasmo—. La Universidad del Este. Esa es de niños ricos, Elara.
—Es la mejor en Diseño, Julián. Tienen los mejores equipos.
—Sí, claro. Ahora vas a estar rodeada de tipos con carros del año y ropa de marca. Te vas a olvidar de mí. Yo voy a tener que ir a un tecnológico chimbo porque mi papá no va a pagarme una privada ni de vaina.