Nicole
La mañana avanza despacio, como si la casa hubiera decidido bajar el ritmo.
Liam había amanecido mucho mejor. La fiebre no volvió durante la mañana y su respiración era tranquila, regular, como si el cuerpo al fin hubiera decidido darle una tregua. Aun así, yo lo había revisado varias veces antes de que saliera el sol.
Y ahora, de una extraña forma nos encontramos los cuatro en la cocina. Sí, los cuatro.
No es algo que ocurra seguido.
Daniel está apoyado contra la isla, mangas arremangadas, revisando el correo en el teléfono mientras finge no escuchar la discusión entre Liam y Ethan sobre quién mezcla mejor la masa de los panqueques. Yo estoy frente a ellos, indicándoles con paciencia dónde no poner los dedos, cuándo parar, cuándo no.
—No así —digo, sonriendo—. Si sigues mezclando, se van a poner duros.
—¡Pero él empezó! —protesta Liam.
—Yo solo estaba ayudando —responde Ethan, serio.
Daniel levanta la vista.
—Dejen de pelear.
Los dos se quedan quietos de inmediato.
Luego me mira.
—¿Así está bien? —pregunta, señalando la sartén.
Asiento.
—Un poco más de tiempo.
Obedece sin discutir, sin corregirme y ese detalle me descoloca.
Hay algo extraño en este momento. Una calma impropia, como si estuviéramos jugando a ser una familia sin haberlo hablado, sin haberlo acordado. Me descubro pensando que podría acostumbrarme a esto, y la culpa llega de inmediato, puntual como siempre.
Cuando los panqueques están listos, nos sentamos juntos a la mesa. Daniel no se va al despacho. No se levanta a mitad de camino. Se queda.
Liam come feliz. Ethan casi no habla, pero tampoco se retira.
—Están ricos —dice Daniel finalmente.
No me mira al decirlo.
—Gracias —respondo.
El silencio que sigue no es incómodo. Es… compartido.
Y es entonces cuando sucede.
La puerta abriéndose suena.
No el timbre.
La puerta.
Un ruido fuerte, decidido, que irrumpe en la mañana como una declaración de guerra.
Daniel frunce el ceño.
—No espero a nadie.
Antes de que pueda levantarse, la puerta principal se abre.
Y con ella, entra el caos.
—¡Danii! —resuena una voz femenina, clara, llena de energía—. Si vuelves a cambiar la clave del portón sin avisar, voy a denunciarte por atentado emocional.
Me quedo inmóvil.
Los niños giran la cabeza al mismo tiempo.
Daniel se tensa.
Ella aparece en el umbral como si siempre hubiera estado destinada a hacerlo así: sin pedir permiso, ocupando espacio, sonriendo como si la casa le perteneciera. Jeans claros, chaqueta, gafas sobre la cabeza, una seguridad que me golpea de frente.
—¿Cassie? —dice Daniel, incrédulo.
Cassie.
La curiosidad no tarda en picar, pero lo disimulo muy bien.
Cassie cruza la cocina como un huracán, lo abraza sin avisar. Daniel se queda rígido medio segundo, luego la rodea con torpeza y cierto bichito empieza a picar ¿celos? Imposible, jamás. Sacudo mis pensamientos y vuelvo a los panqueques.
—¿Qué haces aquí? —pregunta y los observo de reojo.
—Extrañarte —responde ella—. Y venir a comprobar si sigues siendo igual de insoportable.
Vuelvo a la escena para colocar en la mesa la ultima ronda de panqueques y Liam aprovecha que la atención esta puesta en la visitante para correr y tomar el plato de panqueques que había sacado, pero lo dejo ser porque yo observo a la mujer interactuar con Daniel y Ethan, reconocerlos, llamarlos por su nombre. La facilidad con la que los toca, los abraza, se ríe. La naturalidad con la que se mueve en este espacio que yo aún recorro con cuidado.
Y algo dentro de mí se descoloca.
No es celos.
Es shock.
Porque Cassie es todo lo que Daniel no es. Ruido, risa, desorden, luz. Y, aun así, claramente, viene del mismo lugar.
Y entonces lo entiendo.
Daniel no es frío por naturaleza.
Es alguien que aprendió a cerrarse.
Cassie me mira y salgo de mis pensamientos.
—¿Y tú eres?
Su sonrisa es amplia y me descoloca por un momento.
—Sí, soy Nicole, la niñera.
—¿Niñera? ¿es una broma? —dice y busco con la mirada a Daniel—. ¿El rey del control dejó a mis sobrinos a manos de una niñera? El apocalipsis debe estar cerca —dice en tono de burla mientras observa a Daniel y caigo en cuenta que la tal Cassie es la hermana de Daniel.
—Soy Cassie, la hermana pequeña de este ogro —me saluda extendiéndome la mano y la tomo con confianza—. Gracias por cuidar de mis sobrinos y por cuidar de mi hermano, aunque él no se deje.
Daniel carraspea.
—No necesita que lo cuiden —respondo.
—Claro que sí —responde ella—. Solo que no lo sabe —dice guiñándome un ojo lo cual me deja perpleja.
Y es cuando siento un vuelco en el estómago.
Sobrinos.
Familia.
Este lugar no es solo una casa. Es una historia que no conozco, y Cassie acaba de arrancar la página siguiente sin avisar.
Y mientras ella habla, ríe, invade, yo sigo allí, de pie, con la certeza incómoda de que Daniel Cooper es mucho más que el hombre silencioso que creí entender.
Y que acabo de conocer solo una parte mínima de su mundo.
En ese momento Liam aparece con la boca y manos sucias de los panqueques con Nutella que acababa de robarse.
—¡Tía Cassie!
Ella se agacha y lo levanta sin esfuerzo, riendo, girando con él como si el mundo no pesara.
—Hola, campeón. ¿Ya te sientes mejor?
—Sí —responde Liam—. Nicole se quedó conmigo cuando estaba enfermo.
Cassie me mira.
—¿Ah, sí?
—Era parte de mi trabajo —intervengo, incómoda.
—Mmm —murmura ella—. Eso explica algunas cosas.
—¿Qué cosas? —pregunta Daniel, seco.
—Nada —dice en un tono casi burlón.
—Y supongo que te quedas —asume Daniel dando a entender que ya está acostumbrado a estas visitas.
—¿Qué comes que adivinas hermanito?
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Editado: 11.02.2026