Descubrí que existe una droga mucho más potente que el alcohol o la negación para lidiar con el dolor: la productividad.
Cuando Julián se subió a ese avión rumbo a dónde sea y el cuerpo de Andrés bajó tres metros bajo tierra, algo en mi cerebro hizo clic. El interruptor de las emociones, ese que había estado en cortocircuito durante años, se apagó. Y en su lugar, se encendió el generador de emergencia de la eficiencia.
Me convertí en una máquina.
Me despertaba a las 5:30 AM. No porque quisiera vivir el día, sino porque si dormía más, soñaba. Y soñar dolía.
Me bañaba con agua fría.
Me vestía.
Me sentaba frente a la computadora o a los libros de la UNE.
Mi desempeño académico pasó de ser bueno a ser impecable. Me obsesioné con la Licenciatura en Recursos Humanos. Devoraba libros de legislación laboral, aprendí a calcular prestaciones sociales con los ojos cerrados, dominé las teorías de liderazgo organizacional.
—Elara, tus análisis son brillantes —me decía la profesora Maritza, devolviéndome los ensayos con un 20 en rojo—. Pero… ¿estás durmiendo? Tienes unas ojeras que llegan al suelo.
—Duermo lo necesario, profesora —mentía con una sonrisa ensayada.
Era mentira. No dormía. Leía. Estudiaba. Ocupaba cada milisegundo de mi actividad cerebral para que no hubiera espacio para pensar en él o en él. Si mi cerebro estaba ocupado calculando la inflación acumulada del año fiscal, no podía recordar la risa de Andrés ni el silencio de Julián.
Mis amigas lo notaron, claro.
Valeria y Camila me miraban con preocupación cuando nos reuníamos (cada vez menos).
—Pareces un robot, Elara —me dijo Camila una tarde—. Haces todo perfecto, pero no estás ahí. Te hablo y siento que le hablo a una pared muy eficiente.
—Estoy enfocada, Cami. Necesito graduarme. Necesito que mi vida sirva de algo.
—Tu vida sirve, aunque no saques veinte, amiga. Llorar también sirve.
Pero yo no lloraba. Al menos, no delante de nadie.
Lloraba en la ducha, donde el agua tapaba el sonido. Lloraba mientras me cepillaba los dientes. Lloraba exactamente de 11:00 PM a 11:30 PM, como si lo tuviera agendado en Google Calendar, y luego me obligaba a dormir.
Puedo hacerlo con el corazón roto, me repetía como un mantra militar.
Puedo estudiar Legislación II mientras siento que me falta el aire.
Puedo hacer una exposición sobre Clima Organizacional sonriendo, aunque por dentro solo quiera gritar.
Puedo ser la mejor de la clase siendo la persona más triste del salón.
Y entonces, el mundo exterior decidió sincronizarse con mi mundo interior.
Marzo de 2020.
La pandemia llegó.
Para el resto del planeta, fue un trauma. El encierro, el miedo al virus, la incertidumbre.
Para mí, fue un alivio perverso.
De repente, ya no tenía que inventar excusas para no salir. Ya no tenía que ver a gente feliz en la calle. Ya no tenía que cruzarme con Sofía en los pasillos de la universidad y sentir la incomodidad de nuestra amistad rota.
El confinamiento se convirtió en mi capullo.
San Marcos se quedó en silencio. Las calles se vaciaron. La gasolina desapareció (más de lo habitual), y todos nos encerramos.
Mi cuarto, que había sido mi prisión durante mi primera depresión, ahora era mi oficina central de operaciones.
La universidad migró a la modalidad online. Un desastre para muchos, una bendición para mi neurosis.
Mis días eran una coreografía perfecta de evasión:
Clase de Zoom a las 8:00 AM.
Tarea a las 10:00 AM.
Almuerzo rápido.
Curso online de Excel Avanzado a las 2:00 PM.
Curso de Inglés a las 4:00 PM.
Investigación de Tesis a las 6:00 PM.
Era productiva. Era una bestia del rendimiento.
Mis padres estaban asombrados.
—Hija, estás irreconocible —decía mi papá—. Vas a ser la mejor profesional de este país.
No sabían que mi productividad era mi mecanismo de defensa. Si paraba, me moría. Si dejaba de teclear, empezaba a sentir.
Hubo una noche específica que resume ese año.
Tenía que entregar un trabajo final de Estadística Aplicada. Era complejo. Tablas dinámicas, gráficos, análisis de tendencias.
Al mismo tiempo, era el aniversario de la muerte de Andrés. Un año. 30 de junio de 2020.
Estaba sentada frente a la laptop. La luz de la pantalla era lo único que iluminaba mi cuarto.
En mi teléfono, Gabriel me había mandado un mensaje: Un año, Elara. Fui al cementerio temprano, salté la reja porque estaba cerrado por la cuarentena. Le toqué una canción. Te extraño.