La muerte tiene una burocracia espantosa. En las películas, cuando alguien muere, la escena se corta a negro y luego apareces en el cementerio, vestido de luto impecable, bajo una lluvia cinematográfica. En la realidad de Valeriana, la muerte es un trámite. Es esperar horas en la morgue con el olor a formol pegado en la ropa. Es contar el dinero para ver si alcanza para el ataúd o si hay que pedir prestado. Es buscar café y azúcar porque en la funeraria no hay.
Los dos días siguientes al 30 de junio fueron una neblina gris y espesa. Mi TEPT, que había estado latente, regresó con una violencia inusitada. No podía dormir. Si cerraba los ojos, escuchaba el pop seco del disparo. Si los abría, veía la franela blanca manchada de rojo.
El velorio fue en una capilla modesta en el centro de San Marcos. El aire acondicionado apenas funcionaba, y había moscas zumbando alrededor de las coronas de flores que empezaban a marchitarse por el calor.
Yo estaba sentada en una silla de plástico duro, mirando la caja de madera barnizada.
Ahí dentro estaba Andrés.
Mi amigo de los chistes malos. El de los mangos de la paz. El que me había salvado de un ataque de pánico en un baño sucio.
Me acerqué al ataúd una sola vez. Lo habían maquillado. Tenía las mejillas demasiado rosadas, antinaturales, intentando ocultar la palidez de la muerte. No se parecía a él. Andrés era movimiento, era risa. Esa estatua de cera no era mi amigo.
—Se ve tranquilo —susurró alguien a mi lado.
Quise gritar. No está tranquilo. Está muerto. Debería estar estudiando para su parcial de Cálculo. Debería estar enviándome notas de voz.
Busqué apoyo.
A mi derecha estaban Valeria y Camila. Valeria lloraba en silencio, con los ojos hinchados. Camila, con su habitual fuerza, sostenía la mano de la mamá de Andrés, sirviéndole agua, organizando a la gente. Ellas estaban ahí. Firmes.
A mi izquierda estaba Gabriel. Tenía la guitarra en la espalda, como siempre, pero esta vez parecía pesarle toneladas. No hablaba. Miraba el suelo con la mirada perdida. Había perdido a su compañero de bromas, al único otro chico que entendía nuestra dinámica.
Busqué a Sofía.
No estaba.
Le había escrito tres veces.
Revisé mi teléfono con manos temblorosas.
Sofía: Elara, perdóname. De verdad quería ir, pero tengo el final de Estadística mañana y si no paso, pierdo la beca. Sé que entiendes. Mándale mis condolencias a su mamá. Lo siento full.
Leí el mensaje y sentí un frío nuevo en el estómago.
Un examen.
Mi mejor amigo estaba en una caja de madera y ella tenía un examen.
Entendí que la vida seguía para los demás, que el mundo no se detenía por mi dolor, pero la ausencia de Sofía se sintió como una traición silenciosa. La amistad de la adolescencia se estaba disolviendo, no con una pelea, sino con la indiferencia de la adultez.
Pero la ausencia que más me dolía, la que me hacía sentir físicamente enferma, era la de Julián.
Julián no estaba.
No había ido a la morgue. No había ido a la funeraria.
Le escribí. Lo llamé.
“No me siento bien, Elara. El ambiente está muy pesado. Me deprime verte así.”
Esa fue su excusa. Me deprime verte así.
Yo estaba viviendo el peor momento de mi vida, y su preocupación era que mi tristeza le arruinaba el día a él.
El entierro fue rápido. Bajo el sol inclemente de las tres de la tarde. Gabriel tocó una canción instrumental con la guitarra, algo suave y desgarrador. Vimos cómo bajaban el ataúd a la tierra. Escuché el sonido de la tierra cayendo sobre la madera. Ese sonido hueco, final, es algo que nunca se olvida.
Cuando todo terminó, cuando la gente se fue y solo quedó el montículo de tierra fresca con una cruz de madera provisional, sentí que me desmoronaba.
Necesitaba a mi pareja. Necesitaba que me abrazaran y me dijeran que el mundo no se había acabado, aunque lo pareciera.
Le dije a Camila que no me llevara a mi casa.
—Llévame a casa de Julián —le pedí.
Camila me miró con desaprobación.
—Elara, ese chamo no apareció en dos días. No vale la pena.
—Por favor, Cami. Necesito verlo. Necesito entender.
Me dejó en la puerta de su casa.
Toqué el timbre. Mis manos todavía olían a las flores del cementerio.
Abrió Marcos. Tenía los ojos rojos. Él sí había ido al velorio, un rato, a escondidas de su familia.
—Hola, Elara —dijo, dándome un abrazo rápido y fuerte—. Lo siento mucho. De verdad. Andrés era un buen chamo.
—Gracias, Marcos. ¿Está Julián?
Marcos suspiró y miró hacia las escaleras.
—Está en su cuarto. No ha salido en todo el día. Dice que está “en crisis”. Pasa.
Subí las escaleras. Mis piernas pesaban plomo.