Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 12. Recursos Humanos en la selva de concreto.

Si la Universidad Privada del Este era Narnia, la Universidad Nacional Experimental (UNE) era Jumanji. Y no la versión divertida de la película, sino la parte donde te persiguen cazadores y mosquitos gigantes mientras intentas descifrar un mapa que está en un idioma que no hablas.

El primer día de clases llegué con el estómago hecho un nudo marinero. Me bajé del autobús a dos cuadras de la entrada porque había una protesta de trabajadores cerrando la avenida principal. El humo de cauchos quemados se mezclaba con el olor a empanada frita de los puestos ambulantes.

Caminé hacia la entrada. No había torniquetes digitales ni guardias de seguridad pidiéndote el carnet con amabilidad. Había un portón oxidado abierto de par en par, custodiado por perros callejeros que dormían la siesta bajo la sombra de un mural revolucionario despintado.

Me sentía una intrusa.

Llevaba mis jeans más sencillos y una camisa de algodón, intentando camuflarme, pero sentía que llevaba un letrero de neón en la frente que decía: “Ex niña rica caída en desgracia”. Miraba a los demás estudiantes: chicos con ropa desgastada, mujeres mayores con carpetas bajo el brazo, tipos con pinta de estar ahí más por la política que por el estudio.

—¡Elara!

El grito me hizo saltar. Busqué entre la multitud y vi una cabellera conocida agitando la mano.

Sofía.

Corrí hacia ella como quien corre hacia un bote salvavidas en medio del Titanic.

—¡Sofi! —La abracé fuerte. Olía a su perfume dulce de siempre, un ancla olfativa a mi vida anterior.

—¡Qué bueno que viniste! —dijo ella, separándose y mirándome con una sonrisa radiante—. Tu mamá me llamó para decirme que te habías inscrito. Estaba preocupada de que te arrepintieras a última hora.

—Lo pensé —admití, mirando a mi alrededor con desconfianza—. Esto es… intenso.

—Es una locura, pero te acostumbras —dijo Sofía con un pragmatismo que me sorprendió. Ella, que siempre había sido la fanática soñadora, parecía moverse en este caos como pez en el agua—. Yo estoy en Mercadeo. Mi edificio es aquel —señaló una torre de concreto llena de grafitis—, y el tuyo de Recursos Humanos es el de allá, el que tiene forma de cubo. Vamos, te acompaño.

Caminamos juntas. Sofía me contó que ella también había tenido que optar por la pública.

—Mis papás no podían pagar la Católica. Lloré dos días, pero bueno, aquí estamos. La carrera es buena, los profesores son unos cracks, aunque a veces no vienen porque no les pagan. Hay que adaptarse, Elara. Survivor edición universitaria.

Me dejó en la entrada de mi facultad.

—Nos vemos en el almuerzo. Busca un árbol con sombra, porque la cafetería es un horno. ¡Suerte!

Entré a mi primera clase: Introducción a la Administración.

El salón era un horno, literalmente. Los ventiladores de techo estaban ahí, pero las aspas estaban inmóviles, como hélices de aviones estrellados. Las ventanas estaban abiertas para dejar entrar algo de aire, pero solo entraba el ruido de la calle.

Busqué un pupitre. La mitad estaban rotos o cojos. Encontré uno decente al fondo y me senté, limpiando el polvo con un pañuelo.

Miré a mis compañeros. No eran los chicos alternativos y creativos de Diseño.

A mi lado se sentó una señora de unos cuarenta años, con uniforme de enfermera en su bolso.

—Buenas —me dijo, secándose el sudor de la frente—. ¿Sabes si el profesor llega puntual? Tengo guardia en el hospital a las tres.

—No sé, es mi primer día —susurré.

—El mío también. Soy Carmen. Estoy estudiando esto para ver si me ascienden a administrativa y dejo de doblar turnos.

Carmen. Una mujer con una vida real, con problemas reales, sentada al lado de mí, que estaba ahí porque mi mamá me había obligado a salir de la cama. Me sentí pequeña. Me sentí ridícula por haber llorado tanto por “mis sueños artísticos” cuando había gente luchando por comer.

El profesor no llegó.

Después de cuarenta minutos de espera sudorosa, un estudiante del centro de estudiantes entró y anunció:

—Compañeros, el profesor Martínez no viene hoy. Está en paro por el ajuste salarial. Nos vemos la próxima semana.

Bienvenidos a la UNE.

Salí del salón frustrada, pero también extrañamente aliviada. No había tenido que interactuar.

Fui a buscar a Sofía, pero me perdí en los pasillos laberínticos. Terminé en una especie de plaza interna, donde un grupo de estudiantes debatía a gritos sobre política.

Saqué mi teléfono para llamar a Julián. Necesitaba escuchar su voz.

—¿Qué pasó? ¿Ya te robaron? —fue su saludo al contestar. Se rio de su propio chiste.

—No, idiota. El profesor no vino. Esto es un desastre, Julián. Hace calor, está sucio… me quiero ir a mi casa.

—Bueno, bienvenida al mundo real, princesa —dijo él, con ese tono de superioridad que últimamente usaba conmigo—. Así es la vida de la mayoría. Acostúmbrate. Por lo menos es gratis. Yo ni siquiera puedo ir a esa porque no tengo para el pasaje diario.




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