Lo que construí sobre las cenizas

Capítulo 19. Trazos del alma y la indiferencia como victoria.

Sanar no es una línea recta. No es un gráfico ascendente como los que aprendí a hacer en Excel para mis clases de Estadística. Sanar es un garabato. Es dar dos pasos adelante y tres atrás. Es sentir que estás bien un martes y llorar sin consuelo un miércoles porque viste una marca de chocolates que le gustaba a tu amigo muerto.

Pero, eventualmente, el garabato empieza a tomar forma.

El 2021 llegó arrastrando los pies. La pandemia había aflojado un poco su agarre, pero Valeriana seguía en su crisis eterna. Yo estaba a punto de terminar la carga académica de la carrera. Mis notas seguían siendo perfectas, pero mi cuenta bancaria estaba en cero. La inflación había devorado mis ahorros de las transcripciones y mis padres ya no daban abasto.

Necesitaba dinero. Esa fue la excusa pragmática.

Pero la verdad es que necesitaba volver a sentirme viva. Mi modo robot me había salvado del colapso, pero me estaba matando de aburrimiento espiritual.

Una tarde de lluvia, con el internet caído y sin poder estudiar, me enfrenté al armario.

Moví la ropa vieja. Moví los zapatos gastados.

Y ahí estaba. La caja de cartón. La que había sellado con cinta adhesiva el día que dejé Diseño Gráfico.

La saqué. Estaba cubierta de polvo.

Al abrirla, el olor a grafito y papel viejo me golpeó como un recuerdo de otra vida. Acaricié mis marcadores Copic (algunos ya secos), mis lápices, mis bocetos de logos que nunca existieron.

—Hola —les susurré, sintiéndome ridícula.

No me puse a dibujar de inmediato. El miedo al lienzo en blanco seguía ahí. En su lugar, encontré unos cartones viejos de cajas de cereal y unos retazos de papel de regalo que mi mamá guardaba para un por si acaso.

Busqué un tutorial en YouTube (que cargó a duras penas con los datos del celular): “Encuadernación artesanal básica”.

Empecé a cortar.

El sonido del cúter rasgando el cartón fue terapéutico. Srrrt. Srrrt.

Era un sonido de destrucción controlada. Estaba rompiendo algo para crear otra cosa.

Pegué. Cosí las hojas con hilo de bordar que tenía en mi costurero. Me pinché los dedos tres veces. Sangré un poco. Manché la mesa de pegamento.

Pero tres horas después, tenía una libreta.

Era imperfecta. El lomo estaba torcido y tenía una mancha de pega en la portada. Pero era mía. La había hecho con mis manos, esas mismas manos que sentía inútiles para todo lo que no fuera teclear informes.

Le tomé una foto y se la mandé a Gabriel.

Yo: Mira lo que hice. Es horrible, pero existe.

Gabriel: No es horrible. Tiene carácter. Hazme una. Te la compro. En serio. Necesito donde escribir las canciones tristes.

Esa primera venta, por el precio simbólico de un dólar, fue la semilla.

Así nació “Trazos del Alma”.

No empezó como un imperio. Empezó en la mesa del comedor de mi casa, peleando con mi mamá para que no pusiera la sopa encima de mis cartulinas. Empecé a hacer agendas, planners, libretas personalizadas.

Descubrí que el diseño gráfico no se había ido; solo estaba hibernando. Usé mis conocimientos de composición para hacer portadas hermosas. Usé mi obsesión por la organización (adquirida en RRHH) para diseñar interiores funcionales.

Cada libreta que hacía llevaba un pedazo de mi historia.

Hice una colección inspirada en el cielo nocturno (Colección Andrés, la llamé en silencio).

Hice una colección de frases motivacionales sarcásticas (Colección Superviviente).

El negocio creció. Instagram se convirtió en mi vitrina.

La gente de San Marcos, hambrienta de cosas bonitas en medio de tanta fealdad, empezó a comprar.

—Es que tus cosas tienen alma, Elara —me escribió una cliente desconocida—. Se nota que las haces con cariño.

Si supieran.

Las hacía con dolor. Cortar el papel era mi forma de cortar mis miedos. Coser los lomos era mi forma de suturar mis heridas.

Mi emprendimiento se convirtió en mi terapia. Dejé de ser la estudiante autómata y volví a ser la artista, pero una artista más fuerte, más pragmática. Una artista que sabía sacar costos y márgenes de ganancia.

Con el dinero que gané, pagué mi internet. Me compré ropa nueva. Invité a mis padres a comer.

Sentí, por primera vez en años, el poder de la autonomía.

Julián siempre me había hecho sentir que yo dependía emocionalmente de él. Ahora, yo no dependía de nadie. Ni siquiera de la economía del país. Yo generaba mi propio valor.

Y hablando de Julián…

El momento de la verdad llegó un martes cualquiera.

Estaba entregando un pedido en el centro comercial. Me senté a tomar un café (que ahora podía pagar) y, por costumbre, desbloqueé el teléfono.

Una amiga en común había reposteado una foto.




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