Si pudiera viajar en el tiempo, no viajaría para matar a Hitler ni para ver dinosaurios. Viajaría a la mañana del 30 de junio de 2019. Viajaría solo para congelar el sol en el cenit, para impedir que la tarde cayera y que la noche llegara.
Ese domingo amaneció con una insolencia brillante. El cielo de Valeriana estaba pintado de ese azul saturado, casi irreal, que solo se ve en el trópico cuando ha llovido la noche anterior y el aire está limpio. No había bruma, no había humo de protestas, no había nubes grises.
Era un día mentiroso. Un día que te prometía que la vida era bella y eterna.
Me desperté tarde, cerca de las diez. Mi teléfono tenía una notificación de WhatsApp que brillaba en la pantalla de bloqueo.
Andrés (09:45 AM): Nota de voz (0:35)
Le di play mientras me estiraba en la cama, con la luz del sol entrando por las rendijas de la persiana que mi mamá había abierto.
—Epa, hermanita, buenos días. Reportándome desde la base de operaciones, o sea, mi cama, porque qué flojera —su voz sonaba rasposa, de recién despierto, pero llena de esa risa implícita que siempre tenía—. Mira, activo hoy. Esta noche es la fiesta en Los Naranjos, en casa del primo de Luis. No me vayas a dejar morir, que quiero bailar. Y dile al amargado de tu novio que vaya, que prometo no hacer chistes sobre su cara de estreñimiento. ¡Actívate!
Sonreí. Fue una sonrisa automática, fácil.
Reproduje el audio una segunda vez. No sabía entonces que ese archivo de audio de treinta y cinco segundos se convertiría en mi reliquia más sagrada. No sabía que memorizaría cada pausa, cada respiración, el sonido de fondo de un perro ladrando en su casa.
Le respondí escribiendo: Buenos días, fastidioso. Sí vamos. Julián está medio raro, pero yo lo convenzo. No prometo que baile reguetón, pero prometo que irá.
Andrés: Con tal de que vaya y no te deje plantada, todo bien. Te quiero, Elara. Nos vemos allá. Ponte bonita, aunque ya lo eres (chiste cursi del día, listo).
Me levanté con una energía inusual. La pelea con Julián en la pizzería había dejado cicatrices, sí, pero la reconciliación vía foto nostálgica había surtido efecto. Mi cerebro había decidido borrar lo malo y enfocarse en la esperanza. Hoy va a ser un buen día, me dije. Hoy vamos a estar bien.
Llamé a Julián cerca del mediodía.
—Hola —contestó. Se oía ruido de platos.
—Hola, amor. ¿Qué haces?
—Almorzando. Mi mamá hizo pasticho, milagro de Dios. —Su tono era neutro, ni cariñoso ni hostil. En nuestra escala de crisis, eso era un avance.
—Qué rico. Mira, ¿sigues en pie para lo de esta noche? La fiesta en Los Naranjos. Va a ir gente de la universidad, Andrés, los de Mercadeo…
Escuché un suspiro largo al otro lado de la línea.
—Ay, Elara… qué pereza. ¿En serio quieres ir a meterte allá? Los Naranjos es lejos. Y no tengo ánimo de ver gente fingiendo que son felices.
—Vamos, Julián. Por favor. Nos va a hacer bien salir. Despejarnos. Además, prometiste que íbamos a intentar estar bien. Quedarnos encerrados no ayuda.
Hubo un silencio. Sabía que estaba calculando. Sabía que no quería ir por mí, sino porque en su casa el ambiente debía estar tenso y cualquier escape era válido.
—Está bien —cedió finalmente—. Pero no nos quedamos hasta tarde. Y si me aburro, nos vamos.
—Trato hecho. Paso por ti a las siete.
Pasé la tarde arreglándome con una dedicación que no sentía hacía meses. Me alisé el cabello para domar mis rizos rebeldes. Me maquillé con cuidado, tapando las ojeras que la ansiedad y el estudio me habían dejado. Me puse un vestido negro sencillo que me hacía sentir un poco más adulta, un poco más diseñadora y menos estudiante de Recursos Humanos.
Me miré al espejo.
Vi a una chica de veinte años que intentaba desesperadamente sostener las paredes de su vida para que no se le cayeran encima. Pero se veía bonita. Se veía esperanzada.
Las cosas pueden mejorar, pensé. Tal vez Julián consiga trabajo. Tal vez yo termine la carrera. Tal vez Valeriana se arregle.
La esperanza es lo último que se pierde, dicen. Pero a veces, la esperanza es solo la venda que te pones antes del fusilamiento.
Salí de casa cuando el sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de naranja y violeta. El atardecer del 30 de junio fue espectacular. Parecía que el cielo se estaba incendiando.
Me encontré con Julián en la parada. Llevaba una camisa azul que resaltaba sus ojos, pero su expresión seguía siendo nublada.
—Te ves linda —dijo, dándome un beso en la mejilla. Fue un beso seco.
—Tú también te ves guapo.
Nos subimos a un taxi (un lujo que pagué yo con mis ahorros de las transcripciones para no ir en autobús y llegar sudados). El camino hacia la urbanización Los Naranjos fue silencioso. Julián miraba por la ventana, perdido en sus pensamientos. Yo le agarré la mano. Él no la apartó, pero tampoco la apretó. Era una mano inerte.
Llegamos a la casa.