Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 3

Nicole

Antes del hospital, Lucas reía más.

No era una risa estruendosa ni exagerada, pero era constante, fácil. Llenaba los espacios pequeños del departamento donde crecimos, ese que siempre olía a pan tostado por las mañanas y a detergente barato los domingos. Yo trabajaba medio turno en una librería y estudiaba por las tardes; él volvía del colegio con historias absurdas, con sueños enormes para alguien que todavía no sabía que su corazón había nacido cansado.

Éramos pobres, sí, pero no infelices.

Nuestra madre aún estaba.

No era cariñosa en exceso ni particularmente paciente, pero estaba. Gritaba cuando las cuentas no cerraban, lloraba en silencio cuando creía que no la veíamos y, aun así, se las arreglaba para que la mesa tuviera algo caliente al final del día. Nuestro padre llegaba tarde, siempre serio, siempre distante, pero todavía se sentaba a la mesa. Todavía nos llamaba hijos.

Lucas empezó a cansarse primero.

Al principio fue casi imperceptible: mareos ocasionales, falta de aire después de correr, un cansancio que atribuíamos al crecimiento. Luego vinieron los desmayos. El día que cayó en el patio del colegio, el mundo se rompió en pedazos. Sirenas, gritos, manos desconocidas tocándolo mientras yo llegaba corriendo, con el corazón desbocado y la certeza de que algo estaba terriblemente mal.

El diagnóstico llegó tarde. Demasiado tarde.

Cardiopatía congénita. Años sin tratar. Años de silencio médico y de señales ignoradas.

Nuestra madre empezó a desaparecer desde entonces.

Primero dejó de preguntar cómo estaba Lucas. Luego dejó de volver temprano. Después dejó de volver del todo. Una noche simplemente no regresó. No dejó una nota. No llamó. No volvió.

Nuestro padre aguantó un poco más.

Hasta que llegaron los exámenes. Los documentos. Las verdades que nadie pidió. No éramos biológicamente suyos. Ninguno de los dos.

Recuerdo su mirada ese día, de rabia.

—No tengo por qué cargar con errores que no son míos —dijo.

Y se fue.

Así quedamos solos. Lucas y yo. Yo con diecinueve años. Él con catorce. Y un corazón que no sabía latir como debía.

El recuerdo se diluye cuando lo veo ahora, dormido en esta habitación blanca que se volvió nuestro mundo. Su respiración es lenta, acompasada. Me siento a su lado y le acaricio el cabello con cuidado, memorizando su rostro como si temiera olvidarlo.

—Me voy unos días —le digo en voz baja.

Abre los ojos.

—¿A trabajar?

Asiento.

—Volveré pronto.

—Siempre vuelves —responde con una seguridad que me duele.

Le doy un beso en la frente y me obligo a levantarme antes de quebrarme.

Busco a Gracie en el pasillo. Está revisando una ficha, concentrada.

—Me voy —le digo.

Levanta la mirada de inmediato.

—Lo sé.

Trago saliva.

—Por favor… si pasa cualquier cosa, no importa qué, llámame —le pido—. No importa la hora.

Gracie no duda.

—No voy a soltarlo —dice—. Te lo prometo.

La abrazo. Fuerte. Como si pudiera transferirle toda mi ansiedad.

Salgo del hospital sin mirar atrás.

El auto me espera en la entrada. Durante el trayecto, la ciudad va quedando atrás y el paisaje cambia. Las calles se vuelven más amplias, los árboles más altos, las casas más silenciosas. Mis manos no dejan de temblar sobre el regazo.

El portón de la mansión se abre con un movimiento lento y silencioso. De hierro negro, alto, imponente, flanqueado por muros de piedra cubiertos de enredaderas perfectamente cuidadas. El camino de acceso es largo, bordeado de jardines extensos donde cada arbusto parece haber sido colocado con intención quirúrgica.

La casa aparece al fondo como una declaración de poder.

Es enorme. De líneas sobrias, fachada clara, ventanales altos que reflejan el cielo. No es ostentosa en colores, pero sí en proporciones. Todo aquí parece diseñado para imponer respeto sin necesidad de levantar la voz.

Bajo del auto y el aire se siente distinto. Más limpio. Más frío. Más ajeno.

Una mujer mayor me recibe en la entrada —La tía de Gracie— Su impecable uniforme y postura recta contrasta con su mirada dulce llena de reconocimiento.

—Soy Marta, la tía de Gracie —dice—. Pasa, por favor.

El vestíbulo es amplio, con techos altísimos y un piso de mármol que refleja la luz natural que entra por los ventanales. Un candelabro discreto cuelga del centro. No hay fotografías familiares a la vista. Solo arte abstracto, frío, calculado.

Cada paso que doy resuena demasiado fuerte.

Marta me guía por un pasillo largo. Veo una escalera de madera oscura que se curva hacia el segundo piso, alfombras gruesas, puertas cerradas que esconden habitaciones que no me pertenecen.

—El señor llegará en unos minutos —me informa—. Puedes esperar aquí.

—Gracias Marta —respondo con una leve inclinación.

Me da un leve apretón de apoyo al pasar al lado mío para pasar a dejarme sola en una sala amplia, con sillones claros, una chimenea apagada y ventanas que dan al jardín trasero. Todo es ordenado. Impecable. Intocable.

Me siento al borde del sillón. Respiro hondo.

No puedo fallar.

No por mí.

Por Lucas.

El sonido de unos pasos firmes rompe el silencio.

No vienen apresurados. No dudan.

Se detienen detrás de mí.

Siento su presencia antes de escucharlo. Una energía densa, controlada, que se instala en la habitación.

—¿Nicole Miller? —pregunta su voz.

Grave. Segura.

Mi corazón late con fuerza, pero mi espalda permanece recta. No puedo permitirme parecer pequeño aquí.

Lo veo antes de que diga una sola palabra.

Él está al otro lado de la sala, de pie, observándome. No sonríe. No se acerca. No parece sorprendido de verme allí.

—¿Nicole Miller? —pregunta finalmente.

Asiento y doy un paso al frente.
—Sí.

Me analiza en silencio. No es una mirada invasiva, es peor: es una mirada que mide. Como si yo fuera un riesgo que debe calcular.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.