Nicole
El vestido me queda perfecto, o eso dice él cuando me recoge en la puerta de mi departamento. Negro, sobrio, caro. No es mío, claro. Nada de lo que uso en estas citas lo es realmente. Me lo pongo como quien se pone una armadura: ajustada, elegante, diseñada para resistir miradas que no preguntan nada.
—Estás impresionante —dice, y sonríe como si su aprobación fuera un regalo.
Yo le devuelvo la sonrisa. La misma de siempre. La que practiqué frente al espejo hasta que dejó de sentirse falsa.
El trayecto hasta el restaurante transcurre entre silencios cómodos para él e incómodos para mí. Me habla de números, de inversiones, de acuerdos que no termino de entender. Asiento, hago preguntas cortas, río cuando corresponde. Mi mente, sin embargo, está en otra parte: en una habitación blanca que huele a desinfectante, en el sonido constante de un monitor cardíaco, en los labios pálidos de mi hermano cuando me dice que no me preocupe.
No sabe que esta noche su vida depende de cuánto logre fingir que pertenezco aquí.
El restaurante es de esos donde las luces son bajas y la gente habla en murmullos calculados. Un lugar donde nadie levanta la voz porque todos creen que el poder se demuestra con discreción. Me toma del brazo como si me exhibiera, y no puedo evitar sentirme como un accesorio caro más, parte del trato.
Los socios ya están sentados cuando llegamos. Dos hombres mayores, trajes oscuros, miradas que me recorren sin pudor, pero sin sorpresa. No soy la primera ni seré la última mujer sentada a esta mesa solo para decorar el ambiente.
—Ella es Nicole —dice él—, mi acompañante.
No mi novia. No mi pareja. Mi acompañante.
Extiendo la mano, sonrío, digo encantada de conocerlos. Me llaman señorita, me preguntan si me gusta el vino, si prefiero carne o pescado. Preguntas fáciles. Respuestas seguras. Lo difícil es no mirar el reloj cada cinco minutos.
La conversación gira alrededor de contratos, fusiones, porcentajes. Yo escucho palabras sueltas mientras juego con la copa entre mis dedos. Pienso en la cifra que acordamos antes de esta cita. Pienso en cómo esa cantidad cubrirá una parte enorme de la cirugía. Pienso en el médico diciéndome que no podemos esperar mucho más.
Así que asiento. Sonrío. Toco el brazo de mi cliente en el momento justo, como si estuviera orgullosa de él. Él responde con una mano firme sobre mi rodilla bajo la mesa. No es un gesto cariñoso, es una señal de posesión. La tolero. La necesito.
Uno de los socios hace una broma que no tiene gracia. Todos ríen. Yo también. Mi risa suena real incluso para mí, y eso me asusta un poco.
—Eres muy callada —me dice uno de ellos, inclinándose hacia mí—. Pero inteligente. Se nota.
Si supiera.
Bebo un sorbo de vino para no responder. El alcohol me quema la garganta, pero agradezco la sensación. Me recuerda que sigo viva, que no soy solo un papel que interpreto. Me concentro en no pensar en Lucas conectado a máquinas, en no imaginar el peor escenario.
La cena se alarga más de lo que quisiera. Postres, café, más conversaciones que no me pertenecen. Cuando finalmente se levantan de la mesa, siento un alivio tan grande que casi me mareo. Los hombres se despiden con apretones de manos y promesas futuras. Yo recojo mi abrigo y sonrío una última vez.
En el auto, el silencio regresa. Él parece satisfecho. Yo estoy exhausta.
—Lo hiciste muy bien —dice—. Sabía que podía contar contigo.
Asiento, mirando por la ventana. Las luces de la ciudad pasan rápido, como si el mundo no se detuviera por nadie.
Cuando llegamos al viejo edificio donde vivo, me entrega un sobre. No lo abro, pero siento el peso del dinero. No es solo papel. Es tiempo. Es esperanza. Es una oportunidad más para que mi hermano siga respirando.
—Te llamaré pronto —añade.
—Claro —respondo.
Subo las escaleras sin mirar atrás. Una vez estando en la seguridad de estas paredes, dentro de mi ridículamente pequeño departamento, me quito los zapatos y dejo caer el cuerpo en el sofá. El silencio aquí es distinto, más honesto. Saco el teléfono y reviso los mensajes del hospital. No hay novedades. Eso es bueno. Por ahora.
Aprieto el sobre contra mi pecho y cierro los ojos. Esta noche, al menos, puedo decir que valió la pena.
Porque mientras tenga fuerzas para seguir interpretando este papel, aún hay una posibilidad de que Lucas viva.
****************************
El hospital nunca duerme. Solo aprende a respirar más bajo.
Entro con el abrigo mal cerrado y el cansancio todavía adherido a la piel, como si no hubiera logrado quitármelo desde la noche anterior. Las luces blancas me obligan a parpadear varias veces antes de acostumbrarme. Camino por el pasillo que ya conozco de memoria, esquivando carritos de metal y conversaciones en susurros. Aquí el tiempo no avanza: se arrastra.
La habitación de Lucas está al fondo, cerca de la ventana. Siempre la misma. Como si repetir el espacio pudiera engañar al destino.
—Llegaste —dice él cuando me ve, con una sonrisa pequeña pero sincera.
—Siempre llego —respondo, acercándome a su cama.
Le doy un beso en la frente. Está tibia, estable. Me siento a su lado y tomo su mano. Sus dedos son demasiado delgados, frágiles para alguien que debería estar pensando en cualquier cosa menos en si su corazón va a resistir un día más.
—¿Cómo dormiste? —pregunto.
—Gracie me dejó ver un rato la tele anoche —dice—. Se quedó conmigo hasta que me dormí.
No puedo evitar sonreír.
—Eso no responde mi pregunta.
—Entonces dormí bien.
Gracie entra en la habitación justo en ese momento, como si la hubiéramos invocado. Lleva el cabello recogido y esa expresión cálida que solo algunas personas logran mantener incluso rodeadas de máquinas y urgencias.
—Buenos días, campeón —le dice a Lucas—. ¿Portándote bien?
#5938 en Novela romántica
#1402 en Novela contemporánea
romance, traicion amor, traicion embarazo venganza redencion
Editado: 11.02.2026