Daniel
Odio las tormentas.
No por el ruido.
No por la oscuridad.
Sino porque me recuerdan que hay cosas que no puedo controlar.
El generador tarda más de lo que debería y eso me irrita. El viento golpea los ventanales, la casa cruje, y por un segundo siento esa vieja presión en el pecho que creí superada.
Entonces la escucho bajar las escaleras.
Descalza.
Reconocería ese sonido en cualquier parte.
Nicole.
No debería estar consciente de esos detalles, pero lo estoy.
Levanto la vista y la veo cruzar la cocina iluminada apenas por la linterna. El relámpago detrás de ella dibuja su silueta contra el vidrio. El cabello suelto, la camiseta pegada apenas a su cuerpo por la humedad del ambiente y algo en mi interior se tensa.
—El generador tardará unos minutos —digo, demasiado serio.
Ella asiente.
Habla de Liam y yo respondo automáticamente, pero no estoy escuchando del todo. Estoy notando cómo se acerca cuando truena. Cómo su respiración cambia apenas. Cómo su piel parece más pálida bajo la luz intermitente.
Y entonces la linterna parpadea.
Oscuridad total.
La escucho tropezar con algo y sin pensarlo la tomo del brazo.
No es delicado, es instintivo.
Su piel está tibia… demasiado tibia y cuando la luz vuelve, está cerca, mucho más de lo que debería.
Puedo oler su perfume mezclado con sal y lluvia y a ahí es cuando el problema deja de ser la tormenta.
Es mi cuerpo.
Porque reacciona sin permiso, sin prudencia.
La cercanía me golpea como una descarga, mi mandíbula se tensa, mi respiración ya no es uniforme y siento el calor bajar, concentrarse, volverse innegablemente físico.
Maldita sea.
Ella susurra que esto es un error y lo sé.
Lo sé desde el primer día que la vi entrar en mi casa con esa mirada decidida y demasiado limpia para este mundo.
Pero saberlo no hace que mi cuerpo retroceda. Estoy consciente de cada centímetro que nos separa o que ya no nos separa.
Si avanzo apenas un poco, mi boca rozará la suya, y quiero hacerlo, más de lo que debería, más de lo que es decente, más de lo que es correcto considerando todo.
Mi mano sigue en su brazo, pero mis dedos ya no están quietos. Suben apenas, no como protector, no como empleador sino como hombre.
Su espalda toca la isla de la cocina y esa imagen me atraviesa. Ella atrapada entre el mármol frío y mi cuerpo ardiendo.
Mi pulso late bajo la piel con violencia.
No recuerdo la última vez que una mujer me hizo perder así el control antes siquiera de tocarla de verdad.
Y eso es lo que me enfurece.
No es solo deseo, es hambre.
Una que creí enterrada hace años.
Bajo la mirada a su boca.
Su respiración es inestable.
Si me inclino ahora, no me detendría en un simple roce.
Y eso es exactamente lo que no puedo permitirme.
Entonces escucho la voz de Liam.
—¡Papá!
El hechizo se rompe.
Me aparto como si me hubieran arrojado agua helada.
Recupero la postura, endurezco el rostro y contengo lo evidente. Ajusto mi distancia antes de que ella pueda notarlo demasiado.
O antes de que yo haga algo que no tenga regreso.
—Ve con él —digo, ya frío otra vez.
La veo subir las escaleras y me quedo solo en la cocina con el sonido del generador finalmente encendiéndose, con la tormenta aun golpeando la casa y con una certeza incómoda instalándose en mi pecho:
No fue un accidente.
No fue solo la oscuridad.
Si nadie nos hubiera interrumpido…
La habría besado.
Y no habría sido suave.
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Editado: 07.03.2026