Hay un sonido específico que hacen los sueños cuando se rompen. No es un estallido, ni un cristal que cae. Es más bien un suspiro. Es el sonido del aire saliendo de un pulmón que se cansa de aguantar la respiración bajo el agua. Es el sonido silencioso de una calculadora que arroja un número rojo que no puedes cubrir.
El segundo semestre había comenzado con una tensión que se podía cortar con un cuchillo exacto. En Valeriana, los precios no subían por escalera; subían por ascensor de alta velocidad. Lo que costaba un café el lunes, el viernes ya no te alcanzaba ni para el vaso vacío.
Yo intentaba ignorarlo. Me refugiaba en mis clases de Tipografía y Teoría del Color. Caminaba por los pasillos refrigerados de la UPE como si fuera una turista en un país extranjero, sabiendo que mi visa estaba por expirar, pero rezando para que nadie se diera cuenta.
Ese martes, llegué a casa temprano. El profesor de Historia del Arte había faltado. Al abrir la puerta, el silencio de la casa me golpeó de frente. No era un silencio de paz; era un silencio de luto.
Mis padres estaban sentados en la mesa del comedor. No había comida servida. Solo había papeles. Estados de cuenta, recibos de luz, y una circular impresa con el logo de la universidad.
Mi papá tenía la cabeza entre las manos. Mi mamá miraba por la ventana, con los ojos rojos.
El ruido estático de mi ansiedad se encendió al máximo volumen. Peligro. Peligro.
—¿Qué pasó? —pregunté, dejando mi carpeta de dibujo en el sofá con un cuidado absurdo, como si el movimiento brusco pudiera detonar una bomba.
Mi papá levantó la cara. Parecía haber envejecido diez años en una mañana.
—Elara, siéntate, por favor.
Me senté. Mis piernas temblaban.
—Llegó el nuevo ajuste de la matrícula —dijo mi papá, con la voz ronca—. Aumentaron un 400% respecto al mes pasado. Dicen que es por la inflación, por el dólar, por… por todo.
Cuatrocientos por ciento. El número rebotó en mi cabeza sin sentido. Era una cifra ridícula. Era una cifra imposible.
—Bueno… podemos pedir un préstamo —sugerí, desesperada—. O puedo vender mis diseños. Ya vendí un logo la semana pasada…
—Hija —me interrumpió mi mamá, girándose. Tenía lágrimas corriendo por sus mejillas—. Ya pedimos los préstamos. Ya vendimos el carro. Ya recortamos la comida. No nos dan los números. Simplemente… no nos dan. Aunque dejáramos de comer, no podríamos pagar ni la mitad de este semestre.
El mundo se detuvo.
Miré a mi alrededor. La casa humilde, los muebles viejos, el esfuerzo titánico de dos personas honestas que trabajaban de sol a sol. Y entendí. Entendí que la batalla estaba perdida antes de pelearla. Valeriana había ganado.
—¿Tengo que dejarla? —pregunté. Mi voz sonó pequeña, infantil.
Mi papá estiró la mano y apretó la mía. Su mano callosa temblaba.
—Perdónanos, Elara. Te juro que lo intentamos. Perdónanos por no poder darte lo que mereces.
—No es culpa de ustedes —dije, aunque por dentro quería gritar, romper cosas, culpar a alguien. Al gobierno, al rector, al universo—. No es culpa de nadie.
Esa noche no dormí. Pasé las horas mirando el techo, calculando mentalmente futuros alternativos que ya no iban a suceder. No me graduaría con mis amigos de la UPE. No sería la diseñadora estrella. Mañana tendría que ir a firmar mi renuncia.
—
El proceso de retirarse de la universidad fue burocrático y frío.
Fui a la oficina de Control de Estudios. El aire acondicionado estaba tan fuerte que me dolían los huesos.
—Vengo a retirar mis papeles —le dije a la secretaria, una mujer con cara de aburrimiento que masticaba chicle.
—¿Motivo? —preguntó, sin mirarme, con los dedos listos sobre el teclado.
Dudé. ¿Qué le decía? ¿Qué mi país me había expulsado? ¿Qué mis sueños eran demasiado caros?
—Económico —susurré.
Ella asintió, indiferente.
—Como la mitad de la facultad este mes. Nombre y cédula.
Entregué mi carnet estudiantil. Ese pedazo de plástico con mi foto sonriendo, llena de esperanza, que me habían dado hacía menos de un año. La secretaria lo tomó y lo lanzó en una caja llena de otros carnets. El sonido del plástico chocando con otros plásticos fue el punto final de mi carrera.
Salí del edificio con mis papeles en un sobre manila bajo el brazo. El sol de mediodía me cegó. El calor me abrazó con su habitual crueldad. Ya no era estudiante de la UPE. Ahora era una desempleada, una nini, (ni estudia ni trabaja), una estadística más del fracaso nacional.
Necesitaba consuelo. Necesitaba que alguien me dijera que todo iba a estar bien, que mi talento no dependía de un edificio.
Llamé a Julián.
—¿Dónde estás? —le pregunté, aguantando las ganas de llorar.
—En la casa. ¿Por qué? ¿No tienes clase?
—No. Ven a buscarme a la plaza, por favor. Necesito verte.