Daniel
Regreso a la mansión más tarde de lo habitual.
El día fue un desastre de reuniones, decisiones forzadas y silencios incómodos en salas demasiado grandes. Cuando conduzco por el camino privado, lo único que espero es que todo esté exactamente como lo dejé.
Ordenado.
Predecible.
Controlado.
Al entrar, noto el primer error en mi ecuación.
No es ruido. No es caos. Es algo peor.
Risas.
Se filtran desde la sala familiar, suaves, bajas, auténticas. Me detengo en el umbral sin que me vean. Liam está en el suelo, rodeado de piezas de un rompecabezas. Nicole está sentada frente a él, con las piernas cruzadas, inclinada hacia adelante como si nada más existiera en ese instante.
—No, ese no —dice Liam—. Ese va allá.
—¿Seguro? —pregunta ella—. Porque si me equivoco otra vez, voy a pensar que lo haces a propósito para verme perder.
Liam se ríe abiertamente y sin miedo cuando mi hijo no se ríe así con cualquiera.
Doy un paso más y el suelo cruje apenas, pero eso basta para que Nicole levante la vista y me vea.
La risa desaparece, pero no hay culpa en su expresión. Solo una pausa, un ajuste interno rápido, casi imperceptible.
—Buenas noches, señor Cooper —dice—. Liam estaba terminando el rompecabezas antes de dormir.
Asiento, observando demasiado.
—¿Ya cenaron?
—Sí. Ethan prefirió hacerlo en su habitación.
No pregunta por qué. No lo justifica. Solo informa.
Liam se levanta y corre hacia mí. Me abraza con fuerza. Lo rodeo con un brazo, todavía mirando a Nicole por encima de su cabeza.
—¿Mañana seguimos? —le pregunta a ella.
—Si tú quieres —responde—. No voy a huir con la pieza final.
Liam sonríe y sube las escaleras.
Cuando se pierde de vista, el silencio cae con un peso distinto.
—No esperaba que se encariñara tan rápido —digo.
Nicole no se defiende. Tampoco sonríe.
—Los niños no se encariñan con quien lo intenta —responde.
La frase me incomoda más de lo que debería.
—Este no es un trabajo para crear vínculos emocionales —replico.
—No los estoy buscando —dice—. Solo no los evito.
Nos observamos. Hay algo en su forma de sostener la mirada que no es desafío, pero tampoco sumisión. No baja los ojos, no los endurece. Simplemente… resiste.
—Necesito que recuerde los límites —añado.
—Los recuerdo perfectamente —contesta.
—Entonces estamos de acuerdo —respondo.
—No del todo.
Eso es nuevo.
—Liam necesita estructura, sí —continúa—. Pero también necesita sentirse seguro con alguien que no se va a ir cuando haga demasiadas preguntas.
La observo con atención renovada. Ya no como empleador. Tampoco como padre.
—¿Está diciendo que yo no soy suficiente?
—No —dice—. Estoy diciendo que usted está cansado.
El comentario me atraviesa.
—Cuide sus palabras, Nicole.
—Cuido lo que importa —responde—. Y sus hijos importan, créame cuando le digo que no hay nada peor que la incertidumbre de no saber si un día la persona que más quiere despertará a no.
Silencio.
Puedo despedirla ahora mismo. Tengo todas las razones contractuales para hacerlo, pero hay algo en su mirada que me hace querer saber por que tipo de situaciones tuvo que atravesar para decir algo así. Y aquí estoy de nuevo, una vez más cruzando una línea que no debe ser cruzada.
—Ethan no confía en usted —digo, cambiando el eje—. Lo noté desde el primer día.
—Lo sé.
—¿Y piensa hacer algo al respecto?
—No —responde—. Ethan no necesita que lo conquisten. Necesita tiempo.
—¿Y si no se lo da?
Nicole me mira con una calma peligrosa.
—Entonces lo aceptaré —dice—. No todos tienen que quererme.
Esa respuesta me desarma más que cualquier súplica.
—Puede retirarse —digo finalmente.
Asiente y se va.
Me quedo solo en la sala demasiado grande, rodeado de piezas de un rompecabezas que no armé yo… y que, sin embargo, empieza a encajar sin pedirme permiso.
Y eso, más que cualquier riesgo financiero, es lo que verdaderamente me inquieta.
Empiezo a notarlo al día siguiente.
No es inmediato ni dramático. No hay un momento exacto en el que pueda decir aquí cambió algo. Es más bien una acumulación silenciosa de detalles que antes no registraba y que ahora se me imponen sin pedir permiso.
La forma en que baja las escaleras por la mañana, siempre un poco antes de que yo salga. No para interceptarme, sino como si midiera el tiempo con precisión quirúrgica. Lleva ropa sencilla, funcional, sin intención de agradar. Y aun así, hay algo en su presencia que altera el aire de la casa, como si hubiera introducido una variable nueva en un sistema que llevaba años funcionando de manera mecánica.
Liam la sigue como una sombra.
No me preocupa.
Lo observo con distancia clínica. Los niños proyectan afecto con facilidad; es parte de su naturaleza. Lo que me inquieta es que ella no parece alimentarlo ni frenarlo. Simplemente… está.
Ethan, en cambio, la ignora con una disciplina que reconozco demasiado bien.
—¿Por qué no desayunas en la mesa? —le pregunto a mi hijo mayor una mañana.
—No tengo hambre.
Mentira. La misma que yo usaba a su edad.
Nicole no interviene, tampoco me mira buscando aprobación, ni intenta suavizar la tensión.
Sirve el jugo de Liam y le recuerda que hoy tiene educación física.
—¿Te vas otra vez? —pregunta Liam, mirándome.
—Sí. Volveré tarde.
Nicole levanta la vista un segundo.
Solo un segundo, pero en ese instante algo pasa entre nosotros.
No juicio. No reproche.
En la oficina, debería estar concentrado. Hay una adquisición pendiente, un fondo que necesita intervención inmediata, un socio empieza a hacer preguntas, pero no escucho porque mi mente regresa una y otra vez a escenas domésticas que no deberían ocupar espacio en mi cabeza.
#5938 en Novela romántica
#1402 en Novela contemporánea
romance, traicion amor, traicion embarazo venganza redencion
Editado: 11.02.2026