Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 11. La habitación oscura y el eco del vacío.

La depresión no es siempre llanto. A veces es simplemente ausencia. Es despertarse y sentir que la gravedad se ha duplicado, que levantar el brazo para apagar la alarma requiere una energía que no tienes. Es mirar la pared blanca de tu cuarto y encontrarla más interesante que el mundo exterior, porque la pared no te pide nada, no te cobra matrículas y no te juzga.

Pasaron semanas. Luego, meses.

Mi cuarto se convirtió en mi búnker. Las persianas permanecían bajadas las veinticuatro horas, creando un crepúsculo eterno que confundía al reloj biológico. Dejé de diferenciar los lunes de los domingos. Dejé de dibujar. Dejé de escribir. Incluso dejé de leer, porque leer requería imaginar otros mundos, y mi cerebro estaba demasiado ocupado sobreviviendo en este.

Mi mamá entraba a veces, con pasos suaves, como si estuviera visitando a un enfermo terminal.

—Elara, te hice una arepa —decía, dejando el plato en la mesita de noche—. Come un poquito, por favor.

Yo asentía, me daba la vuelta y me tapaba con la sábana hasta la cabeza. Comía cuando el hambre dolía más que la tristeza, que no era muy seguido.

Mis amigas, intentaron sacarme.

Valeria venía y se acostaba a mi lado en la cama, sin decir nada, respetando mi silencio. Camila me mandaba audios furiosos ordenándome que me levantara y me bañara. Sofía me etiquetaba en memes para intentar sacarme una sonrisa.

Pero yo estaba detrás de un vidrio blindado. Las veía, las oía, pero no podía tocarlas.

Y luego estaba Julián.

Julián venía a verme, sí. Pero sus visitas no eran un consuelo; eran una auditoría.

Entraba al cuarto con esa energía nerviosa suya, oliendo a calle y a cigarrillo, y se sentaba en el borde de la cama. Al principio, intentaba ser amable, pero su paciencia era una mecha corta.

—¿Todavía estás así? —me preguntó una tarde, tres semanas después de mi retiro de la universidad. Yo estaba en pijama, con el cabello sucio.

—No me siento bien, Julián.

—Ya sé, Elara. Pero ya pasó. Es solo una carrera. No se murió nadie. —Se levantó y empezó a caminar por el cuarto, tocando mis cosas—. Yo también la estoy pasando mal, ¿sabes? Mi papá no ha mandado plata este mes. Mi mamá está insoportable. Necesito que salgamos, que nos distraigamos. Me estoy volviendo loco en esa casa.

—No puedo salir. Me da ansiedad solo de pensarlo.

Él soltó un bufido de exasperación.

—Eres muy intensa, chama. De verdad. Me agobias con tanta negatividad. Yo vengo aquí buscando apoyo, buscando a mi novia, y me encuentro con un bulto en la cama.

—Estoy deprimida, Julián. ¿No entiendes lo que es eso?

—Todos estamos deprimidos, Elara. ¡Vivimos en Valeriana! —gritó, abriendo los brazos—. Pero la gente sigue. La gente se levanta. Tú te estás dando el lujo de tirarte a morir porque tus papás te mantienen. Si tuvieras que trabajar para comer como yo, se te quitaría la pendejada rápido.

Sus palabras fueron ácido. Me hicieron sentir culpable, inútil, una niña mimada. Y lo peor es que una parte de mí le creía.

—Vete —susurré, con lágrimas de rabia en los ojos.

—Me voy. A ver si cuando vuelva ya se te pasó el berrinche.

Salió dando un portazo.

Esa tarde, mi teléfono vibró. Pensé que era él disculpándose, pero era un número que no tenía guardado, aunque reconocí la foto de perfil: era Marcos, el hermano del medio de Julián.

Marcos: Epa, Elara. Soy Marcos. Julián llegó a la casa echando chispas. Dijo que pelearon.

No respondí. No tenía fuerzas.

Marcos: Mira, no me pares bola si no quieres, pero quería decirte que no le hagas caso. Él es un idiota cuando está estresado. Te extrañamos por aquí. Bueno, yo te extraño. Sebastián sigue en su mundo y mi mamá… bueno, tú sabes.

Leí el mensaje y sentí una punzada de calidez en el pecho congelado.

Yo: Gracias, Marcos. No estoy pasando un buen momento.

Marcos: Tranquila. Tómate tu tiempo. Pero no dejes que Julián te haga sentir culpable. Él no sabe manejar las emociones de los demás porque no sabe manejar las suyas. Recupérate, cuñada. Te guardo torta si mi mamá hace.

Marcos era la prueba viviente de que se podía crecer en el mismo infierno y no convertirse en demonio.

El punto de quiebre llegó un mes después.

Mi TEPT, que se había alimentado del encierro y la oscuridad, decidió hacerme una visita a gran escala.

Estaba sola en casa. Se fue la luz, algo habitual en San Marcos. El ventilador se detuvo. El silencio se hizo absoluto. De repente, sentí que las paredes se cerraban sobre mí. Empecé a hiperventilar. Mi corazón latía tan rápido que dolía. Sentí hormigueo en las manos, en la lengua. Me voy a morir. Me voy a morir aquí y nadie se va a dar cuenta.

Agarré el teléfono con manos torpes. Llamé a Julián. Era mi amor, mi persona. Tenía que ayudarme.




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