El Aula Magna de la Universidad Nacional Experimental tenía ese olor particular de los lugares sagrados que han envejecido con dignidad: olía a madera curada, a cera de pulir pisos, a polvo acumulado en las cortinas de terciopelo rojo y a los nervios de trescientas personas sudando al mismo tiempo.
Era diciembre de 2023.
Valeriana seguía en crisis, pero nosotros habíamos aprendido a bailar bajo la lluvia ácida.
Me ajusté el birrete frente al espejo del baño de la universidad. El mismo baño donde años atrás Andrés me había rescatado de un ataque de pánico. Ahora, las paredes estaban pintadas de fresco (milagro presupuestario) y la chica que me devolvía la mirada en el espejo no tenía los ojos rojos ni temblaba.
Llevaba la toga azul oscuro con la medalla de Summa Cum Laude brillando en mi pecho. Debajo de la toga, llevaba un vestido que me había comprado con las ganancias de Trazos del Alma, mi negocio, que ya no era solo un rebusque, sino una marca registrada con envíos nacionales.
—Estás lista, Elara —me dije a mí misma.
Salí al pasillo. El bullicio era ensordecedor. Familias con globos, fotógrafos gritando instrucciones, vendedores ambulantes ofreciendo flores en la puerta.
Busqué a mi gente.
Mis padres estaban en la tercera fila. Mi papá, con su guayabera de los domingos, grababa todo con un teléfono nuevo que yo le había regalado. Mi mamá lloraba abiertamente, apretando un pañuelo.
Y ahí estaba Gabriel.
Mi bardo. Mi hermano de otra madre. Llevaba un traje que le quedaba un poco grande (probablemente prestado), pero tenía esa sonrisa de orgullo que iluminaba el recinto. Cuando me vio, levantó el puño en señal de victoria.
Faltaban sillas. Faltaban muchas.
Faltaba la silla de Valeria y la de Camila, que veían la transmisión en vivo desde Agatha y Clotho, conectadas a las 3:00 AM para no perderse el momento.
Faltaba la silla de Sofía, con quien había recuperado un contacto cordial, pero lejano; nuestra amistad se había convertido en un “feliz cumpleaños” anual, y estaba bien.
Y faltaba, dolorosamente, una silla en primera fila.
Pero yo la sentía ocupada. Sentía que Andrés estaba ahí, probablemente haciendo chistes sobre lo ridículos que nos veíamos con esos sombreros cuadrados.
—Graduandos, por favor, tomen sus asientos —retumbó la voz del maestro de ceremonias.
La ceremonia avanzó. Discursos del rector, himnos, entrega de títulos.
Cuando dijeron mi nombre: “Licenciada Elara, Mención Honorífica, el promedio más alto de la promoción”, el aplauso fue genuino. Caminé por el escenario no con la timidez de la chica de la Sección B, sino con la firmeza de la mujer que había sobrevivido a la habitación oscura.
El rector me entregó el título.
—Felicidades, colega.
Luego, me hizo señas hacia el podio. Me habían elegido para dar el discurso de orden.
Había escrito tres borradores. Los rompí todos. Decidí llevar solo una tarjeta con un par de ideas y dejar que el corazón, ese órgano remendado y terco, hablara.
Me paré frente al micrófono. La luz del reflector me cegó por un segundo. Respiré hondo.
—Buenas tardes, autoridades, padres, sobrevivientes —comencé. Hubo risas nerviosas ante la última palabra—. Sí, sobrevivientes. Porque graduarse en Valeriana no es solo un acto académico; es un deporte extremo.
» Nos dicen que la juventud es un tesoro divino. Nos dicen que estos debieron ser los mejores años de nuestras vidas, llenos de fiestas y despreocupación. Pero nadie nos preparó para lo que pasa cuando la juventud duele. Nadie nos dio el manual para estudiar cuando se va la luz por seis horas, o para concentrarse en un examen cuando tienes hambre, o cuando tus amigos se van del país uno por uno hasta que te quedas solo en la plaza.
Hice una pausa. Busqué los ojos de Gabriel. Él asintió.
—Yo no quería estar aquí. —Un murmullo recorrió la sala—. Mi sueño era ser diseñadora. Quería pintar el mundo de colores. Pero la vida, con su extraño sentido del humor, me trajo a Recursos Humanos. Me rompió el plan A. Y luego rompió el plan B.
» Me rompieron el corazón, muchas veces. Perdí al amor que creí eterno por cobardía. Perdí a mi mejor amigo por una bala perdida un domingo cualquiera. Perdí la esperanza tantas veces que se volvió costumbre buscarla debajo de las piedras. Hubo mañanas, durante la pandemia, en las que levantarme de la cama y abrir un libro de Excel fue mi mayor acto de heroísmo.
Apreté el atril con fuerza.
—Pero aquí estoy. Y aquí están ustedes. Y eso es lo que vengo a decirles hoy: La resiliencia no es ser de acero. El acero es frío y rígido. La resiliencia es ser un mosaico.
» Es agarrar los pedazos rotos de tus sueños, de tus relaciones fallidas, de tus duelos, y pegarlos con oro. Es mirar el desastre de tu vida y decir: “Bueno, esto ya no es lo que planeé, pero voy a construir algo hermoso con los escombros”.
» Aprendí que se puede ser productivo con el corazón roto. Aprendí que se puede llorar y facturar al mismo tiempo. Aprendí que el éxito no es llegar a la meta intacto, sino llegar con cicatrices que cuenten la historia de cómo no te rendiste.