Nicole
El llanto de Liam me arrancó del sueño como una alarma interna.
No fue fuerte. No fue desesperado. Fue peor: quebrado, irregular, como si le doliera incluso llorar. Me incorporé de golpe, el corazón acelerado antes de entender por qué.
Corrí por el pasillo descalza.
Cuando abrí la puerta de su habitación, el aire mismo parecía distinto. Más denso. Más caliente. Liam se movía inquieto entre las sábanas, su respiración rápida, su frente perlada de sudor.
Lo toqué.
Y el mundo se me vino encima.
—No… —susurré sin darme cuenta—. No, no, no…
El calor de su piel me devolvió un recuerdo que creí enterrado.
Lucas desplomándose.
Las manos que no respondían.
El pitido interminable del monitor.
Mi nombre saliendo de su boca como un ruego.
Sentí que me faltaba el aire.
Pero no podía caer. No ahora.
—Estoy aquí —le dije a Liam, forzando calma en mi voz—. Estoy contigo.
Lo levanté con cuidado, sosteniéndolo contra mi pecho como si pudiera contener la fiebre solo con abrazarlo. Caminé rápido, precisa, mecánica. El termómetro marcó treinta y nueve con algo.
Demasiado.
Mis manos temblaron apenas.
—Todo va a estar bien —repetí, aunque no sabía si se lo decía a él o a mí.
Entonces escuché pasos firmes en el pasillo.
Daniel apareció en la puerta casi de inmediato, completamente despierto, ya con el teléfono en la mano. No preguntó. No dudó. Sus ojos fueron directo a su hijo.
—¿Cuánto? —preguntó.
—Treinta y nueve —respondí—. Estoy intentando bajarla.
Se acercó de inmediato. Pasó la mano por la frente de Liam con una delicadeza que no le había visto nunca, como si temiera romperlo.
—Voy a llamar al médico —dijo, ya marcando.
Se giró, habló en voz baja pero firme al teléfono, usando nombres y siguiendo indicaciones precisas, mientras tanto, yo mojé paños, le cambié la ropa a Liam, le hablé despacio. Cada vez que él se quejaba, algo se me rompía por dentro.
Mis manos sabían qué hacer.
Mi corazón, no.
Daniel regresó enseguida. Se arrodilló frente a mí, a la altura de Liam.
—Voy a quedarme aquí —dijo.
Durante horas, el tiempo dejó de existir.
Daniel no se fue ni un segundo. Trajo agua. Trajo más paños. Ajustó la calefacción. Se sentó en el suelo cuando Liam se quedó dormido sobre mi hombro, vigilando cada respiración como si fuera un contrato sagrado.
En un momento, me miró.
De verdad.
—¿Te pasó algo parecido antes? —preguntó en voz baja.
La pregunta me atravesó.
Tragué saliva.
—Sí —admití.
No dije más. No pude.
Pero él asintió como si entendiera exactamente lo que no estaba diciendo.
Cuando la fiebre empezó a bajar, Daniel exhaló por primera vez en toda la noche. Pasó la mano por su rostro, cansado, vulnerable, humano.
—Gracias por no dejarlo —murmuró.
Liam dormía profundamente, aferrado a mi ropa con esa confianza inconsciente que solo los niños tienen. Como Lucas se aferró a mí aquel día en el hospital.
El miedo seguía ahí.
Pero esta vez, no estaba sola cargándolo.
Daniel se levantó despacio, cubrió a su hijo, y antes de salir apoyó una mano firme en el marco de la puerta. No me miró al irse.
—Si vuelve a subir —dijo—, me despiertas. Aunque sea de madrugada. Aunque no sea necesario.
Asentí.
Cuando quedé sola con Liam, cerré los ojos un instante.
—Aguanta un poco más, Lucas —rogué en silencio—. Solo un poco más.
Porque esa noche entendí algo que me dio más miedo que la fiebre.
Daniel Cooper ya no era solo mi jefe.
Y sus hijos…
Ya no eran solo parte de un trabajo temporal.
Y cuando empiezas a querer algo que no puedes perder, el riesgo deja de ser una cifra.
Se convierte en una herida abierta.
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Editado: 11.02.2026