Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 16. El sonido que rompió el mundo.

El caos no siempre avisa. A veces no hay nubes negras, ni música de suspenso, ni un frío repentino en el aire. A veces, el infierno se desata mientras suena una canción de Bad Bunny y tienes un vaso de ron con hielo derritiéndose en la mano.

Eran las 11:40 PM.

Julián y yo seguíamos en la esquina del patio, cerca de una pared de ladrillos cubiertos de hiedra. Él miraba su teléfono con el brillo al máximo, ignorando el ambiente. Yo escaneaba la multitud buscando una franela blanca. Buscando a Andrés.

—Ya se tardó mucho —murmuré, sintiendo una punzada de impaciencia que confundí con molestia—. Seguro se quedó hablando con alguien.

—O se fue con alguna chama —dijo Julián sin levantar la vista—. Déjalo quieto. Vámonos nosotros. Ya me quiero ir.

—Esperemos diez minutos más. No me voy a ir sin despedirme.

En ese instante, la atmósfera de la fiesta cambió. Fue sutil al principio, como una corriente de aire frío que entra por una ventana abierta. La música seguía sonando, pero las risas cerca de la entrada principal se cortaron de golpe.

Hubo un grito. No un grito de euforia, sino un grito masculino, ronco, lleno de rabia.

—¡¿Qué te pasa a ti, hijo de puta?!

La multitud se abrió como el Mar Rojo, pero no por un milagro, sino por miedo. Vi empujones. Vi un vaso volar por el aire, derramando líquido ámbar sobre las cabezas de la gente.

—Pelea —dijo Julián, guardando el teléfono y tensándose—. Vámonos, Elara. Esto se va a poner feo.

Me agarró del brazo para jalarme hacia la salida trasera, pero yo me resistí. Mi instinto no fue huir. Mi instinto fue buscar.

—¡Andrés está allá! —grité por encima de la música—. ¡Fue hacia allá a buscar hielo!

—¡No importa Andrés! ¡Camina!

Y entonces, sucedió.

El sonido.

No fue un bang cinematográfico y resonante. Fue un sonido seco. Pop. Como un cohete de navidad que explota antes de subir al cielo. Un sonido corto, metálico y definitivo.

Pop.

El tiempo se detuvo. Literalmente.

Por un segundo, nadie se movió. La música seguía sonando, ajena a la tragedia, un ritmo dembow incongruente con la muerte.

Luego, el silencio. Alguien apagó el equipo de sonido.

Y después, el caos absoluto.

Gritos. Esta vez eran gritos de terror. Gritos agudos que te rasgan los tímpanos. La gente empezó a correr en estampida. Sentí hombros golpeándome, codos en mis costillas. Julián me jalaba con fuerza hacia el portón, pero yo me solté.

—¡Tengo que buscarlo! —le grité, con el pánico inyectado en la sangre.

Corrí en contra de la marea humana. Empujé a gente que lloraba. Salté sobre vasos rotos.

Llegué al epicentro del círculo que se había formado cerca de la cava de las bebidas.

El olor a pólvora quemada se mezclaba con el olor a perfume y sudor.

Había alguien en el suelo.

Llevaba jeans azules.

Y una franela blanca.

Me detuve en seco. Mis rodillas chocaron entre sí.

—No —susurré. Mi voz no salió.

Era Andrés.

Estaba tendido boca arriba, sobre la grama sintética del patio. Tenía los brazos abiertos, relajados, como si se hubiera acostado a ver las estrellas. Sus ojos estaban abiertos, fijos en el cielo nocturno de Valeriana, reflejando las luces de la fiesta que ya nadie miraba.

No había sangre a borbotones como en las películas. Solo había un pequeño agujero oscuro en su pecho, justo en el centro, manchando la tela blanca de rojo oscuro, un círculo que crecía despacio, muy despacio.

Caminé hacia él. Mis piernas se movían solas, como si no me pertenecieran.

Me dejé caer de rodillas a su lado. Los vidrios del suelo se me clavaron en la piel, pero no sentí dolor.

—Andrés —lo llamé.

Esperé que se riera. Esperé que se levantara de un salto y dijera: “Caíste, era una broma, mira tu cara”. Esperé el chiste malo. Esperé el chocolate de disculpa.

Pero Andrés no se movió. No parpadeó. Su pecho no subía ni bajaba.

Su expresión no era de dolor. No había mueca de sufrimiento. Había… sorpresa. Una ligera sorpresa congelada en sus facciones, como si la muerte lo hubiera interrumpido a mitad de una frase ingeniosa.

Le toqué la mano.

Todavía estaba tibia. Hacía cinco minutos esa mano me había dado vueltas en un baile. Hacía cinco minutos esa mano estaba llena de vida.

—Andrés, levántate —le ordené, sacudiéndolo suavemente—. No es gracioso. Levántate, por favor. Tenemos que irnos. Julián se quiere ir.

Nada.

El silencio de su cuerpo era ensordecedor. Gritaba más fuerte que el escándalo a mi alrededor.

Una bala perdida. Un conflicto ajeno. Dos tipos peleando por una tontería, un arma sacada por rabia, un disparo al aire o mal apuntado. Y la trayectoria, esa línea invisible y maldita, había encontrado el corazón más noble de toda la fiesta.




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