Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 13. La lealtad a prueba de balas.

Si la universidad pública era una selva, Andrés era el guía turístico que hacía chistes sobre los leones para que no te dieras cuenta de que te querían comer.

Él estudiaba Ingeniería Civil en otra universidad pública, el Politécnico, que quedaba al otro lado de la ciudad. Sin embargo, misteriosamente, aparecía en mi facultad al menos dos veces por semana.

—Tengo un don para la teletransportación —decía, llegando con la camisa sudada y dos cafés aguados en la mano—. Y también tengo un don para escaparme de clases de Cálculo III porque el profesor tiene un aliento que derrite el concreto.

Tener a Andrés cerca era tener un seguro de vida contra la amargura. Mientras Julián se hundía en su pantano de quejas y cinismo, Andrés usaba el humor como escudo y espada. No es que ignorara la crisis de Valeriana; la vivía igual que todos. Sus zapatos tenían suelas gastadas y su teléfono tenía la pantalla astillada, pero él se negaba a darle al país el gusto de verlo derrotado.

—Mira el lado bueno, Elara —me dijo un martes, sentados en las escaleras de la UNE mientras yo me quejaba de que no tenía dinero para las copias—. Con tanta caminata porque no hay transporte, vamos a tener las piernas más tonificadas del continente. Cuando todo esto pase, seremos modelos de fitness.

—Eres un idiota —le dije, riéndome a pesar de mi estrés.

—Soy un visionario. Es diferente.

Pero Andrés no era perfecto. Y eso era lo que lo hacía real.

A veces era despistado hasta la exasperación. Olvidaba contestar mensajes importantes por días. Una vez, quedamos en estudiar juntos y me dejó plantada dos horas porque se quedó jugando fútbol y perdió la noción del tiempo.

Yo estaba furiosa. Cuando finalmente llegó, con la cara roja y el uniforme sucio, me preparé para gritarle.

—¡Eres un irresponsable, Andrés! —le solté en la entrada de la biblioteca—. Mi tiempo vale, ¿sabes?

Él no puso excusas. No dijo “se me accidentó el autobús” ni “mi mamá me llamó”, las típicas mentiras de Julián. Se paró frente a mí, bajó la cabeza y me miró con sinceridad brutal.

—La cagué, Elara. Tienes razón. Me distraje y fui un mal amigo. No tengo excusa. —Metió la mano en su mochila y sacó un mango que probablemente había arrancado de un árbol en el camino—. No tengo dinero para chocolates hoy, pero te traje este mango de la paz. Está maduro. Lo revisé.

Miré el mango. Miré su cara de arrepentimiento genuino. Mi rabia se desinfló como un globo pinchado.

—Lávalo antes de que me lo coma —ordené, intentando mantener la seriedad.

—A la orden, jefa.

Esa capacidad de reparar era lo que lo diferenciaba de todos los demás hombres en mi vida. Julián rompía y culpaba al vidrio por ser frágil. Andrés rompía, pedía escoba y pala, y te ayudaba a recoger los pedazos sin que te cortaras.

La prueba de fuego de nuestra amistad llegó un jueves por la tarde.

Fue la tormenta perfecta. Esa mañana, la profesora Maritza nos había asignado un trabajo final imposible. Mi mamá me había llamado llorando porque no conseguía pastillas para la tensión de mi abuela. Y Julián… Julián me había mandado un mensaje devastador antes de entrar a clase:

“No voy a poder verte el fin de semana. Voy a salir con unos panas. Necesito espacio. Estás muy intensa últimamente y me ahogas.”

La palabra ahogas se me quedó atascada en la garganta.

Salí de la clase sintiendo que el aire del pasillo se había vuelto sólido. El ruido de los estudiantes gritando, el calor, el olor a fritura… todo se amplificó.

Mi visión se nubló. El pecho se me cerró como si tuviera un cinturón de acero apretándome las costillas.

Un ataque de pánico. Y esta vez, era de los grandes.

Me metí en el primer baño que encontré. Estaba sucio y olía a cloro rancio. Me encerré en un cubículo, me senté sobre la tapa del inodoro y empecé a jadear.

No puedo. No puedo con esto. No puedo con la universidad. No puedo con Julián. No puedo con el país.

Saqué el teléfono. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae.

No llamé a Julián. Sabía que me diría que era un drama. Sabía que me dejaría sola.

Busqué el contacto de Andrés.

—¿Aló? —Su voz sonaba lejana.

—Andrés… —Fue un susurro estrangulado—. Estoy en el baño del piso 2. No… no puedo salir.

—Voy. No te muevas.

No preguntó qué pasaba. No preguntó por qué. Solo dijo “Voy”.

Llegó en tiempo récord. No sé cómo entró al baño de mujeres (probablemente ignoró los gritos de alguna señora de limpieza), pero de repente vi sus zapatos deportivos gastados por debajo de la puerta del cubículo.

—Elara, soy yo. Abre.

Abrí el pestillo. Andrés entró y cerró la puerta detrás de él, creando un micro-mundo de privacidad en medio del caos. Me vio temblando, con la cara bañada en lágrimas y mocos, hiperventilando.

No me dijo “cálmate”. No me dijo “todo va a estar bien”.




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