Lo que construí sobre las cenizas

Epílogo. La tinta indeleble.

Cinco años después.

San Marcos, Valeriana. Noviembre de 2028.

El olor a café recién colado y papel bond nuevo es mi fragancia favorita. Mucho mejor que cualquier perfume francés.

Estoy parada en el centro de mi local. No es un cuarto oscuro en casa de mis padres, ni una mesa improvisada. Es El Atelier. Un espacio de techos altos en una zona recuperada de la ciudad, con ventanales grandes que dejan entrar la luz de la tarde.

En las estanterías de madera clara, se alinean mis creaciones: Agendas de Resiliencia, Diarios de Gratitud, Planners para el Caos. La marca Trazos del Alma ya no es un emprendimiento de supervivencia; es una referencia nacional de papelería y diseño. Tengo tres empleados. Tengo una oficina con puerta (que casi nunca cierro). Tengo paz.

La campanilla de la entrada suena.

Levanto la vista de mi tablet, donde estoy aprobando los diseños de la colección de Navidad.

Entra un chico. Tendrá unos veinte años. Lleva una guitarra al hombro y tiene esa mirada de tormenta que conozco demasiado bien. Viene con una chica de cabello rizado que parece nerviosa.

—Buenas —dicen.

—Bienvenidos —respondo con una sonrisa.

Veo cómo se mueven por la tienda. La chica acaricia las libretas con devoción. El chico la mira a ella, no a las libretas. Veo la dinámica. Veo el amor joven, intenso, peligroso.

—Llévala —le dice el chico a ella—. Yo te la regalo. Sé que te gusta escribir.

Ella sonríe y se le iluminan los ojos. Me recuerdan tanto a mí misma que duele un poquito, como un pinchazo viejo.

Cuando se van, con su bolsa de papel kraft sellada con mi logo, me quedo pensando en los ciclos. En cómo la historia se repite, pero con diferentes protagonistas. Espero que ella sea más lista que yo. Espero que él sea más valiente que Julián.

Hablando de fantasmas, mi computadora emite un sonido de notificación.

Es un correo electrónico.

Asunto: Hola, extraña.

Remitente: Julián V.

Hacía dos años que no sabía nada de él. Marcos me había contado que le iba regular, que saltaba de trabajo en trabajo, que ninguna relación le duraba.

Abro el correo por curiosidad, no por ansiedad. Mis manos no tiemblan.

“Hola, Elara.

Vi un reportaje sobre tu tienda en Instagram. Se ve increíble. Quién lo diría, ¿no? La chica que dibujaba en las escaleras ahora es una empresaria.

Me acordé mucho de ti hoy. La ciudad está fría y me siento un poco solo. A veces pienso que debimos intentarlo más. Que quizás, si me hubieras tenido paciencia…

En fin. Solo quería felicitarte. Y decirte que todavía guardo la foto que nos tomamos en la graduación de bachillerato.

Un abrazo, J.”

Leo las palabras.

Analizo la manipulación sutil: “Si me hubieras tenido paciencia”. Todavía, a los casi treinta años, sigue culpándome de su fracaso emocional. Sigue idealizando el pasado porque su presente no le satisface.

Antes, este correo me habría tenido llorando tres días. Me habría hecho dudar. Me habría hecho responder: “Yo también te extraño, ¿cómo estás?”.

Hoy, muevo el cursor con calma.

No siento rabia. No siento tristeza.

Solo siento la certeza absoluta de que esa historia ya no me pertenece. Julián es un personaje de un libro que cerré hace mucho tiempo. Y no se reescriben los capítulos que ya tienen punto final.

Hago clic en Eliminar.

Luego, voy a la papelera y hago clic en Vaciar papelera.

Desaparecido.

Sin respuesta. Porque el silencio es la respuesta más fuerte que existe.

La puerta del almacén se abre y sale Gabriel.

Sí, Gabriel trabaja conmigo ahora. Es mi director creativo y socio minoritario. Además, los fines de semana toca en el pequeño escenario que montamos al fondo de la tienda para artistas locales.

—¿Todo bien, jefa? —pregunta, limpiándose las manos manchadas de tinta azul.

—Todo perfecto, Gabo. Solo estaba sacando la basura digital.

Gabriel sonríe. Entiende todo sin que yo diga nada.

—Por cierto, llamó Marcos. Dice que viene más tarde a traer los dulces para la inauguración de la vitrina navideña. Ese chamo cocina brutal.

—Marcos es un sol —digo. Él es el único vínculo que mantengo con ese pasado, y lo mantengo porque Marcos se ganó su lugar por mérito propio, no por apellido.

Miro hacia la pared principal de la tienda.

Allí, enmarcado en madera blanca, hay un diseño especial. No está a la venta.

Es una ilustración minimalista de una franela blanca y un mango maduro. Debajo, una frase en tipografía elegante:

“Si el chiste no alcanza, lloramos juntos.”




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