En mi clase de Toma de Decisiones, aprendí un concepto que me golpeó más fuerte que cualquier ruptura amorosa: la Falacia del Costo Hundido.
La teoría explica que los seres humanos tendemos a seguir invirtiendo tiempo, dinero o esfuerzo en un proyecto fallido simplemente porque ya hemos invertido mucho en él. Nos da terror admitir que perdimos. Preferimos seguir perdiendo poco a poco durante años, que cortar la pérdida de golpe y aceptar el fracaso.
Yo no lo sabía entonces, pero mi relación con Julián era un ejemplo de libro de texto de un costo hundido.
Llevábamos cinco años. Cinco años de mensajes de madrugada, de cartas en servilletas, de peleas en plazas y reconciliaciones bajo la lluvia. Había invertido mi adolescencia entera en él. ¿Cómo iba a rendirme ahora? ¿Cómo iba a aceptar que todo ese dolor no había servido para nada?
Pero la realidad, terca como es, empezaba a gritar lo que yo me negaba a oír.
Julián ya no era mi novio; era mi trabajo de tiempo completo. Un trabajo no remunerado, sin vacaciones y con un jefe tirano que siempre cambiaba las reglas.
Mientras yo me adaptaba a la selva de la UNE, descubriendo una extraña satisfacción en la Psicología Laboral y riéndome de las desgracias con Andrés, Julián se calcificaba. Se había convertido en una estatua de sal, mirando eternamente hacia atrás, hacia lo que pudo ser y no fue.
Una tarde de mayo, salí de un examen de Estadística. Tenía el cerebro hecho polvo, pero estaba feliz. Había logrado resolver los ejercicios de probabilidad.
Julián me esperaba en la salida. No se veía bien. Estaba más delgado, con la ropa un poco sucia y esa aura gris que ahuyentaba hasta a los perros callejeros.
—Hola —dijo, sin besarme. Ni siquiera me miró a los ojos; miraba mi bolso—. ¿Tienes efectivo? Necesito comprar cigarros y no tengo ni un bolívar.
Mi sonrisa se apagó.
—Hola a ti también, amor. Me fue bien en el examen, gracias por preguntar.
Él rodó los ojos.
—Qué bueno, Elara. Felicidades. ¿Tienes el efectivo o no?
—Julián, es lo del pasaje de la semana. Si te lo doy, me tengo que ir caminando a la casa. Son cuarenta minutos bajo el sol.
—Por favor, Elara. Estoy desesperado. Mi ansiedad me está matando. Tú sabes cómo me pongo. —Me miró con esa expresión de cachorro herido que solía derretirme. Ahora, solo me cansaba—. Hazlo por mí. Yo te lo pago después.
Sabía que era mentira. Nunca me pagaba.
Pero se lo di.
Le di mis billetes arrugados. Él los tomó rápido, casi con violencia, y su humor cambió al instante.
—Eres la mejor. Te amo. Nos vemos mañana, ¿sí? Voy a comprar esto rápido.
Se fue. Me dejó ahí parada, sin dinero, sin un “te quiero” sincero, solo utilizada como un cajero automático emocional y financiero.
Caminé a casa bajo el sol de las tres de la tarde. El asfalto quemaba a través de las suelas de mis zapatos. Sudaba. Me dolía la cabeza. Y mientras caminaba, pensaba en Andrés.
Andrés jamás me hubiera pedido el dinero de mi pasaje. Andrés me hubiera dado el suyo y se hubiera ido caminando él, haciendo chistes sobre cómo necesitaba broncearse.
La comparación era inevitable. Y letal.
Esa semana, ocurrió el incidente que marcó la grieta definitiva.
Yo había empezado a retomar, tímidamente, mi lado creativo. Necesitaba dinero extra, así que empecé a hacer trabajos de transcripción y a diseñar diapositivas para las tesis de otros estudiantes. Era algo pequeño, pero me hacía sentir útil.
Con mi primer pago grande, decidí invitar a Julián a comer. Quería tener una cita normal. Quería fingir que éramos una pareja feliz de veinte años y no dos sobrevivientes de un naufragio.
Fuimos a una pizzería económica.
Yo estaba emocionada. Me había arreglado.
Julián llegó tarde, con cara de pocos amigos. Se sentó y miró el menú con asco.
—Esto está carísimo —dijo.
—No importa, yo invito. Gané un dinero extra con unas diapositivas.
—Ah, claro. La magnate del diseño. —Hizo una mueca—. Debe ser fino que todo te salga bien.
—Julián, no empieces. Quiero que tengamos una noche bonita.
—Es difícil tener una noche bonita cuando tu vida es una mierda, Elara. Hoy mi papá me dijo que me pusiera a trabajar de albañil si no iba a estudiar. De albañil. ¿Te imaginas? Yo no nací para eso.
—No tiene nada de malo ser albañil, pero tú puedes hacer otras cosas. Eres inteligente. ¿Por qué no intentas vender algo? O aprender a reparar teléfonos. Tienes habilidad manual.
—¿Reparar teléfonos? —Me miró como si lo hubiera insultado—. Yo no voy a ser el técnico ese que estafa a la gente. Yo quiero algo grande. Quiero irme de este país.
—Para irse hay que tener plata, Julián. Y para tener plata hay que trabajar.
—Tú hablas muy fácil porque tus papás te resuelven y ahora te ganas tus dolaritos haciendo dibujitos. No entiendes la presión real.